El cine de los hombres solos
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Le pusimos “el cine de los hombres solos”, emulando el título de la obra de José León Sánchez “La isla de los hombre solos”.
Me había pasado más de una semana encerrado en ese viejo cine de la calle de Allende y Cárdenas, en pleno Centro Histórico de la ciudad, llamado Olimpia Vistarama.
Todos los días transitaba yo por ahí a pie o en camión, y sigo pasando, pero es lo que le digo, nadie sabe lo que hay detrás de una fachada hasta que se adentra en ella.
Husmeando en Internet había leído historias sobre encuentros sexuales clandestinos de hombres en este cine tan céntrico, tan a la vista de todos, pero tan lejos de cualquier suspicacia.
Voces anónimas de la red revelaban auténticas orgías en el interior de este recinto oscuro, orgías entre hombres, le digo.
Hombres solos, necesitados de otros hombres y que encontraron en este lugar un espacio de desfogue de sus comezones más recónditas.
No crea, al principio me dio miedo ir, pero qué le iba a hacer, si ya había vendido la idea de un reportaje sobre este cine para el Semanario, así es que me armé de valor.
Nada tonto, me hice acompañar de un buen amigo y compañero de trabajo en una tarde fría y nublada de octubre. Inmediatamente que entramos, un grupo de mariconcitos que estaba en uno de los accesos a la gran sala alfombrada y de techos altos del Olimpia, nos echó los perros.
Era una de las pocas veces en mi vida que había oído decir de alguien que estaba yo muy guapo. A mi amigo también le llovieron los piropos.
Ya dentro, acomodados en las butacas de la planta alta, vimos cómo hombres de todas las edades, incluso ancianos, hacían uso de códigos secretos de lenguaje no verbal y nomás, de repente, se desbalagaban hacia los rincones más sombríos de la sala.
Lo que más nos impresionó es que en la pantalla se proyectaban películas, sí pornográficas, pero heterosexuales y muy antiguas, bastante.
Así estuve asistiendo a este cine por varias tardes a diferentes horas y siempre era lo mismo: hombres ataviados con sudadera, de estas que tienen gorro, me imagino que para evitar ser reconocidos, y haciéndose señas.
Le confieso que un día en que me animé a ir solo al Olimpia estuve a punto de salir corriendo cuando un hombre alto y robusto se me acercó y me hizo el ademán de que me fuese con él hacia las butacas de atrás. Fingí no escucharlo y mejor se alejó.
Otras veces me encontraba con hombres en el baño que me hacían insinuaciones. En esa ocasión sí salí casi corriendo del cine.
Pero lo más “freaky”, como dicen los jóvenes, fue lo que presencié el último domingo que acudí a la función vespertina para completar la crónica: un tipo vestido de mujer y haciéndole sexo oral a otro señor sentado en una butaca de la fila de la orilla del pasillo central del cine.
Dije: “suficiente”, y me salí de la sala.
Después supe que este cine, el Olimpia Vistarama, había sido sede de importantes encuentros políticos, mítines, congresos, reuniones y hasta informes de gobernadores. No me pregunte de cuáles, porque no sé.
Incluso, se rumora, no he podido encontrar alguna evidencia documental, que ahí estuvo el extinto líder obrero Fidel Velázquez. Vaya usted a saber.
La intención no era realizar un reportaje amarillista del Olimpia, que quede claro, sino, llamar la atención de las autoridades de salud sobre este lugar donde, entonces, no sé ahora, se practicaban relaciones sexuales de alto riesgo, sanitariamente hablando, insisto, entre hombres.
Pero parece que por enésima vez la Secretaría de Salud no hizo nada.
Dos semanas más tarde el reportaje fue difundido en el Semanario y yo no volví a entrar a ese cine, que cerró sus puertas meses después de la publicación, pero que ahora luce abierto y, dicen lo que saben, con ambiente más prendido.
Y a mí la verdad, la verdad… no me gustaría comprobarlo.