El amor se disfruta
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Alicia
Tengo 21 años. Hace tres años quedé embarazada. Aprendí tarde que mujeres y hombres tenemos que disfrutar de igual manera al hacer el amor. No aprendí con el ejemplo de mi madre que las mujeres no estamos para servir a nadie, sino que somos seres independientes con sueños por cumplir, y que hombres y mujeres nacemos para buscar la felicidad, especialmente en el hogar.
No me casé porque mis padres me apoyaron y cuidan de mi criatura, pero me puse a trabajar para aportar dinero y sacar adelante a mi chamaco. Trabajo como empleada doméstica de una psicóloga que da consulta en su casa y también es profesora en una universidad. Ella me ha apoyado mucho, tanto, que ya pude acabar la prepa abierta. Siempre me ha insistido en que prepararse y seguir estudiando es lo que verdaderamente me va a ayudar en todo. Ahora estoy entusiasmada con la idea de estudiar psicología, igual que ella, y algún día trabajar ayudando a otras mujeres para tener un mejor nivel de vida.
La profesora me ha enseñado a leer el periódico y novelas, a entender todo lo que se nos exige a las mujeres, a conocerme. Platicamos sobre los derechos que tenemos las mujeres y cuáles son las mejores opciones que puedo escoger para educar a mi hijo.
A veces siento que yo me he vuelto la hija que nunca tuvo. Hablar con ella me ha ayudado a tomar decisiones, a luchar, a tener sueños y aspiraciones y a no conformarme con quedarme para siempre sirviendo en una casa, como lo hicieron mi madre y mis tías. Ella me hace ver lo importantes y valiosas que somos las mujeres dentro y fuera del hogar. Desde que la conozco y la escucho, me pregunto qué clase de familia quiero tener.
Mi sueño es ayudar a mujeres afectadas por la violencia, que le tienen miedo al marido o a su papá; quiero motivar a las que saben que necesitan cambiar su vida, pero no se atreven.
Por ahora no tengo novio. Mis fines de semana me voy al pueblo a ver a mi chamaco y ya organicé un grupo de mujeres. Me reúno con ellas a platicar los sábados en la tarde. No hay mucho que yo pueda cambiar en la vida de otras, pero las juntas nos sirven para abrir el corazón. Trato de hablar con ellas de lo que podemos y debemos decirnos.
La profesora me ha dicho que no tiene nada de malo soñar que te besan toda; dice que esos sueños son un reflejo de nuestros deseos, que nosotras también tenemos derecho a que nos gusten las caricias y que podemos descubrir cómo nos gusta si nos atrevemos a explorar nuestra intimidad.
Yo les explico a las mujeres de mi pueblo que el placer también asusta. Les digo que una se encuentra escondida en sensaciones desconocidas y que aunque uno pierda el control en el arrumaco y la calentura, siempre debemos estar seguras de lo que estamos haciendo. Ya les dije que los condones, por ejemplo, no son cosas de hombres, que las mujeres debemos de comprarlos o conseguirlos en la clínica, donde te los regalan.
Soy muy afortunada de haberme topado con una psicóloga; me siento contenta al recibir conocimiento. El sexo es una gran responsabilidad de la que tenemos que hablar unas con otras. Ya no es cuestión de mantener secretos.
Me gusta mi vida porque ahora tengo una meta. Quiero juntar dinero suficiente; con ahorros de mi trabajo y apoyada por la profesora para terminar mis estudios, me gustaría ayudar a otras mujeres que con hijos o sin ellos puedan entender que el amor se disfruta, que nadie tiene derecho al cuerpo de nadie, ni siquiera los casados, que el amor y la protección van de la mano, que el que quiere de verdad a una mujer ante todo la respeta y que si una no se cuida y se valora a sí misma, nadie lo hará por nosotras.
Yudi Kravzov