Todos somos Granier

Opinión
/ 26 junio 2013
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Hoy es el exgobernador de Tabasco. Ayer fue la expresidenta del sindicato de maestros, mañana será el exgobernador de Aguascalientes.

Es la nota de todos los días: se amasan fortunas sangrando el erario público, traficando influencias, abusando de cuotas sindicales. Y aunque en esos casos se trata de negocios sucios o complicidades de alguna autoridad, hay otros que se dan entre particulares: se venden bases de datos personales, se cobra de más por la gasolina, se dan kilos de 900 gramos. La corrupción mexicana es sumamente difícil de combatir porque beneficia en mayor o menor medida prácticamente a todos. Cuando nos afecta la maldecimos; cuando nos favorece hacemos como que la Virgen nos habla. Ojo: no solo involucra a los ricos. Puede ser cualquier forma de evasión de impuestos, o la mordida que saca de apuros, o las ganancias de la piratería que dan para pagar la operación de una madre enferma, o el diablito que permite tener luz a quien no puede pagarla. Es más, a veces parece que lo que nos irrita no son las corruptelas sino su injusta distribución, el hecho de que a los poderosos los hace millonarios y a los débiles apenas les permite sobrevivir.

México no va a superar el subdesarrollo mientras no erradique la omnipresencia de su corrupción. Y es que, en efecto, fueron las élites las que empezaron a corromper a la sociedad, pero los corruptos ya están en todas partes. Y no me refiero nada más a los que cometen algún tipo de pillería, sino también a los que nos quedamos callados. Por cada político que es exhibido en los medios hay muchos que se salen con la suya. ¿Cuántos se han enriquecido sin que hayan sido objeto de escándalo? ¿Cuántos se han convertido en magnates y no solamente no son mal vistos sino incluso son tratados con admiración? ¿Cuántos personajes impresentables ejercen ahora mismo cargos de representación o liderazgo? ¿Castigamos acaso a los partidos que los postulan?

La corrupción se contrarresta cuando se crean las condiciones para que su costo sea mayor que su beneficio. ¿Cuál debe ser el costo? La cárcel o, por lo menos, el repudio de la ciudadanía y el fin de una carrera política. Pero en México el que la hace casi nunca la paga, ni con prisión ni con desprestigio. Si bien las redes sociales han contribuido a encarecer los abusos de poder al hacer escarnio de los prepotentes, la verdad es que en este país sigue siendo más rentable la ilegalidad que la legalidad. No son nuestros genes, como algunos racistas trasnochados insinúan; son nuestras leyes y nuestras instituciones. Gran parte de nuestra legislación no está hecha para aplicarse sino para amagar, a modo de espada de Damocles, a quienes se nieguen a entrarle al juego, y después de cinco siglos de vivir con esos incentivos perversos se han arraigado una serie de reglas no escritas que, bajo el influjo materialista, han generado una subcultura popular que desdeña la honrada medianía y exalta el éxito del tramposo. No son únicamente los narcocorridos. Hay toda una tradición que postula que el que no transa no avanza, que el gandaya no batalla y que está bien que los gobernantes roben siempre y cuando salpiquen.

De poco van a servir las reformas política o hacendaria o de telecomunicaciones en tanto no se ataque ese cáncer. Yo he propuesto que adoptemos un régimen parlamentario y que acotemos los regímenes tributarios especiales, y he aplaudido los cambios que anuncian más competencia en la televisión. Pero si no vamos a la raíz del mal y sentamos las condiciones para que el que transe no avance, en los partidos van a seguir proliferando los corruptos, la evasión fiscal va a continuar y las nuevas televisoras también van a manipular a la opinión pública. La corrupción es una suerte de Rey Mi(er)das que vuelve excremento lo que toca. Si no la contrarrestamos, lo único que vamos a modernizar va a ser la deshonestidad.

El origen de la enfermedad es legislativo y su secuela es cultural. Tenemos normas alambicadas y muy distantes de la realidad que han generado una inercia corruptora. Hay que emprender un rediseño legislativo sistémico, desde la Constitución hasta el último reglamento, y una cruzada educativa por la ética en escuelas y medios de comunicación. Crear un órgano anticorrupción que se limite a realizar funciones de contraloría sería dar una aspirina a un paciente con un tumor en plena metástasis. Por lo demás, es la sociedad la que debe presionar a la partidocracia a hacerse cargo de la crisis de la democracia representativa. El problema empezó arriba pero la solución ha de venir de abajo. Y para ello necesitamos tomar conciencia de que, pese a que nuestro diseño legal hace racional para el individuo evadir o violar la ley, el comportamiento social resultante es irracional; es decir, de que la suma de racionalidades individuales da como resultado una irracionalidad colectiva. Pero eso solo será posible cuando los mexicanos troquemos la manía de evadir el espejo en voluntad de redención. Aunque duela tenemos que aceptarlo: por acción o por omisión, todos somos parte de la podredumbre. Todos somos Granier.

Twitter: @abasave

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