A ‘jalar’ para conservar el habla lagunera
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En la capital del estado de Coahuila, cuando los saltillenses nos escuchan a los laguneros nombrar al mosquito con el vocablo moyote, se asombran; ellos le dicen zancudo
En su libro “Jales sobre Habla Lagunera”, Saúl Rosales empieza mencionando que: “El oído se estremece cuando escuchamos palabras distintas a las que tañen en la geografía doméstica y en el tiempo en que vivimos”. En la capital del estado de Coahuila, cuando los saltillenses nos escuchan a los laguneros nombrar al mosquito con el vocablo moyote, se asombran; ellos le dicen zancudo. En cierto sentido, hacen guasa de que lo llamemos así. No toman en cuenta que la palabra moyote viene citada en la obra de fray Bernardino de Sahagún, “Historia General de las Cosas de Nueva España”. En ella nos revela el secreto del origen de ese signo lingüístico de linaje náhuatl.
Rosales, nacido en Torreón y miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua, señala en su texto: “...cuando Sahagún trata en su obra antes mencionada ‘de las luciérnagas, que hay mucha diversidad de ellas, y de las moscas, moscardones y mosquitos’, dice en una alusión fugaz y leve, de apenas veintiún palabras: ‘Hay mosquitos zancudos que se llaman móyotl; son pardillos y son como los de Castilla, y pican como los de Castilla’”. Lo que deben saber los saltillenses es que esa palabra llegó a La Laguna luego de que los descendientes de las 400 familias tlaxcaltecas –que los conquistadores dispersaron por estas tierras, entre ellas las del Sureste de Coahuila, para instrumentar la colonización– se asentaron en lo que hoy es Viesca, en 1731.
A las 45 familias de indios tlaxcaltecas que se establecieron en Viesca se sumaron españoles. Previamente, en 1599, los jesuitas habían fundado la Misión de Santa Ana de los Hornos, que después transformaron en la Hacienda de Hornos (hoy ejido Venustiano Carranza), ubicada a menos de 20 kilómetros de Viesca, en las faldas de la Sierra de Jimulco. Asimismo, otras comitivas hispano-tlaxcaltecas se habían establecido en Cuencamé, Durango, a principios de 1598 y meses después en Mapimí.
El pueblo del Álamo, hoy Viesca, como sabemos, nació siendo una entidad tlaxcalteca con una lengua propia: el náhuatl. Sin embargo, con el proyecto de colonización de los hispano-tlaxcaltecas se impuso el español, aunque se mantuvieron los nahuatlismos.
Al llegar los hablantes del náhuatl a La Laguna, a la par, podemos decir, empezaron a difundir su lengua. Establecidos en Cuencamé, Mapimí y en Viesca, los indios tlaxcaltecas, a quienes llevaron a la región para que contribuyeran a la pacificación de las tribus locales, también coadyuvaron, sin duda, a configurar el habla lagunera. Tampoco debemos olvidar que estas familias, después de ayudar a fundar Zacatecas, Saltillo y Parras, continuaron con La Laguna.
Como lo establece Saúl Rosales: “Estas voces nahuas que sobreviven en el habla lagunera, junto con la historia y la tradición, son fuertes componentes de la identidad regional y, por extensión, de la nacional. En La Laguna no existen restos arquitectónicos, artesanías tradicionales ni vestigios como los que en otras partes de la República enlazan evidentemente al mexicano del siglo XX con su pasado autóctono y con el resto del México presente. La única herencia identificable del mundo náhuatl en esta región es la suma de nahuatlismos”.
El habla lagunera, apunta Rosales, también se compone de vocablos como los siguientes: jale, guaripa, talache, huila, güila, abresodas, teta, carnear, tájuaro, achis, alpargatas, atiriciado, babuchas, bacha, bachicha, borrado, botana, capullo, carnal, chamuco, chanquilas, chivo, chípil, crispetas, embracilar, empelotar, ergástula, fajina, feriar, latrocinio, liacho, lonche, maquinof, mueble, matiné, polvareda, pistear, pichonear, pozo, quequi, quiote, raza, reliquia, soda, tajo, troca, terregal, tolvanera y tabarete, y de expresiones como “no casca”, “echarse la vaca”, “echar pica”, “ande no”, “anda sobres”, “se aventó una liebre”, “es muy pica”, o verbos como “morelear”, “placear”, entre otros.
Mientras algunas palabras se nos han impuesto del idioma de Shakespeare, otras son construcciones regionales y otras más provienen de los medios de comunicación. Así, el habla lagunera padece un doble flagelo: el embate hegemónico del inglés y la tendencia centralista del habla de la Ciudad de México.
Defender el habla lagunera nos permitirá preservar nuestra cultura y, con ello, nuestra identidad, sin perder de vista que debe ser un matiz del amplio mosaico de la identidad nacional.