Diario de un nihilista

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Opinión
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Noé en el metro. Qué dolorosa sorpresa fue para mí, como decía, en la Semana Santa de 2014, encontrar la amada Cineteca convertida en un estacionamiento de automóviles de tres pisos. Repito, nunca he sido snob, ni frívolo, ni izquierdista. De modo que mi cariño por esta catacumba tiene raíces estrictamente personales. Encendí un cigarrillo, para suspirar a mis anchas por los viejos tiempos, lastimosamente destruidos y de inmediato se me acercó un guardia, conminándome a que lo apagara. Quise contestarle que el problema no era mi cigarrillo sin filtro sino los tres mil automóviles estacionados en ese momento en el vasto y absurdo segundo piso de lo que en algún tiempo fuera la Cineteca: pero me frenó un fastidio oceánico. Me quedé pensando cómo le habían hecho, con qué justificaciones y argumentos, para convertir un kilómetro cuadrado de salas de cine en veinte kilómetros cuadrados de yonke vehicular potencial, multiplicado por tres pisos hasta sumar 60, el segundo y el tercero de los cuales abarcaba por completo el antiguo centro cultural. Una victoria más del automóvil sobre el ser humano, de la burocracia cultural de izquierda sobre el aficionado al cine. El viejo dios Tláloc llevaba media hora bramando sobre la ciudad prostituida, sobre esta Babilonia horizontal, cuyas alcantarillas suman más niveles en profundidad que pisos sus edificios superficiales más altos. Con una velocidad sólo asequible a las deidades, se precipitó sobre la ciudad infiel y olvidadiza una lluvia precortesiana, que en sólo quince minutos se distribuyó como cataclísmica nueva, como monstruosidad meteorológica, gracias a las redes sociales, como ahora se dice, como se antepone ahora cada vez que se enuncia algún hecho, entre la Isla de Pascua y Kamachatka, entre el desierto de Takla Makan y el delirante Kalahary, desde la falla de San Andrés hasta el estrecho del Capitán Cook. El viejo dos jugaba a los bolos encima de los frágiles techos de la Cineteca, lanzaba enormes bolas de marfil, el choque de una de las cuales, por la aguja, sería suficiente para poner horizontal la Torre Latinoamericana. ¿O se trataba acaso de viejos y mellados toneles rellenos de cemento, en cuyo interior, ácido o pozole, giraban los restos destazados de Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, a una velocidad enloquecida, encima de la manivela del cácaro, mientras una serie de relámpagos soldaban cada etapa sobrepuesta de ambas trayectorias circulares? La tormenta, en efecto, por su gratuita grandilocuencia y su estéril devastación, parecía una narco tormenta. Se suspendieron las funciones en las cuatro salas y el techo de la librería comenzó a gotear, después a chorrear sobre una hilera de cubos de plástico recién comprados, que semejaban por su brillo imprevisto una instalación de ese artista mercenario llamado Gabriel Orozco. Recordé otras lluvias, acaecidas un cuarto de siglo antes –pues la lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado, como anota Borges-, de las que me guarecía en la farmacia del Rayo, un pequeño establecimiento que se hallaba a cien metros de la Cineteca. Durante unos cincuenta minutos, que duraron acaso diez años, las decenas de personas que nos encontrábamos en la Cineteca nos quedamos aislados, sin saber qué hacer, mirándonos atónitos los unos a los otros. Quienes habían llegado en automóvil tuvieron que esperar otra hora o dos. Los demás, auténticos cinéfilos, nos dirigimos corriendo entre la llovizna, con una birsa de gozo, en busca de esa arca de Noé que era la estación Coyoacán, de la línea del metro Indios Verdes-Universidad.




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