Navidad
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Por Gabriel Guerra Castellanos
Mientras usted lee esto, están en marcha los últimos preparativos para la víspera de la Navidad. Si, como yo, vive en México, esta es la gran noche. En muchas otras partes del mundo la celebración en forma se da el 25, el día en que muchos otros cristianos conmemoran el nacimiento de Jesucristo.
La fecha es un tanto subjetiva, porque los cristianos ortodoxos lo celebran de acuerdo con su propio calendario, el gregoriano o juliano, y el día indicado para ellos es el 7 de enero. Hasta donde sé, los Reyes Magos no se han pronunciado al respecto, aunque el posible conflicto es más que evidente. Bastantes problemas han de tener los tres sabios con la revisión histórica a que han sido sometidos recientemente por el Vaticano, pero ese es otro asunto.
El caso es que lo más probable es que, ya sea hoy o mañana, apreciado lector/lectora, y dependiendo de su formación y vocación religiosa o la ausencia de la misma, usted y los suyos estarán celebrando alguna de las muchas variantes de conmemoración: acudiendo a misa, retirándose a la contemplación, departiendo con amigos en una cena o almuerzo más o menos opíparos o austeros, entregando y recibiendo regalos y seguramente haciendo de los niños a su alrededor los beneficiarios principales de la fecha, o simplemente tomando la ocasión como un buen pretexto para convivir con familiares, amigos o gente cercana. No faltan, por supuesto, quienes dedican el día a los menos afortunados, a las obras caritativas o a pensar en los desvalidos. Ni faltan tampoco quienes deciden que son días propicios para recordar a un personaje de la literatura para niños, el para muchos repulsivo y para otros simpático señor Grinch, del memorable Dr. Seuss.
Otro personaje, menos controvertido mas no universalmente aceptado, es el ubicuo Santa Clos, que viaja a toda velocidad en un trineo depositando regalos en todos los hogares en los que hay niños, se hayan portado bien, mal o regular, con la única condición de que sus papás crean en él tanto como sus hijos, y de que cuenten con los recursos necesarios para darle a Santa la bienvenida que se merece. Y es que por uno de esos misterios que yo no alcanzo aún a resolver, tanto Santa Clos como los Reyes Magos sólo visitan a quienes son más afortunados y no a los más pobres o abandonados.
Sea como fuere, la Navidad tiene toda suerte de implicaciones más allá de las religiosas y de las históricas, y se ha convertido gradualmente en una fecha casi universal, en la que alrededor del mundo se prenden luces de colores, se adornan árboles, calles, plazas y espacios públicos, se colocan adornos dentro y fuera de las casas, y se compran regalos en un festejo que trasciende por mucho su origen y significado originales.
No me necesito extender en la parte de la comercialización excesiva de esta temporada, pues creo que quienes estén leyendo un artículo en un periódico en este día cuando menos conservan algo de interés por lo que sucede en el mundo y/o por lo que piensan otros, y andan más ocupados en eso que en las compras. O eso, o son tan organizados que para hoy ya no tienen compras pendientes y se pueden poner a leer o reflexionar antes de que llegue el ya mencionado señor vestido de rojo.
Yo, como todo escéptico que se respete, puedo observar contradicciones obvias o no en el sentido de los festejos navideños, pero reconozco que dentro de las tradiciones cristianas ésta es una de las que más alegría provocan alrededor del mundo, incluso a los que profesan otras religiones y hasta a los no creyentes.
Lamento, eso sí, que muchos de los verdaderos significados de esta conmemoración queden para muchos en el olvido o en un papel secundario. Y es que el relato bíblico nos habla de cómo una pareja de muy escasos recursos pudo sobreponerse a la hostilidad de su entorno y de sus circunstancias gracias a la fe y el amor. De cómo lograron escapar de la persecución, encontrar asilo y refugio y dar a luz a una nueva vida, a la esperanza, a la renovación. De cómo ni el odio ni la cerrazón pudieron detenerlos, de cómo la paz y la buena voluntad superaron, así fuera por una noche, a la barbarie y la represión y la intolerancia.
Todo eso, que tanto significado tiene o debería tener para creyentes y no creyentes alrededor del mundo, hoy reducido a un árbol adornado y a una fiesta de regalos para los que los pueden pagar. Para reflexionar.
Twitter: @gabrielguerrac