Elogio del poeta
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De sus años mozos poco queda. Así es mejor. Aquella engañifa eterna de la cual todos abrevan al repetir el tonto estribillo de nunca dejamos de ser niños-adolescentes, en este caso y así debería de ser siempre, debe quedar atrás. De sus años mozos de juerga eterna, versos abonados al viento y rebelde sin causa, ya poco o nada queda.
Mejor aún, sí quedan huellas visibles: el poeta José Domingo Ortiz Montes, saltillense por adopción y vocación, aunque nació en San Miguel de Allende, Guanajuato en 1956, sigue siendo alto, elegante y gallardo. Siempre lo ha sido. Con donaire, ha dejado los vicios perniciosos de la juventud. Un día dejó de lado la botella de buen licor y dijo nunca más. La decisión ha fortalecido su espíritu y sus letras. Trotamundos, he charlado con el poeta lo mismo en un atestado bar en la ciudad de México, que hemos polemizado en un Encuentro de Escritores en Piedras Negras, Coahuila.
Lo he saludado en San Luis Potosí. Comí con él en Aguascalientes. Hoy, para fortuna mía, le robo un café periódicamente al poeta, al amigo José Domingo Ortiz en su oficina de promoción cultural dentro de la Librería Carlos Monsiváis, feudo de la atildada Norma Zapata, la siempre gentil y guapa Doña Momis. José Domingo Ortiz sigue siendo el tipo gallardo, afilado de siempre; pero hoy con un plus bajo el brazo, me ha entregado en mano un producto: Le revelación del significado, un libro a matacaballo entre la ficción, el aforismo, la confesión biográfica y la narrativa. ¡A otro público y lectores con semejantes textos!
La revelación del significado fue publicado por el Consejo Editorial del Gobierno Estatal, donde manda Javier Fuentes de la Peña. Tiene pie de imprenta de 2013 y para desgracia de todos, ha recibido poca difusión.
Y ha recibido poca difusión por un motivo conocido: aquí pocos leen. Todo mundo cita, pero pocos leen. El caso ejemplar y paradigmático es el de Julián Herbert. Todo mundo lo cita nadie lo lee. Ni sus propios amigos y cercanos. Aquí les doy la razón, es aburrido. No entretiene. Yo lo hago por disciplina, como lo leo todo y los leo a todos, para saber quiénes me rodean.
A otra cosa. Un día y como siempre, este escritor andaba de viaje en alguna ciudad tierra adentro, dictando alguna charla o lectura. Deambulando en una buena librería, di con el ejemplar número 71 de esa espléndida revista de la UAM, Casa del tiempo (revista la cual no llega a la ciudad). En portada anunciaban un homenaje al poeta Rubén Bonifaz Nuño.
Esquina-bajan
¿Sabe usted lector, quién abría la publicación referida en sus cuatro páginas de honor con poemas votivos en honor a Bonifaz Nuño? Sí, el maestro José Domingo Ortiz, con un largo texto titulado Bajo el signo de Aries. Ah. El reconocimiento que aquí mezquinamente se le regatea, en la Ciudad de México lo obtiene a manos llenas. Portada de revista y las cuatro primeras planas de inicio. Es decir, cortó orejas y rabo. Toda la faena, toda la fama, toda la gloria es suya.
José Domingo pertenece a esa generación de escritores que tantos frutos le han dado al Estado, como son Alfredo García, Jesús de León Montalvo, Susana Mendoza, Fco. José Amparán escritores que se formaron, sí, escribiendo. No estirando la mano para suplicar una dieta o beca gubernamental (en un acto patético el cual presencié, un creador, Carlos Farías, le regaló un cuadro al Gobernador Rubén Moreira. La abyección como signo identificable de esta nueva generación de artistas)
Alto, gallardo, el poeta Ortiz Montes ha dejado con donaire los placeres de la juventud y se entrega a su canto. Prueba es este volumen de proporciones centáureas. Más de 370 páginas atestadas de buena prosa. El maestro está entregando a las prensas lo mejor de su tinta y eso es bueno en un pueblo donde nadie critica, nadie levanta la voz. Sólo imploran becas y apoyos.
Letras minúsculas
De sus años mozos poco queda. Así es mejor. Hoy José Domingo es un escritor fuerte, amoratado. Sus frutos dan cuenta de ello.