Montañas azules
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Onésimo Flores Rodríguez presentó su más reciente libro, titulado La Ciudad de las Montañas Azules y Otras Reflexiones. Una abierta declaración de amor a la ciudad que lo vio nacer, la misma que ha habitado la mayor parte de su vida fructífera, la misma ciudad en la que decidió formar su propia familia, la misma de sus padres y de sus abuelos: su Saltillo.
Editado por el Instituto Municipal de Cultura como parte de su Colección Acequia Mayor, el libro se divide en dos partes. La primera le da el título y es un ensayo sobre Saltillo, un recorrido por su historia en 50 páginas. Pero no es un árido paseo por la historia de una ciudad, sino el posar una mirada atenta e informada por los ya varios siglos de desarrollo y crecimiento de una población a la que se ama, vaciada posteriormente a una narración con el plus de un lenguaje manejado con fluidez y elegancia que le da su calidad de ensayo literario.
La segunda parte, Otras Reflexiones, incluye un buen número de artículos periodísticos publicados por nuestro autor en algún diario local. Esta es otra de las pasiones que cultiva Onésimo y en la que refleja también su entusiasmo por la vida, la amistad, el trabajo, la academia, la docencia, las bellas artes, la familia, el amor filial y muchos más de los valores y aficiones que han normado su existencia, además de su condición de crítico inveterado de las viciadas estructuras sociales y políticas de nuestro tiempo.
Sugerente y muy bello el título escogido por Onésimo para su libro. En general, poco reconocemos esa calidad y carácter de montañeses que nos da el vivir en la montaña o en el valle circundado por altas montañas, pues más nos creemos habitantes del desierto. Rara vez oímos ese término, montaña, aplicado a lo que aquí llamamos comúnmente cerros y sierras. Y acostumbrados a la cotidianeidad, más raramente reparamos en los tonos azules de esos gigantes de formas redondeadas a nuestro alrededor. Recuerdo con cariño a una querida amiga, María de Lourdes Gil del Bosque. Adolescentes, pasábamos unos días en la exhacienda de Santa María, propiedad de sus padres, y en nuestros paseos nos preguntábamos el por qué del azul de los gigantes que nos custodiaban. Después de divagaciones, concluíamos, satisfechas, la siguiente respuesta: era la lejanía la que regalaba el azul a los cerros, pues a medida que te vas acercando a ellos su color va cambiando, a los acres primero y a los verdes luego.
Onésimo cierra su ensayo, que no historia, con estas bellas palabras: Regreso a mi ciudad blanca, multicolor, amanecida, despierta, en pie de lucha evocando el pasado, viviendo el presente y construyendo el futuro, y ya estando ahí, desde un altillo que me sirve de atalaya, regreso la mirada, desando los pasos recorridos que me trajeron desde las cumbres, y esa vista, esa mirada, es la misma de siempre. Veo las sierras regalándome el milagro de todos los azules: azul acero, azul cósmico, azul porcelana, azul tormenta, azul verdoso, azul amoratado, y veo aun otros azules cuyos tonos no alcanzo a definir. Veo en mis montañas todo el azul y todos los azules, y sé que sus tonos no sólo dan testimonio de la belleza plástica, sino también del carácter y fortaleza de los baluartes que custodian desde siempre la clara ciudad de las montañas azules.