El jardín del retiro
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Es de entender el por qué muchas personas hablan de retirarse del mundo, como en Occidente suelen decir los religiosos o los personajes de la novela decimonónica. Claro que se habla en lenguaje figurado, pues ¿quién tiene la capacidad de retirarse del mundo literalmente?
En otra época los religiosos hablaban de retirarse de la vida del siglo, lo que me parece un tanto más modesto, aunque no menos asombroso. También es interesante y paradójico que un animal gregario como el hombre piense en retirarse del mundo para vivir lejos del mundanal ruido, como dirían, con otras palabras, Horacio y Fray Luis de León, uno en la Roma imperial y otro en una España aún boyante.
Esta necesidad de huida de la vida social aparece pronto en la historia de la humanidad. Claro, ese pronto es un adverbio sumamente relativo: ¿cuántos miles de años preceden a la emergencia de las grandes culturas antiguas? Sin embargo, en algún momento parece que el hombre se olvida de la horda primigenia y termina por hartarse de la celeridad en que se ve envuelta la metrópoli, ese hormiguero afanoso cuya actividad y movimiento llegan a resultar estresantes.
Un poema célebre de Horacio (I aC), el poeta latino, habla de este éxodo liberador: Beatus ille qui procul negotiis [Bienaventurado aquél que lejos de los negocios, / como la antigua raza de los hombres, / dedica su tiempo a trabajar los campos paternos con sus propios bueyes]. Mucho tiempo después, en el siglo XVI, evocando la ilusión de Horacio, Fray Luis de León escribirá en lengua castellana, en Vida retirada, su Oda I: ¡Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruïdo, / y sigue la escondida / senda, por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido
Tópicos clásicos, beatus ille y carpe diem [¿aprovecha el día?] parecen complementarios. De hecho hay una suerte de red significativa que conecta todos los tópicos o nociones con que los antiguos designaron para siempre ciertas preocupaciones endémicas: el tiempo, la muerte, la fugacidad de la vida, lo vano de las cosas mundanas y otras. Todas, quizá, podrían resumirse en una: el paso inmisericorde del tiempo.
Gracias a la angustia que ese paso provoca en nosotros caemos en la cuenta de que debemos aprovechar la vida y de que un día moriremos y de que nada importa más en el trayecto de nuestro vivir que pasarlo ârecorrer ese trayecto- lo menos penosamente posible. Las agitaciones, las aprehensiones, el angst también pasarán (?), y en todo caso, ¿qué sentido tiene hacer de nuestro paso vital un viacrucis cuando todo eso que también pasará alguna vez pasará con nosotros a cuestas?
Los poetas clásicos, los prehispánicos, los renacentistas, los áureos y todos los que les han sucedido no han hecho sino recordarnos este o aquel tópico. Por muy vanguardista o transmoderno que sea, el poeta, el artista es una suerte de barómetro que mide las circunstancias que atraviesan la condición humana. Lo hace incluso sin que ése sea su propósito. ¿No lo leemos en Allen Ginsberg, en Bukowski, en Merwin y en otros más?
El círculo emprende su incesante clausura: deseamos regresar al estado del buen salvaje una vez que probamos el hipotético confort que la civilización nos ofrece. Porque el sueño del progreso pasa la factura, aunque ese progreso esté lejos de ser socialmente homogéneo. Retirarse del mundo: qué utópica figuración pero cuán refrescante. Me pregunto si la locura es una manera de retirarse del mundo; la locura o una enfermedad o una catástrofe irreversibles. Tal vez la edad Pero cuando se es pobre, ¿quién financia ese retiro del mundo?