Carretera 57, kilómetro colonia Roma
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Están sentados en grupos los diferentes picos minerales, resoplando en su aparente inmovilidad, claramente veo sus charlas de mundos antiguos, sus manos pétreas sobre las jorobas de sus vientres preñados de semillas y ratones. Así están ellos, montes cubiertos por el velo plomizo de la tarde.
Nosotros avanzando en una cápsula sobre la línea asfaltada. Nosotros camino a esa parte del mundo que se crea y se mutila cada luz de oriente: Frontera y Monclova.
Cuando tomo esa carretera algo en mis ojos crece. Cada vez que viajo por sus valles y montañas, me sedan los vestidos del desierto; no terminan, mutan invariablemente para nuestra dicha. A estas alturas, con el pobre testimonio de mis viajes por el mundo, incluso con la mirada en tierras egipcias que poseen tal gracia, puedo decir que voy por uno de los más hermosos caminos en esta tierra.
Es algo parecido al poema de Itaca que escribió Cavafis, pero con un final donde sí puedo pedir a esta Itaca algo más que sus sencillas casas. Allí está la raíz que me sostiene: una mujer y un hombre en una casa blanca que alarga sus columnas para colocarnos velas encendidas en saludo a nuestra llegada. Es algo parecido a ese poema digo, pero con un camino punteado por secretos dolorosos como autos llenos de armamentos o uniformes militares.
Así, voy en avance recordando a Monterroso y su cuento de la fe que hace mover montañas. Ellas en grupos misteriosos, con conocimientos de nigromancia, nos miran piadosamente ahora. Nosotros, humanos con un tiempo humano, con un tiempo sembrado de huesos, con un tiempo sembrado de polvo enamorado.
A horas diferentes puedo ver sus figuras de perfiles cambiantes, sólo dejan algo breve para reconocerlas: no cambian mucho su posición. Veo sus barbas, sus vellos, sus flores. Ellas, nuestras guardadoras de huesos, cobijas primeras, en charlas y suspiros allá, siempre allá, lejos.
Montañas como antesala de esa tierra donde el agua fue capturada para generar el acero usado en los últimos años de la segunda guerra mundial, tal es el origen de esta acerera monclovense. Sí, una de las mejores flores del ying yang donde después nuestro abuelo y nuestro padre y muchos nosotros quemaron sus ojos, obteniendo flores dolorosas en pago, monedas de tres turnos con las que nos alimentan.
Montañas, punto de encuentro con esa postal visual al filo de la Muralla: un joven motociclista enfundado en una chamarra negra, motivo del mayor amor de su madre postiza, que es la nuestra. Mujeres en colores limpios, recién bañadas, caminando por el costado de la carretera, caminantes de kilómetros en fin de semana, nuestras mujeres del desierto en blusas amarillas, rojas y celestes.
Que alguien se alegre con estos paisajes, con sus exultaciones naturales. Que alguien escuche como yo, sus sonoras carcajadas de guijarros. Y vea esos abrigos nocturnos, como los que los montes portan a nuestro regreso, por los que uno entra y sale en carreteras extraviadas maquilladas con cuentos de niebla que hacen perder la orientación.
Uno anda la ruta al otro punto, ese Saltillo, donde yazgo entre el frío y el sueño, pensando en los hombros de las montañas, en sus poderosos muslos. Y también, en mis padres y sus dulces huesitos quebrados, desde donde me sonríen, enseñándome la verdadera raíz del amor y la resistencia.
claudiadesierto@gmail.com