Enverdecer las ciudades

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Opinión
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¿Dónde se puede tener espacio para la lectura; descalzarse para sentir el fresco en los pies?

Deseo compartir que mi primera gran experiencia con el color verde fue a los siete años de edad. Recuerdo gratamente que al colocarme unos lentes para resolver mi miopía vi el radiante color del follaje de los árboles. Me sorprendí vivamente de los distintos tonos de verde que ofrece la naturaleza. Mis padres, con visión perfecta, no contaban con la herencia genética que tenía por parte de mi abuela materna, quien padecía una miopía memorable pero sólo de los ojos, no del intelecto y menos del espíritu.

Ahora en mi adultez, sigo siendo un admirador del color verde que por alguna buena razón se ha elegido para designar desde el 2005 a las ciudades que guardan buenas condiciones de urbanismo social, movilidad sustentable, cuidado del medio ambiente, aprovechamiento sustentable de los recursos naturales, consumo racional de sus habitantes, vivienda con tecnología alternativa, empleo de energías renovables, y producción y distribución de lo producido en un radio no mayor a 150 kilómetros a la redonda, entre otros indicadores.

Poner a las ciudades en verde no es poca cosa. Se trata de descarbonizarlas reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero. Más, siendo un concepto abstracto la medición de dicha reducción, resulta un tanto incomprensible para el promedio de las personas comprender los tecnicismos que conllevan los mecanismos de desarrollo limpio según el Protocolo de Kioto y el posterior tratado post Kioto, en los que se ha centrado la aportación auditable y valorable de los entes económicos, actores sociales y gobiernos para demostrar que están reduciendo sus emisiones y luego poner en venta estas reducciones como bonos de carbono en el mercado global.

Para descarbonizar, -que es una manera de enverdecer las ciudades-, se requiere del compromiso del ser humano, pues las ciudades no piensan, más bien: se piensan. Las ciudades hay que pensarlas en una distinta dimensión: En el plano de la levedad.

En términos del urbanista argentino Rubén Pesci, sólo a través de la vida lenta se puede alcanzar la sustentabilidad en las ciudades. ¿Dónde es que se vive lentamente, saboreando el tiempo y las cosas simples, compartiendo los alimentos en familia, durmiendo por la noche el tiempo necesario? ¿Dónde se puede tener espacio para la lectura, disfrutar de las bondades del ocio, descalzarse para sentir el fresco del suelo en los pies y tomar una reparadora siesta? En las villas, en las municipalidades de la ruralidad, en los despreciativamente llamados pueblos bicicleteros y hasta en los suburbios de las ciudades intermedias. 

¿Es posible creer que las grandes ciudades puedan ser verdes? ¿Por qué no? Veámoslo bajo la tesis de la vida lenta. Ninguna ciudad será una ciudad verde si la mayoría de sus habitantes estudian o trabajan en sitios para los que requieren una hora o más de tiempo para traslados, que de por sí significan emisiones de gases de efecto invernadero por el uso de derivados del petróleo. Desde esa condición, no se puede hablar de calidad de vida, no  puede haber sustentabilidad. Tal vez se pueda decir que sólo se sostiene la vida rauda con la aplicación de energías externas a las personas. 

¿Pero qué tal si los ciudadanos pudieran llegar caminando, o en bicicleta a su trabajo o a su escuela? Se reduciría su impacto sobre el medio ambiente huella de carbono, mejoraría su salud y esto, en términos de gasto público, sería fantástico en relación a las altas cifras económicas que los gobiernos gastan por motivo de las enfermedades cardiovasculares, de hipertensión y de diabetes que potencia el sedentarismo, las comidas rápidas y furibundas (porque te ponen furioso de hambre), y la ausencia de una cultura física. 

Las ciudades son habitadas por personas que producen y consumen. Algunos son empleadores que podrían dar un lugar especial a hombres y mujeres que aspiren a trabajar en sus factorías y que vivan cerca de ellas.

Una estrategia importante para los profesionales que hacen urbanismo y para los tomadores de decisiones en los gobiernos locales es promover la densificación de las ciudades y su verticalidad, para aprovechar mejor los servicios de infraestructura existentes siempre y cuando al lado de los edificios de departamentos haya espléndidos espacios públicos. De esta manera se podrían rescatar los centros de las ciudades y se reverdecerían. La arquitectura bioclimática y el uso de las energías renovales debe promoverse con instrumentos económicos que podrían ofrecer los distintos niveles de gobierno, premiando a aquellos que se atrevan a bajar la huella de carbono en la construcción de edificios ahorradores de energía no renovable. Cuanto mejor si el diseño de estas edificaciones les permitiera un diálogo con la topografía del territorio y el contexto general del medio ambiente.

Columna: Mundo sustentable

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