Un legado perdurable

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Opinión
/ 5 abril 2015
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Existen personas que viven con la cara hacia la vida, hacia la luz. Juan Pablo II, el hombre, dejó razones de fe y esperanza para saber arribar a última morada

El miércoles 30 de marzo de 2005 fue la  última vez que el papa Juan Pablo II se asomó a la plaza de San Pedro. Lo recuerdo con claridad: no pudo hablar, su gravedad era notoria.

Sabíamos que sería su última aparición, sabíamos que le quedaba poco tiempo de vida, quizás horas. El desenlace era inminente.

El 2 de abril, hace ya 10 años, Juan Pablo II, a los 84 años de edad, muere en su alcoba del Palacio Apostólico. Seis horas antes en polaco pronunció sus últimas palabras Dejadme ir a la Casa del Padre.


Lección de vida

Recuerdo que Juan Pablo II, en la última etapa de su vida, siguió sorprendiendo al mundo; fuimos testigos que, dentro de un muy deteriorado cuerpo, habitaba una mente lúcida, un corazón esperanzador, generoso. Sabio. La vejez y enfermedad de Karol Wojtyla fue evidente, pero de ninguna manera deshonrosa, sino digna, plena, paradójicamente "llenísima de vida".

El viejísimo papa, hasta el último momento, continuó maravillando a un mundo que proclamaba la supremacía del estado de juventud, de la belleza física y la salud corporal; a un mundo que repudiaba el envejecimiento, que segregaba, marginaba y se avergonzaba de los ancianos, tal como hoy sucede.

Este hombre dejó una gran lección a un mundo materialista en el cual a las personas les da pavor decir su verdadera edad y artificiosamente buscan eliminar con maquillajes de todo tipo los signos de la vejez, que iintentan empujar hacia atrás los años vividos. Dejó testimonio de vida a una sociedad que, como hoy, enseñaba a los jóvenes a desairar y desacreditar a las personas de la tercera edad.

El Papa, ante esas realidades, se presentaba halando su cuerpo para descubrirnos un hecho que, sin duda, era una novedad para nuestra civilizadísima época: la vejez es fuente de verdad y sabiduría, ejemplo y juventud de espíritu.

El Papa Wojtyla en su prolongada enfermedad obsequió el testimonio de una honrosa vejez. Su voz frágil y esforzada, siempre manifestó un espíritu incansable, fuerte. Enorme.




Alguien dijo que la inmensa alma del Papa arrastraba su cuerpo. Dramática pero acertada definición de la percepción que tuvimos del estado de salud de Juan Pablo II, sobretodo cuando revivimos los recuerdos de sus visitas a México.


Inolvidables visitas


Recuerdo que en su quinta y última visita (julio - agosto de 2002), su rostro ya manifestaba cansancio y agotamiento. Sus movimientos lentos y pausados denunciaban los ineludibles estragos de una existencia vivida a plenitud y el desenlace de una biografía tocada infinidad de veces por la tragedia y las penas.

Su encorvamiento describía el indescriptible peso de su responsabilidad. Su voz pausada, entrecortada, en ocasiones incluso débil, revelaba que la salud había desertado para siempre de su cuerpo. Su mirada, si bien limpia y penetrante, la percibimos afectada por todos los problemas morales del mundo. A diferencia de sus otros viajes observamos el rostro de un Papa doliente, físicamente enfermo y débil.

En el hombre viejo de Juan Pablo II, descubrimos una gran paradoja, una inmensa contradicción: un viejo cuerpo, una "envoltura carnal", encerrando, conteniendo, coexistiendo - conviviendo propongo yo - con un espíritu joven, recién estrenado, desbordante, que milagrosamente era capaz de transformar minuto a minuto el dolor, el sufrimiento y la vejez corporal en manantial de vida.

Si duda, fuimos testigos de la supremacía del espíritu sobre el cuerpo. Esta verdad manifiesta hoy sigue viva refriendo la realidad de Dios. Por que no hay otra explicación de eso que todos evidenciamos en ese Papa, y cuyo significado es una propuesta radical: lo que atestiguamos con su esfuerzo y presenciamos en su presencia, fue un asunto del espíritu, un argumento de la fe en Dios.

