MIRADOR

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Opinión
/ 13 agosto 2013

Hay en el cementerio de Abrego una tumba. Cuando en la noche sopla el viento sale de ella una voz.

"... Yo fui aquel hombre a quien ahorcaron en el árbol más grande de la hacienda. Los vecinos me colgaron porque maté a uno de ellos. Cuando hice eso estaba borracho. La sangre me ardía en cólera porque el otro había ofendido a mi mujer. Cuando mis verdugos me mataron estaban sobrios, tenían la sangre fría. El árbol en que me ahorcaron se empezó a secar, pese a que siempre había estado verde y sano. Cuando el árbol quedó seco la gente lo cortó para leña. Pero no ardió el árbol: sus trozos eran entre la lumbre como piedras. Desde entonces no ha habido muertes malas, y a nadie han ahorcado ya. Los hombres siguen viviendo; en las cocinas la leña arde. Así es mejor...''.

Es cierto. Los hombres, como los árboles, son para vivir. Y la leña, como la vida, es para arder.

¡Hasta mañana!...



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