Cáscara de banana
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El desastre siempre ocurre en casa. Las grandes tragedias, las cuales modifican nuestra vida no pocas veces, están camufladas en una cáscara de plátano, en un hueso de pollo milimétrico escondido en la pechuga "deshuesada". en el filo cruel y despiadado -el cual jamás habíamos advertido siquiera- de una punta del comedor familiar.
La tragedia anida en las cosas simples. Pero luego, rápido, la tragedia sube al cogote, el dolor se anida, se enquista y es imposible desterrarlo. Esta es una crónica de una pequeña, pero terrible tragedia cotidiana la cual ha modificado mi vida; fue un resbalón con una cáscara de banana. Episodio que pudo ser fatal en mi existencia.
Al momento de redactar estas notas como testimonio del episodio casi funesto en el cual me involucré, estoy valorando esas pequeñas cosas y aspectos triviales de la llamada "vida cotidiana." Bañarme por mí mismo, agacharme sin dolor a recoger el periódico diario tirado en el porche de mi residencia, cerrar el grifo del agua y en el extremo, incorporarme de un salto -como Tigre en la sábana el cual caza veloces cervatillos- de mi camastro, sólo para apagar el interruptor eléctrico o el aparato de sonido, son acciones que hoy valoro; por tres o cuatro días, fueron imposibles.
"Es el heroísmo de lo cotidiano maestro." Me espetó cuando estaba tumbado en mi cama, el narrador Víctor S. Peña, quien estuvo al pendiente de mi precaria salud. Agradezco su generosidad sin límites. Don Blas José Flores me regaló palabras de fortaleza y preces en tiempos de tempestad. Gracias. Agradezco también a quienes se enteraron del accidente y estuvieron atentos: Carlos Arredondo, Ricardo Mendoza, Paola A. Praga, Sergio Alvizo, Juan Ramón Cárdenas, Ana Teresa Sánchez, Sergio Cisneros y claro, a mi familia entera. Gracias de corazón, palabra y pensamiento.
El accidente casero es común: resbalar, caer hacia atrás, no tener un asidero a la mano; al buscarlo, agarra uno "más vuelo", hasta detenerse en un objeto cualesquiera: el filo agudo del comedor familiar. Fue viernes por la noche. No pasó nada. Al día siguiente, el infierno clavado en mi columna, específico en el lumbar. El dolor es un aguijón emponzoñado. Apenas me muevo y el dolor se clava en el lumbago; es traicionero, ataca por la espalda. Son dientes de sable de un gato carnicero. Trato de incorporarme, el dolor aumenta. Me desplomo, me abate. Es un sólo piquete, pero el ay de dolor es mudo. Los dientes apretados, los ojos a medio cerrar, las mandíbulas de concreto; mis manos pidiendo sostén, apoyo. El desastre, el dolor llega al cogote.
Esquina-bajan
Corrí al Hospital Universitario de la UA de C. Su batería de médicos y enfermeras, rápido, evaluaron a este escritor. Sacaron radiografías de mi enjuta humanidad. El diagnóstico me devolvió el alma al cuerpo: no tenía fractura, sólo el golpe terrible que había dañado músculos y nervios. Respirar era un heroísmo. pero empecé a toser. La caja del tórax y el esfuerzoeran un puñal de matarife recién afilado destazando la región del golpe.
El músculo y la víscera soportaban una lluvia de fuego. El dolor, dice la Biblia, purifica. Carajo, pero no de éste modo. Reniego. Punzante, fiera herida, no podía de cambiar de posición en la camilla y menos pude por tres días, en la cama de mi residencia. La medicina me ayudaba, según mi juicio, poco. Apenas hacía un ligero esfuerzo, el maldito dolor regresaba como cuervo picoteando hígado, lumbago y riñón. Aún hoy, la frente se perla de sudor al recordar los tres primeros días de convalecencia.
Vivir solo, siempre ha tenido sus ventajas. Hoy, ha sido una condena. El aguijón del dolor me mordía apenas tenía movimiento o hacía fuerza para levantar una taza de café. Renegaba y maldecía la dolencia y ésta me contestaba con una sonrisa cínica, lánguida. Poco a poco le fui ganando la partida en su terreno. Hoy estoy aún luchando, pero ya lo veo lejano.
Letras minúsculas
El desastre sucede cuando uno menos lo espera, y cuando éste se presenta, llega al cogote.