¡Abajo el perreo! (¡Hasta abajo, mami!)

Opinión
/ 15 diciembre 2022
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Encuentro ya completamente ridículo criticar los gustos musicales ajenos, particularmente los que prevalecen entre la juventud A.K.A. “la chaviza”.

Así que, a menos que le hayan invitado a un debate en el que específicamente se le solicitó a usted el exponer por qué la música que consume es la más rica y compleja, la más gratificante y profunda y, desde luego, la de mejor gusto y mayor conectividad neuronal; guárdese mejor su opinión; y no porque no esté usted en lo cierto (probablemente la razón le asista), sino porque la historia nos ha enseñado que criticar las expresiones musicales juveniles hace, a la postre, quedar en ridículo a cualquiera.

No le gusta el reggaeton y el perreo. ¡Perfecto! ¡No lo escuche y sobre todo, no perree! ¡Por lo que más quiera, no perree!

A mí tampoco me gusta el reggaeton, pero ¿se ha puesto a pensar lo ridículo que sería que a un hombre de mediana edad le gustarán los ritmos de los veinteañeros?

De hecho, yo siempre tuve gustos de viejito y hasta la fecha. Incluso Spotify, YouTube y Alexa piensan que tengo 77 años y vivo en una casa de retiro.

Pero vamos que, desde siempre, la música en boga y todo su movimiento adyacente han ofendido, escandalizado y hasta horrorizado a la generación predecesora. Eso es inevitable.

Lo que sí podríamos negociar sería el repelar tanto para mejor ahorrárnoslo como un paso ociosamente innecesario:

Que el reggaeton es insulso, monótono y melódicamente pobre... Sí, lo es, pero en cambio es rítmico y atmosférico.

Que sus letras son ofensivas, vulgares, misóginas y hacen apología de las drogas y la carnalidad... Sí. ¿Y usted de qué piensa que iba el 70 por ciento del viejo, buen y señorial rocanrol?

A propósito de porcentajes, la Ley de Sturgeon nos dice que “el 90 por ciento de todo es basura”. Este aforismo propone que de toda la información, de todos nuestras acciones, de toda la producción artística y desde luego, de toda la música de cualquier género, el 90 por ciento es –discúlpeme la palabra pero así lo traduce la mayoría de los autores– “mierda”.

Y es muy probable que ello no esté tan alejado de la realidad, después de todo y poniendo nuevamente como ejemplo al rocanrol, es un catálogo de canciones valiosas, interesantes, trascendentales, como punta de un iceberg de melodías olvidables, repetitivas y huecas.

Lo que quiere decir que en un futuro, no sé cuán lejano, cuando la fiebre por el reggaeton y su perreo asociado sean obsoletos y hayan sido desplazados por algo que ofenda a los entusiastas de Maluma, incluso el reggaeton –sí, esa música que nos resulta aberrante y ominosa– nos habrá legado unos cuantos temas memorables que serán considerados clásicos. No me pregunte cuáles, no me pregunte cuándo, ni me pregunte qué tan bien habremos de conciliar con ello, si es que nos toca atestiguarlo.

Permita que los centennial (que no los millennial, esos ya están igual de desfasados que uno) encuentren el soundtrack de su vida. Que no le están pidiendo permiso, nomás que no les estorbe, ¿vale?

Nosotros tenemos a los Stones, a Javier Solís, a la Santanera y a Beethoven y nadie nos los está quitando, ni van a profanar sus obras... o quizás sí, pero es que en la creación todo se vale.

Y claro que nos seguiremos quejando si los vecinos se ponen a perrear intenso y a todo volumen hasta bien pasadas las 3 AM, y claro que no dejaremos de expresar disgusto si una tonada o una mala rima nos taladra los oídos como mentada de madre. Pero no lo hemos de censurar, nunca; ni como movimiento, ni como parte de la cultura y de la vasta experiencia humana, ni como expresión de una generación que está buscando su voz, pues cada una ha tenido su oportunidad para esto y la nuestra ya fue.

¿Sigue sin gustarle? ¡Pues claro! No está pensado, diseñado, ni dirigido a un wey (o weya) que nació antes del Alunizaje. ¡Ya relájese! Voltee para otra parte. Mire, en el centro de la mesa: ¡Es un centro de mesa! ¡Lléveselo!

Por todo lo anteriormente expuesto, tengo que solidarizarme con las víctimas recientes de Ticketmaster, diabólica multinacional, ladrona y abusiva que de las élites del poder global debe ser favorecida, para haberse erigido como imperio intermediario de altísimas comisiones entre el público y los espectáculos a nivel mundial.

Como ya todos sabemos, por negligencia o corrupción, una gran cantidad de gente con boleto emitido por Ticketmaster se quedó afuera del concierto de Bad Bunny, reggaetonero que hoy por hoy realiza la gira más exitosa del planeta, nos guste o no. Y a mí no me gusta, pero le insisto por enésima vez, no se trata de mí, ni de usted, sino de la frustración, rabia e impotencia de cientos, miles de personas, jóvenes todos me atrevo a decir, que se perdieron de la oportunidad única y quizás irrepetible de ver a su ídolo en la cima de su carrera.

Si regresa el reggaetonero, quizás ya no sea lo que es al día de hoy, o tal vez muchas de estas personas ya no tengan la posibilidad.

Siento mucha empatía hacia los fans de “Bunny” porque yo he sido realmente bendecido con la cantidad de conciertos que he podido presenciar en mi vida, desde Ennio Morricone hasta Paul McCartney y de Elton John a Juan Gabriel.

Y no veo cómo podría prescindir hoy de alguna de las memorias más preciadas de mi existencia, nomás porque el pinche Ticketmaster cometió una marranada y me dejó robado, destrozado y humillado, afuera del recital.

Las autoridades, como es costumbre, en vez de solucionar el problema sólo buscan sacar raja, porque no es como que estén aquí para solucionar algo. ¡Ni que fueran ¿quién?! ¿La autoridad?

Deseo sinceramente que las muchachas y mushashes que se quedaron con el corazón roto afuera de la presentación del “baboni”, sean resarcidos en cada centavo de su inversión, aunque sé que lo que realmente anhelaban era vivir ese momento mágico de comunión con el ídolo juvenil de su tiempo.

Y no hay mayor desilusión que la de no poder ver a tu artista favorito...

Excepto la de Ricardo Mejía Berdeja, esa sí que debe ser la mayor desilusión de todas.

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Columna: Nación Petatiux

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