A mi hermana, Mercedes
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Antes otro mundo y su río. Luego oscuridad. Electricidad y agua. / Uno que luego fueron dos. Dos con la memoria de otro tiempo que se va olvidando mientras dos son cuerpos que florecen en la oscuridad. Olvidar ese río para nacer de raíces a pétalos. / Dos que luego fuimos nosotras, con un sello rojo en la entrepierna, desde donde luego, desde donde siempre. Somos. / Abrimos aquel bosque oscuro de carne, partimos del vientre que nos ama en todas las conjugaciones temporales. / Y el hospital público y las membranas plásticas donde yacimos, una al lado de la otra, comunicando cosas que todavía no logro recordar. Tal vez había latidos iguales, batiendo a un ritmo, o como un vestido del lenguaje corporal que animaba la resistencia de ambas. / Y nuestras tallas y nuestros pesos por debajo de lo normal. Y los tubos y las agujas. O los entablillados, esas "t" hechas de abatelenguas que hacían parecer todavía más diminutos nuestros brazos. / Prevalecimos contra toda predicción. / Lo del sueño hechas un ovillo, una sobre otra. / Luego lo que de pasos y abrazos. / Lo de tardes descubriendo bayas, enamorándonos del polvo y los caballos sueltos, jugadoras de futbol de barrio. Regañadas, aceptadas, rechazadas. Nosotros, monitos de aparador, acostumbradas u odiando las comparaciones. / Propietarias temporales de chivas, patos y ardillas. / Y eso de asarnos en el sol. Lo de cantar en el coro de la iglesia, en el coro de la escuela, frente a nuestro padre que verificaba primera y segunda voces. / Lo de bailar música disco. Lo de hundirnos en las pozas cristalinas de agua. / Y los dulces devorados a escondidas, ese aroma artificial a fresa y chocolate. Y la canasta de tacos de harina con diferentes guisos en la cocina y el atole con salvado. / Lo de nido de gatos y de perros que tenían nuestras manos. / Lo de incursiones a las memorias familiares en tardes de sopor veraniego, nuestros hurtos a los cajones de los abuelos. / Y la alegría de trepar al árbol de lilas y yacer de cabeza mirando las flores. / Y correr en zapatillas de cuero hacia las clases de gimnasia y el traje de tres azules que todavía conservamos. Dos atravesando las calles de cemento, hoyos y piedras para hacer piruetas.
La obligación preparatoriana ante el director que nos hizo jugar basket bol sólo por nuestra estatura y no por cualidad alguna. / Y el despertar al dolor del mundo y a su belleza. Comerlos. / Y los lazos invisibles que antes, ahora y siempre. Lo que de grito y beso. Lo que de pie y respiración somos en esta esfera. / Otras cosas podrán dolerme, pero no la soledad; no la conozco. Un tres de junio nacimos; nací acompañada.
claudiadesierto@gmail.com