En la ruta del huateque

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Opinión
/ 1 marzo 2014

Era aún mediodía, en el patio de la Viesca, bajo ese calcinante sol de Saltillo del mes de mayo; con Óscar Alcocer y Eduardo y Manolo Garza ultimábamos los detalles de la jornada de huateques que habría el fin de semana en la ciudad y la necesaria ruta que trazaría nuestro ímpetu fiestero en el Saltillo de los setenta.

Ese viernes, desde las 18 horas y hasta las 23 puntualmente, teníamos permiso de nuestros padres a fin de gastar suela en el jolgorio, en los escenarios que la posibilidad económica permitían a los anfitriones: la sala, los pasillos, los jardines  o los patios de sus casas.

Hay un huateque en Colón y Xicoténcatl, luego otro en Obregón y Luis Gutiérrez, más en  Allende y Múzquiz, parece que otro más en la República y luego en Juárez y Gobernador.

La cita era en mi casa de Castelar, para de ahí distribuirnos entre los confines del centro de Saltillo y hasta la República, por lo que desde temprano —bañados y perfumados— acudíamos al encuentro de la convivencia a través del rock, el funk, el frick, la cumbia y las calmadas, en el baile con conocidas o extrañas.

Lejos del sonido estridente, la consola de las casas era la herramienta de la fiesta con los discos de acetato de 38 o 45 rpm y los decibeles que pudieran dar los aparatos que eran, a la vez, muebles de las salas.

Pronto llegaron las cintas magnéticas en reproductores de gran tamaño que tenían la ventaja de mejor calidad de sonido y que se podían conectar a bocinas de mayor capacidad, y entonces el sonido de la música se apreciaba y hasta ensordecía.

Cansados, terminaba la aventura a eso de las once de la noche en el restaurant Viena, recetándonos ya sea un lonche o una orden de palomitas de ternera con su respectiva ensalada de papa.

Fue la rutina de la Secundaria, misma en la que se combinaba la fiesta con el grupo de los Garza un fin de semana y el otro con mi entrañable raza del six, quienes teníamos más proclividad por el excursionismo.

Los huateques continuaron en la Preparatoria, y como en el Ateneo éramos muchos alumnos, la fiesta era más nutrida, aunque ya con ritmos distintos, producto de los grupos de moda: Commodores, Tavares, Santa Esmeralda, Diana Summers, Los Bee Gees  y el estilo impuesto por John Travolta en el baile, amén del hustle que era toda una ceremonia grupal.

Los escenarios ya incluían un par de discoteques, entre las que se incluían La Jirafa, por la calle de Victoria, El Crazy Horse en Aldama y Xicoténcatl, el Hotel la Torre, El Luigi y el Camino Real, a los que se sumaría El Mediterráneo del Motel la Fuente, en forma posterior.

La jornada incluía los huateques nocturnos en casas los viernes y las discos los sábados por la noche y domingos por la tarde.

El Crazy Horse tenía una pista circular que funcionaba en lo que era el estacionamiento subterráneo de la clínica del Doctor Hernández, hermano de Chuy La Leona. En ese sitio, muy bien acondicionado, me rencontré con mi amigo Martín Cabello (qepd), quien era disc jockey y uno excelente a la hora de hacer las mezclas de ritmo. En las tardeadas no se vendía alcohol por ser menores de edad, así es que con una Conga nos la pasábamos toda la tarde, eso sí, gastando la suela a la hora del baile.

El Luigi, de Chuy Castilla, funcionó como disco aunque el concepto original fue de un restaurant italiano.

Por muchos años, y con un excelente nivel, las fiestas terminaban por la madrugada ya fuera del contexto del huateque y también cambio la forma de rematarlas, ya que después la cita fue en los burritos Tobi, por la calle de Allende.

Qué excelente oportunidad esa de recordar los huateques y, sobre todo, a mis entrañables amigos Braulio, Jesús, Juan Luis, Román, Gerardo, Paco, Gabriel, Eduardo, Oscar, Manolo y muchos otros que incluyen a Issa, la compañera de mi vida. 

Por los mejores tiempos, que fueron los de la sencillez y la inocencia, va el homenaje.

Orestes Gómez es saltillense, estudió en la Facultad de Jurisprudencia de la UA de C y la Normal Superior de Coahuila las licenciaturas en Derecho y Educación Media. Ha impartido cátedra en la Facultad de Jurisprudencia de la UAC, Preparatoria Mariano Narváez de la UA de C, UANE planteles: Saltillo, Torreón, Piedras Negras y Matamoros y en la Universidad Autónoma de Piedras Negras. Ha impartido conferencias en la UANE Saltillo, CTM Coahuila, Asociación de Maquiladoras de Nuevo León y Facultad de Economía de la UA de C. Ganador del premio estatal de Periodismo de Coahuila en 5 ocasiones: 1996, 1999,2000 y 2006 en editorial en prensa y la presea Antonio Estrada Salazar por 25 años de trayectoria. Ha escrito tres libros: uno de poesías titulado “Memorias del Tigre Espejo”, “Cuentos Conurbados” y uno relacionado con los Recursos Humanos “A Little bit about Mexican Law and Human Resources”. Es un tigre espejo que merodea por entre los muros de la desigualdad, la represión y el oprobio escupiendo verdades através de su incómoda pluma.

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