Por favor, ¡no me compares, mamá!
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En un sabrosísimo chal en días pasados, unas queridas amigas y yo platicábamos, entre otras cosas, sobre las preferencias y distinciones que hacemos a veces, consciente o inconscientemente, entre cada uno de nuestros hijos.
Y es que el tema surgió cuando escuchamos por ahí, el caso de la mamá de uno de los compañeritos del hijo de una de ellas. Resulta que la mujer en cuestión, se la pasa alabando al hijo mayor que está en secundaria, porque supuestamente es un alumno de excelencia académica, que toda su vida ha obtenido las calificaciones más altas, que ha ganado concursos por aquí y por allá, que es el jugador estrellita en el equipo de futbol y cosas por el estilo, todo un estuche de monerías el jovencito.
Por obvias razones, el menor, que tiene 10 años, se siente inferior, cree que no es capaz de hacer bien las cosas y según palabras de mi amiga que lo ha visto cuando su hijo lo invita a jugar en las tardes, el niño se comporta inseguro, es tímido, serio y se siente inferior a los demás, aparte que no se cree capaz de lograr algo, por ejemplo, jugar futbol.
Dos de mis amiguitas aseguraron que ellas jamás lo harían, que es algo que afecta a los niños y que al menos ellas, los tratan por igual. El resto del grupito no supo ni qué decir y aceptaron no estar conscientes, a la hora de festejar el triunfo o algún logro de sus hijos, que no se daban cuenta si los hermanos estaba cerca y no recordaron sus reacciones.
Compartimos nuestras propias experiencias con cada uno de nuestros hijos durante un buen rato y al final todas coincidimos en que cada uno de ellos es especial y único, con sus virtudes y sus defectos; pero también, cada uno es diferente, a pesar de que son hermanos, no son iguales ni en su forma física, ni en su interior, ni en su carácter… ni aunque fueran gemelos.
Se estipuló entre el grupito, una especie de compromiso y vigilar todos esos detalles a diario, platicar constantemente con los niños y lograr que abran su corazón, que nos tengan confianza y nos platiquen cómo se sienten, nos digan si en algo estamos fallando o si alguna de nuestras actitudes los ha herido.
De esa manera, cualquier padre o madre de familia podrá entrar al interior de cada uno de sus hijos y los comenzará a conocer mejor. Así, evitaremos alguna situación que pudiera estarlo haciendo sentir mal y que no solo eso, sino que pueda repercutir en cuestiones más delicadas en su carácter o forma de ser, como volverse un niño miedoso, inseguro o tímido.
No podemos olvidar que somos la persona más importantes en su vida y tenemos la obligación de velar siempre por su bienestar tanto físico, como mental y desde luego, espiritual. De nosotros y nuestro comportamiento depende su desarrollo emocional y que crezca siempre como un ser humano seguro, lleno de confianza y feliz.
No olvidemos elogiarlos, aplaudir sus logros pero también reprender sus errores, a todos por igual. Tengamos uno, dos, cuatro o más hijos, debemos de tener la suficiente madurez para lograr ese sano equilibrio en su vida. Ojalá la mamá de ese pequeñito que ahora está sufriendo, abra los ojos ante lo que está haciendo y logre ese equilibrio que los niños necesitan, que sepa comprender que ellos, antes de ser más inteligentes o más destacados en alguna actividad, son sus hijos, son personitas que dependen de sus papás para salir adelante.
Por algo decidimos ser madres y no es justo que seamos nosotras las causantes de su dolor. Al contrario, de nosotras deben de recibir siempre protección, sustento, cariño y demasiado amor. Demostrarlo a diario los hará crecer seguros, libres y felices, contribuyamos para que así sea.
ANA