Mirador

Opinión
/ 16 julio 2013

Un caballo hace que el campo se vuelva más hermoso. A condición, claro, de que no lleve jinete.Voy por el sendero que conduce a la pequeña labor llamada El Rodeíto. De pronto miro este caballo que nunca había visto por aquí. Es blanco, igual que un fantasma de caballo. Está bebiendo el agua mansa del aguaje.

Me detengo para que no se vaya. Con él se iría un instante de belleza en el cual yo soy lo único que desentona. Un cielo sin alarde de nubes; un valle de verdor; el agua quietecita del estanque. Y el caballo, signo de admiración en el paisaje.

Quisiera no haber llegado aquí, para no lastimar esta perfecta plenitud. Pero aquí estoy, quizá porque el cielo, y el valle, y el agua del aguaje, y el caballo quisieron que alguien los mirara a fin de ser caballo, y agua, y valle, y cielo. Los he mirado yo, y ahora soy más yo.

¡Hasta mañana!...


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