House of Cards, donde ganan los malos

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Opinión
/ 18 febrero 2014

House of Cards es una de esas series que revuelven las tripas. Los que estemos hartos de tanta corrupción y nos sintamos impotentes ante la injusticia general y los abusos de poder de las autoridades –aunque sea en ficción y aunque no se trate de México– vemos con la esperanza mallugada esta serie de Netflix, que puede tocar fibras vulnerables en los televidentes decepcionados del sistema.

El juego de poder retornó con 13 nuevos episodios, estrenados de corridito el viernes pasado. Francis Underwood (Kevin Spacey) regresa más malvado que antes y dispuesto a deshacerse de quien se interponga en su camino hacia la presidencia de Estados Unidos. Y su esposa Claire (Robin Wright) ni se diga, está más que lista para hacerle segunda a su amado, conspirar, romper otros matrimonios y convertirse en figura pública polémica. Así que House of Cards vuelve con más de lo mismo, pero recargado.

Esta serie de Netflix ha sido toda una revelación desde el año pasado, principalmente porque fue creada para una plataforma streaming y no para un canal de televisión convencional. También destacó su estreno simultáneo en diversos países y que fue lanzada de un trancazo, toda la primera temporada el mismo día. Pero, seamos honestos, ¿es House of Cards una serie tan espectacular como se pinta? Creo que es un producto muy bien realizado, pero no tan perfeccionista en cuestión narrativa. Y en esta segunda temporada se acentúan las fallas. Por ejemplo, existe una inconstancia tremenda en el desarrollo de los personajes secundarios, incluso, por momentos, en el de la propia Claire. La narración puede resultar chocante debido al ritmo inconsistente y la trama se engancha en lo repetitivo. 

No, no es todavía una serie que apunte a la perfección, pero eso no le quita lo entretenida (aunque mi madre dice que le resulta aburrida, y supongo que no es la única que lo piensa).

El planteamiento de House of Cards se vuelve mucho más evidente con esta segunda entrega (ya se anunció que habrá tercera, les recuerdo). Es ahí donde radica el corajillo de la identificación. Aunque un tanto fantoche, esta historia expone una realidad exasperante: los malos ganan y los buenos lo pierden todo. Claro, mi uso de los términos buenos y malos es tan ambiguo que merezco un zape, pero con tan corto espacio, espero simplemente que logren entender mi punto. Más bien, la idea termina modificándose: los poderosos ganan; todos los demás pierden. ¿Y quién puede destruir a los poderosos, quién puede hacerlos perder a ellos? ¿A Frank Underwood, por ejemplo? Ni reporteros ni huelguistas ni luchadores sociales. Solo otros tan poderosos como él. Punto. Mi Twitter: @CalladitaR



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