La tempestad del sueño

Opinión
/ 30 junio 2012

¡Con qué extraños compañeros de cama le pone a uno en contacto la necesidad!
William Shakespeare
La Tempestad (II, 2)

Es en "La Tempestad", de William Shakespeare, donde encontramos una de esas imágenes que, una vez escuchadas, jamás olvidaremos. En el Acto IV, Próspero, mago y Duque de Milán traicionado por su hermano y sobreviviente en una isla encantada, dice: "[.] Formados somos / de la misma materia que los sueños, y un sueño circunda nuestra breve vida".Bajo la servidumbre de una traducción (Conaculta/Océano), sigo la trama de esta obra que los especialistas llaman comedia. En ella, el universo ilusionista de Shakespeare adopta una vida en la que no hay asesinatos ni decapitaciones ni efluvios de sangre, pero sí la sempiterna lucha por el poder, la traición, el amor y un incierto final feliz. Todo envuelto en una membrana de fantasía onírica.

Harold Bloom afirma que, comparada con "Otelo", en "La Tempestad" casi nada sucede. Con el respeto debido a uno de los grandes analistas literarios de nuestra época, me atrevo a opinar diferente. "La Tempestad" es tan dramática como muchas otras obras de Shakespeare, es decir, hay en ella una acción imparable que marcha hacia un desenlace. Pero mucho de lo que aquí sucede es la consecuencia de eventos ocurridos en un pasado que la obra no registra directamente: los conocemos en virtud de lo que los personajes nos informan, especialmente Próspero, el Duque traicionado, personaje que no pudo ostentar nombre más irónico.

Próspero fue víctima de un ardid fraguado por Antonio, su hermano, para arrebatarle el poder. Puesto en una nave desvencijada y a expensas de la incierta fortuna, el Duque y su pequeña hija, Miranda, logran alcanzar la playa de una isla. Gracias al conocimiento hermético de este sabio monarca, esa isla se convierte en su nuevo reino. En él, los elementos y los espíritus lo obedecen. Ariel, un daimon bueno, y Calibán, un mal daimon, complementan sus fuerzas ante Próspero.

Lo que lectores y espectadores sí vemos en la obra es el naufragio de aquellos que traicionaron al Duque en el pasado y el encuentro de todos -víctimas, victimarios y adláteres- en la isla. Asistimos también al acercamiento amoroso de Miranda y Fernando, hijo del rey de Nápoles, víctima del mismo naufragio. Finalmente y al cabo de una laberíntica acción, nos encontramos con el arrepentimiento del traidor, la abjuración mágica de Próspero y la restitución de su reino.

Todo esto, siendo anécdota sustancial en el teatro, se presenta como un juego de apariencias y de apariciones. La acción sucede en el mar, sí, sí, en el mar, y después en distintos puntos de la isla. Shakespeare, el gran poeta dramático, juega con innumerables recursos y de muchas maneras. Juega con la materia emocional de sus personajes, la elipsis, el espacio escénico, la simbología, la maquinaria teatral y, por supuesto, con el lenguaje. La "magia del teatro" es aquí magia e ilusionismo verdaderos. Asistimos también a la magnífica revelación del conocimiento, no sólo a la de aquel que involucra al menester dramatúrgico y poético, sino a la del otro, los otros.

De Antonio, el hermano traidor, el ambicioso de poder, dice Próspero: "Una vez adiestrado en el secreto / de conceder y de negar favores, / y cuando supo a quién premiar conviene, / a quién podar como precoz retoño, / mis vasallos fieles hizo suyos, / los transformó, o formó de nuevo. / Teniendo de empleados y de empleos / la llave en su poder, templó las cuerdas, / los corazones todos del Estado, / a gusto y a capricho de su oído; / y de esta suerte vino a ser la hiedra / que, asida a mi ducal excelso tronco, / robóme mi verdor y lozanía..." Magistral retrato del trepador sin escrúpulos.

A Gonzalo, el honrado consejero de Próspero, Shakespeare hace construir una utopía en la edad de las utopías: "Llevara todo a cabo en el Estado / por máximas contrarias: clase alguna / de tráfico ni empleo consintiera; las letras, ignoradas; ni riqueza, / ni menesteres, ni pobreza habría; nada de herencias, de contratos nada; ni lindes, ni labranzas, ni viñedo; / pues el metal en uso no estaría; /ni aceite, trigo y uvas; sin faena / viviera el hombre, y la mujer en ocio; / en ocio, pero puros e inocentes; / poder no habría..." Un Edén sin sierpes ponzoñosas.

¿De quién habla Próspero cuando dice los siguientes versos? "Es un demonio, un diablo nato, / en cuyo ser no arraiga la cultura; en quien perdido fue el afán que humano / me di por amansarle; y a medida / que con los años su exterior se afea / se pudre más su alma..." ¿De Calibán o de alguno de nuestros contemporáneos?

No cabe duda: los años, el oficio, el genio y un buen don para el plagio dieron a Shakespeare un inmenso conocimiento del corazón humano. Sólo grandes poetas del teatro como Sófocles, Calderón, Beckett y unos cuantos más pudieron trascender la artesanía del drama y convertirlo en algo más que un "vano artificio", como de un retrato suyo diría Sor Juana en su soneto 145 ("Este que ves, engaño colorido...").

Y sólo Shakespeare pudo reescribir, en "La Tempestad", lo que otros, cientos de años antes, percibieron en torno de la condición humana: "[.] Nuestros actores / eran fantasmas todos, cual te dije; / y en aire se han deshecho, en aire leve. / Y cual de esta visión fundada en viento / se disipó la fábrica ilusoria, / así las altas torres coronadas / de nubes, los espléndidos palacios, / los sacros templos, y el planeta mismo, / se acabarán, y cuantos de él disfrutan; / y como este artificio hueco y mustio, / ni rastro dejarán...".

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