A la escuelita con García Luna: una justicia transparente, adversarial, y comprensible
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El juicio a Genaro García Luna en Nueva York acaparó gran parte de la atención del público en los medios de comunicación. Todos los días llegaron resúmenes de cada sesión, pudimos seguir lo que dijeron la defensa, la fiscalía, los testigos, el juez y el impacto que tuvieron o no en la decisión del jurado. El jurado decide la culpabilidad y el juez fija la sentencia.
Se ha discutido mucho en torno a los méritos del caso que presentó el fiscal federal y sobre las habilidades de la defensa. ¿Será o no García Luna, otro cómplice del Cártel de Sinaloa y sus diferentes facciones? ¿Podrá demostrarse que sus ingresos y tren de vida corresponden o no a la que puede darse el funcionario de más alto rango de la Seguridad Pública de México? Todo ello eso importante, pero nadie ha comentado el efecto didáctico de este proceso judicial en México, en los mexicanos y, sobre todo, en los periodistas.
Frente a noticias de alto impacto, se ha hecho común, en el mundo de las redes sociales, que nos convirtamos casi de inmediato en expertos en la materia de moda. Se trata sencillamente de un exceso de información en variadas presentaciones: pormenorizadas, extensas, breves o superresumidas. Parece ser que este caso no fue la excepción.
En México llevamos más de veinte años tratando de convertir nuestro sistema de justicia, de un modelo inquisitivo, donde el inculpado tiene pocos derechos, es culpable mientras no demuestre lo contrario y puede quedarse largos años en prisión sin que exista una sentencia condenatoria. Además, sucede que hay muchos presuntos culpables que se inculpan por arte de magia, después de salir del túnel de tortura, a la que llaman entrevista policiaca, ahorrándose todo el proceso, pero a costa del físico, la salud mental del inculpado y la justicia para la víctimas del delito.
En repetidas ocasiones he podido escuchar la muletilla, “somos México”, “es un cambio cultural complicado”, “va a costar mucho”, entre otros pretextos para justificar la tardanza para instrumentar el nuevo sistema de justicia penal, adversarial y oral, que consiste en que tanto la acusación como la defensa, presentan y confrontan sus pruebas y argumentos. Los argumentos de ambas partes deben ser escuchadas, comentadas, negadas o aclaradas ante un juez. Es un sistema respetuoso de la presunción de inocencia, elimina figuras arcaicas como el arraigo y regula la entrevista policial. Entre las partes hay pesos y contrapesos para evitar el abuso.
Sorprende que este juicio de alto impacto, por arte de magia, resultó fácil de entender, explicar y hasta de discutir. El juicio a García Luna ha dejado muy claro que una justicia accesible, transparente, adversarial, que confronta ideas y argumentos y es comprensible para el público no especialista, es perfectamente posible. No es necesario esconderse tras de tabiques de papel atiborrados de conceptos legaloides que casi nadie entiende. Este juicio ha permitido incluso que “el respetable” discuta con pasión la calidad de los testigos.
Antes, durante y después de García Luna Secretario de Seguridad Pública, cualquier mexicano acusado y las víctimas del delito, habrían deseado tener un acceso a la justicia como el que ha tenido este personaje: un fiscal con mucha autonomía frente a la lógica política del partido en el poder y que se guía por la evidencia que le presenta la policía investigadora, así como igualdad de la defensa y de la fiscalía frente al juez, jurado y público. En México, lo sabemos, son los pobres quienes más padecen la injusticia del sistema judicial, aunque nadie esté exento de abusos e injusticias. De ahí que a diario nos anuncian grandes detenciones, que poco o nada impactan al el estado de la seguridad pública y la justicia en México.
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