También su ancianidad dejó en claro el legado de un hombre que prefiere su misión de vida, su vocación espiritual, sobre las dolencias del cuerpo. Porque sencillamente el Papa, como ser humano que era, bien hubiese deseado terminar su vida entre comodidades y atenciones médicas, sin agotadores viajes (e innecesarios para los que no comprendían su misión y propuesta evangélica), sin preocupaciones tan agobiantes, pero ante todo antepuso su encomienda divina a sus preferencias personales; su esforzado sacrificio manifestó que no era su voluntad la que cotidianamente realizaba, sino la que se derivaba de su responsabilidad. Si no fuese así, entonces, de dónde obtenía la fuerza física y mental para llevar la cruz de tan apretadas y extenuantes agendas.

Mirando el tiempo atrás, imposible entender de lo que fuimos testigos con Juan Pablo II en su quinta visita a México, si no comprenderíamos un evidente hecho: Wojtyla era un hombre poseído por Dios, un ser humano impulsado por la fuerza de Cristo; una persona decidida a doblegar su propio cuerpo, por una causa suprema; un ser humano que libremente prefirió llevar, hasta el fin, su vocación.

Para comprender esta realidad es necesario acogerse al misterio que engrandece la existencia que todos como seres humanos tenemos. Misterio que se revela al abandonar la terca obstinación de buscar a Dios - a la vida - donde no se encuentra.


Inolvidable testimonio


Su testimonio sigue siendo mayúsculo. Por ejemplo, su esfuerzo físico reclama, sobre todo a los jóvenes, a no cansarse, a no quejarse, a no quedarse dormidos a la vera del camino. Su ejemplo continúa convocándolos a trabajar, a prepararse y estudiar a fin de construir un mundo más humano, a ser generosos con aquéllos que son menos afortunados.

El lento caminar de sus últimos años continua encomendando a respetar, apreciar y a convivir con los ancianos, a no olvidar que la vejez solamente se encuentra en los espíritus que han renunciado a ser, que ésta no se mide con la el paso de los años, sino en el estado de ánimo y las actitudes con las cuales se emprenden las labores y encomiendas de la vida.

El recuerdo de su mirada continúa convocando a tener inmensos ideales en la vida, a luchar sin tregua por ellos, hacer de las misiones personas vocaciones de vida. Su inquebrantable fe de la que fuimos testigos también convoca a renunciar al miedo, a dejar las preocupaciones a un lado, a abandonar las angustias, pesadumbres y dudas en las manos de Dios. A diez años de su partida continúa convocando a las personas a vivir libremente.

Su mensaje de vida y amor convoca a los padres de familia a testimoniar la verdad y el bien. A los políticos a dejar la hipocresía, la soberbia y los actos denigrantes de corrupción que socavan a México, les pide que hablen con la verdad, que atiendan a los indígenas, marginados, niños, a las mujeres y ancianos, que respeten la dignidad de las personas nacidas y no nacidas. A los que tienen más a dar a los que tienen menos. A los mexicanos en general su testimonio y mensaje continúa llamando a la concordia, a la paz, a trabajar en armonía por el bien común.


Hacia la luz


Existen personas que viven con la cara hacia la vida, hacia la luz, mientras que también las hay que les gusta caminar hacia la noche; las primeros son las que tienen la fortaleza de la fe y saben que, llegado el momento, la muerte será un nacer, porque para ellas en la tumba no muere la vida, sino la muerte. Por su parte, las que caminan hacia la noche total, lo hacen hacia la nada. Juan Pablo II, el hombre, dejó razones de fe y esperanza para saber arribar a última morada. La eterna.

El recuerdo de su vejez continúa contagiando una profunda experiencia espiritual, porque Wojtyla a sus 84 años era mucho más joven que muchos de los mismísimos jóvenes y eso lo sabemos quiénes fuimos testigos de su largo y fructífero pontificado.

cgutierrez@itesm.mx

Escritor y cinéfilo de tiempo completo. Actualmente trabajo como colaborador en el periódico Vanguardia de Saltillo, Coahuila, con quienes laboré en diversas áreas durante cerca de seis años, desde mis prácticas en la universidad hasta luego de mi graduación. También realizo reportajes y entrevistas para la revista Newsweek en Español, desde mi llegada a la Ciudad de México en febrero de 2017.

Me apasiona la crítica de cine, labor a la que dedico buena parte de mi tiempo para mantenerme al día con los estrenos más recientes, así como tener un amplio panorama de los clásicos en este mismo ámbito. Escribo y leo por placer. Publico textos en mi blog personal (blogenllamas.wordpress.com), en su mayoría relatos cortos. Tengo dos libros de cuentos publicados por el Municipio de Saltillo: “Demasiado Tarde” (Acequia Mayor, 2016) y “Los Ausentes” (Acequia Mayor, 2017).

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