El nuevo desarrollismo
COMPARTIR
Por: David Ibarra
Larga y accidentada ha sido la historia de los intentos de los países rezagados por nivelar su suerte con la de naciones avanzadas. Y largas y accidentadas han sido las vallas creadas por los poderes dominantes de cada época para retrasar el proceso de ser desplazados, igualados o dañados por las naciones emergentes.
De ambos lados ha habido un derroche de ingenio encaminado a sostener, suavizar o subvertir los paradigmas de los sucesivos órdenes económicos internacionales, esto es, de los entramados de normas que, a la vez de servir a los intereses de los países líderes, atienden la necesidad de ordenar al mundo conforme a reglas que hagan posible la convivencia económica entre las naciones.
El colonialismo, el patrón-oro, el Common Wealth de Inglaterra, el acuerdo de Bretton Woods, la apertura universal de mercados, el regionalismo de las zonas de influencia son otras tantas expresiones de las estrategias ordenadoras y a la par, protectoras de los intereses del statu quo de las naciones dominantes. En la otra vertiente, el mercantilismo de viejo cuño, las luchas de liberación nacional, las políticas de industrialización y desplazamiento de importaciones (desde List en Alemania y Hamilton en Estados Unidos), la celosa preservación de las soberanías nacionales, la integración económica, la combinación de estrategias sustitutivas y exportadoras de los países asiáticos forman, todas, expresiones del desarrollismo de los países subdesarrollados y emergentes con sus diferentes rostros políticos y económicos.
En esos terrenos, conviene consultar el libro "Crecer o no crecer, del estancamiento estabilizador al nuevo desarrollo", (Taurus) de Francisco Suárez Dávila, que hace historia económica buena al relatar los avatares exitosos o desafortunados de las estrategias nacionales en su perpetua lucha adaptativa al progreso universal y a los sucesivos órdenes económicos internacionales de los últimos ochenta o noventa años.
El desarrollismo exitoso de la Revolución Mexicana con amplio apoyo político interno, con estrategias intervencionistas de fomento industrial y agrario, congruente, además, en el canon internacional de la época, comienza a debilitarse en la segunda mitad de los años sesenta. Varias circunstancias influyen: el estancamiento con inflación en los Estados Unidos complica la balanza nacional de pagos, las limitaciones (reales o supuestas) del tamaño del mercado a la continuidad del proceso de sustitución de importaciones, el rezago en instrumentar reformas internas (fiscal y financiera). Del lado externo, comienza a gravitar poderosamente el desplazamiento del paradigma de Bretton Woods por el del neoliberalismo que luego se decantaría en el Consenso de Washington con sus presiones a favor del Estado mínimo, la apertura de mercados, la desregulación, las privatizaciones.
Desde la década de los 80, esa constelación de factores impulsa el desmantelamiento del intervencionismo estatal construido en los 50 años anteriores y la implantación de la fórmula de desarrollo fincada en las exportaciones, en el crecimiento hacia fuera. Treinta años después los resultados de nuestro experimento neoliberal están a la vista: el ritmo de desarrollo histórico (1950 y 1982) se abate a la mitad, la informalidad crece hasta absorber 60% de la fuerza de trabajo, la distribución del ingreso se concentra y persiste el estrangulamiento externo. Las consecuencias de ese último problema apenas se soslayan restringiendo importaciones por la vía de comprimir el crecimiento y de dar la bienvenida al capital golondrino exterior, pese a los riesgos de su alta volatilidad.
Por eso, un desarrollismo decantado debiera ponerse de pié, en tanto reviviría la lucha contra el atraso y el acercamiento a la igualdad con otras naciones, por más que la soberanía, se vea constreñida por las reglas de los mercados abiertos. Por eso, con Suárez Dávila afirmamos que el desarrollismo no es renunciable y, hoy por hoy, constituye la alternativa política al neoliberalismo decadente, pobre en su estructura teórica, equivocado en la selección de medios de elevar el bienestar de las poblaciones y de resultados criticables al constreñir el crecimiento de los países y contribuir al desorden mundial prevaleciente.
México no pudo y acaso no pueda simplemente copiar las estrategias de los países avanzados o emergentes, sean por la vía el crecimiento exportador o el consumismo. Muchos han adoptado con éxito el mercantilismo exportador durante periodos prolongados (Alemania, China, Japón, Corea). En nuestro caso, pese al Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el modelo de México, fincado en la maquila, excluye al país de la membresía en los segmentos más dinámicos del intercambio y del avance tecnológico, teniendo, por tanto, un horizonte económico limitado.
Por lo demás, la globalización se resquebraja política y económicamente al gestar desequilibrios insostenibles en el intercambio planetario y luego comenzar a fragmentarse en áreas de influencia de los países líderes. Con ello, se rompe la unidad del mercado internacional y se resta validez a la estrategia de crecimiento hacia afuera. A mayor abundamiento, hacen agua las políticas de austeridad del primer mundo como salida a la crisis, poco se avanza en enmendar la regulación de los mercados financieros, al tiempo que se acentúa la desigualdad en la distribución de los ingresos y los desequilibrios comerciales y en la asignación de recursos entre actividades y países. Las potencias mundiales no encuentran los correctivos a la depresión de 2008-2009 que ya es, admítase o no, una prolongada crisis de la globalización.
Del mismo modo, algunos países industrializados han optado por hacer del consumo interno la llave del crecimiento, relegando a segundo término la exportación, la formación de capital o la aversión a los desequilibrios de pagos. Tal esquema no parece sostenible indefinidamente como lo evidencian las experiencias de Grecia, Portugal, España, Irlanda y sobre todo la de Estados Unidos pese, en este último caso, a su casi ilimitada capacidad de endeudamiento externo, por ser el dólar la principal moneda de reserva del mundo. En esa posible opción estratégica, México al poco andar tropezaría, ya tropieza, con dos obstáculos insalvables: el desajuste crónico de su balanza de pagos y la pobreza de la mitad de la población por más que la banca privada haya invertido esfuerzos desusados en expandir el crédito al consumo.
Por tanto, nuestro país, aún con restricciones inevitables, está obligado a buscar caminos propios, a configurar una estrategia neodesarrollista que nos saque gradualmente de la pobreza. La tarea es doblemente ardua por cuanto habrá que esquivar los efectos de las restricciones y resquebrajamientos globalizadores y, al propio tiempo, corregir las notorias deficiencias de las estrategias nacionales. En mi opinión, el esquema casi inevitablemente descansaría en una mejor combinación de Estado y mercado con intervencionismo regulador que cuide del desarrollo y de la equidad social, con metas equilibradas entre crecimiento y estabilidad. Ello implica unificar el manejo macroeconómico, planear más y mejor, instaurar políticas industriales y exportadoras y modificar la política financiera en favor de la producción, la inversión y el crecimiento. Al propio tiempo, sería inaplazable implantar una estrategia activa de empleo acompañada de reformas a los regímenes de seguridad social e instrumentar, como sustento del conjunto de las políticas públicas, una reforma impositiva inclinada a elevar la progresividad de los impuestos directos a las personas y liberar las capacidades desarrollistas del Estado. En tal sentido, la propuesta fiscal del nuevo gobierno va en la dirección correcta, aunque quizás tenga alcances demasiado limitados.