La huella

Opinión
/ 7 febrero 2013

Nuestro folclor ofrece relaciones pintorescas

Don Patrocinio, rico hacendado, tenía una sola hija, muchacha muy hermosa, heredera de toda su fortuna. Mimí, que así se llamaba la agraciada joven, era cuidada por su padre con celoso esmero. Pero vino a suceder que Mimí se enamoró de Miguelón, el gallardo vaquero de la hacienda. Y como los dos sabían que don Patrocinio no permitiría jamás que se casaran, decidieron huir juntos.

Una noche así lo hicieron. Y cuando don Patrocinio, a eso de las once de la mañana, terminaba de almorzar en el gran comedor de su casona de la hacienda, el más viejo de los criados entró tembloroso.

-Señor -le dijo dándole vueltas nerviosamente al sombrero-, la niña Mimí no está en su cuarto.

-¿No está en su cuarto? -frunció el ceño el viejo.

-No, amo -respondió el criado-. Y tampoco está en la casa.

-¡Pues búsquenla! -ordenó molesto don Patrocinio-. ¡Que venga a desayunar!

-Amo -siguió el anciano sin atreverse a levantar la vista-: tampoco aparece el Miguelón.

-¿Qué estás diciendo? -se puso en pie el hacendado.

-Señor -balbuceó el fiel criado-. Se me hace que se juyeron.

-¡Imbécil! -estalló don Patrocinio-. ¿Cómo te atreves a decir eso de mi hija?

En eso entró angustiada doña Encarnación, la madre de Mimí.

-¡Patrocinio! -gritó desesperada-. ¡El Miguelón se llevó a nuestra hija!

-¡Ira de Dios! -rugió el hacendado-. ¡Rápido! ¡Ensillen los caballos y vamos a buscarlos antes de que suceda algo irreparable! ¡Traigan al jueyero Simón, para que nos diga por dónde se fueron!

Lo caballos fueron ensillados y a toda prisa llegó el jueyero Simón, el mejor seguidor de huellas de toda la comarca. Después de examinar el terreno a la salida de la hacienda dijo:

-Por aquí se fueron, amo.

-¿Estás seguro que son ellos? -preguntó don Patrocinio, todavía con esperanza de que aquello no fuera verdad.

-Estoy seguro, amo -replicó Simón-. Mire: las patitas de la Mimí y las patotas del Miguelón.

Echaron a cabalgar, y poco después dictaminó el jueyero al tiempo que examinaba el terreno.

-Por aquí pasaron.

-¿Cómo lo sabes? -pregunta don Patrocinio.

-Mire usted -dice el jueyero-: las patitas de la Mimí y las patotas del Miguelón.

-¡Pues adelante! -dice el hacendado-. Ya tenemos la huella, y podemos alcanzarlos. ¡De prisa, no sea que lleguemos cuando ya sea demasiado tarde!

Siguieron la pista, conducidos siempre por el hábil huellero. Iba éste paso a paso, deteniéndose de vez en cuando para o para mirar el suelo con cuidado.

-¡Aquí está otra vez la huella! -dijo Simón-. Mire usted, amo: las patitas de la Mimí y las patotas del Miguelón.

-¡No te detengas! -ordena el patrón-. ¡Vamos, antes de que sea demasiado tarde!

El jueyero Simón siguió buscando ávidamente cualquier señal del paso de los fugitivos. Don Patrocinio, nervioso, mordía el puro y apenas sí podía contenerse para no estallar. ¡Su hija,su tesoro más amado, la prenda que él reservaba para un matrimonio ventajoso que le permitiría a él aumentar sus dineros y sus tierras, había huido con un miserable pobretón sin apellido y sin fortuna! ¡Rápido! A lo mejor todavía era tiempo de evitar el desaguisado. Por fortuna iba guiándolos el jueyero Simón, y él siempre localizaba la pista.

-¡Mire, amo! -volvió a decir Simón-. Aquí estuvieron. Ahí tiene usted: las patitas de la Mimí y las patotas del Miguelón.

-Pues sigamos -dijo don Patrocinio.

Y siguieron, el hacendado y sus acompañantes en un silencio, el jueyero Simón pegado a la pista como un sabueso. De pronto se detuvo, y una mirada de desolación le apareció en los ojos.

-Demasiado tarde -murmuró afligido-. Ya sucedió lo que tenía que suceder.

-¡Mientes, bellaco! -clamó con iracundia el hacendado-. ¿Por qué dices eso? ¿Estás viendo otra vez las patitas de la Mimí y las patotas del Miguelón?

-No,-responde el jueyero Simón-. Mire usted: las rodillitas del Miguelón y las pompotas de la Mimí.



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