Alma rota

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Opinión
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Texto: Victoria Medina Cruz

Ilustración: Sofía Granados Riojas

Si creían que una subasta era aburrida, nunca han ido a la casa “Fragmentos”. Sus galas de venta al mejor postor son un verdadero espectáculo, nada que ver con las tediosas Christie’s y Sotheby’s. Para empezar, en sus fiestas de liquidación no había noches de cultura y las estrellas del evento tampoco eran las piezas de grandes maestros, sino unas muñecas: criaturas de porcelana viviente, piel traslúcida y ojos de cristal azul.

El curador de la galería, autonombrado El Partero, vestía de seda negra y una máscara de lobo que cubría su rostro perverso. En sus manos no había un catálogo con obras de Picasso, Da Vinci o Miguel Ángel, sino un set con herramientas de cirujano.

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Los invitados a la velada sostenían copas con un líquido rojo y espeso.

—Bienvenidos sean todos ustedes —dijo El Partero como maestro de ceremonias emergente con una voz que hacía vibrar los huesos—. Esta noche no rendimos homenaje a la belleza, ¡la arrebatamos! Ellas no son sólo cuerpos, son el resultado del ejercicio que hubieran preferido conocer Monet, Rodin o Tolstoi; ellas son arte de verdad y nosotros las descubrimos.

Una cortina de terciopelo dorado se abrió delante del público, revelando a la primera muñeca que colgaba de un arnés de cuero rojo y que lentamente giraba desnuda. Su piel tensa por la inversión revelaba venas como grietas en la porcelana.

El Partero se acercó con la reverencia de un sacerdote ante un ángel; pero con unas pinzas le pellizcó el pezón hasta arrancarlo. El cuerpo convulsionó y un grito ahogado resonó desde su garganta.

—¡Ese sonido! —exclamó el subastador—. Es su alma gritando, el dolor no es mudo. Cada socorro es una pincelada de éxtasis sobre el lienzo de nuestra conciencia. Donatello ni Rubens podrían, con sus inútiles herramientas ni dominio de su oficio, podrían sacarles lo que les ofrecemos hoy.

La sangre goteaba manchando el cabello rubio.

—Miren —dijo El Partero mojando un dedo en el fluido y probándolo—. ¡Dulce! El miedo tiene sabor.

Enseguida el anfitrión de la subasta se dirigió a la audiencia con ojos de fervor y una mezcla de éxtasis:

—Nuestra destreza no busca un aplauso, busca su complicidad.

Murmullos de aprobación llenaron la sala; pero lo mejor de la noche aún no había llegado. El Partero hizo una seña y dos asistentes con máscaras de cuervo trajeron a una nueva figura, una hermosa maniquí que no colgaba, sino que estaba de rodillas, esposada de cuello y manos con una bonita expresión de terror. El maestro de ceremonia se acercó a ella, sosteniendo una pica extendida y afilada. E igual que el soldado romano atravesó un costado de Jesús con la Lanza de Longino, el mediador de la subasta imitó la escena cristiana.

—Hemos explorado el dolor externo, el que se ve a simple vista —dijo el curador de la galería—. Ahora intervengamos en el malestar interno, el que se siente más allá de la carne y los huesos.

Con mucha precisión El Partero insertó la pica en un costado de la mujer y ésta se estremeció. Un temblor recorrió todo su cuerpo, pero no emitió sonido alguno. En su lugar los ojos se abrieron como si viera más allá del enorme salón, más allá de su punzante realidad.

—Hemos roto la barrera entre la conciencia y el dolor —dijo El Partero.

La audiencia estaba en silencio, hipnotizada. Ellos podían padecer el sufrimiento de la mujer como si fuera propio, una onda expansiva de agonía pura que los llenaba de vida y vaciaba al mismo tiempo. Era el arte definitivo, la experiencia suprema.

—Y ahora, la puja final —sentenció—. ¿Quién da más por el derecho a poseer su espíritu? No su cuerpo ni sus órganos, sino la esencia misma de su ser, su conciencia rota y el dolor infinito.

La sala estalló en ofertas y la puja comenzó en una cifra estratosférica. El ganador de la subasta tendría más que una inversión o dinero, era una forma de inmortalidad a través del ahogo ajeno. Finalmente, una voz femenina, y resonante se alzó por encima del resto:

—Todo. Ofrezco todo.

La voz pertenecía a una mujer sentada en primera fila con una máscara de cisne. Era la anfitriona, la mente maestra detrás de la casa de subastas “Fragmentos”. El Partero hizo una reverencia y concluyó la velada:

—Vendido.

Como buen artista hay que legitimar su arte gracias a una audiencia, críticos y consumidores. El acto de crear no es nada sin la ovación y, en esta disciplina tan extraña, ganar la puja entre magnates y reyes es terminar el primer párrafo de una novela acompañado del aplauso.

La mujer se levantó y se acercó a su millonaria adquisición. Miró a la chica hincada, a sus ojos perdidos en el infierno. Con una mano le tocó la mejilla y le susurró:

—Eres mía. Tu dolor es mi placer, tu ánima es mi espejo.

En ese momento la muñeca se arrodilló y se quitó el vestido para dejar ver sus pechos rebanados. Con una sonrisa de pura rendición, de aceptación total, hizo entrega de todo su resto. El alma estaba rota, pero en esa fractura había encontrado un propósito, una pertenencia a lo sublime.

La anfitriona no se conformó con la posesión espiritual. Su sed era grande. Hizo un gesto y El Partero le entregó un cuchillo afilado.

Con lentitud ella cortó un trozo fino del muslo. La carne aún temblaba por el shock nervioso. La dama cisne se lo llevó a la boca bajo su máscara. No era un acto de hambre, sino de comunión. Al devorar la angustia de ella, la hacía suya; al ingerir su carne, absorbía su ser.

Un asistente se acercó con una bandeja. Sobre ella, los despojos de la primera pieza estaban dispuestos como un bodegón macabro, uno que en 24 horas se mosquearía por su carne pútrida. Idéntico al arte que se venera en tiempos modernos. Los cuadros de Andy Warhol son sublimes y un desperdicio a la vez, igual que el urinario de Duchamp o el plátano de Cattelan. A uno cualquier turista lo termina confundiendo con el mingitorio del museo o al segundo lo devora un desfile de millonarios excéntricos, cada vez más dispendioso uno que el otro.

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El Partero tomó el pezón arrancado, lo pinchó con un tenedor y lo ofreció a la audiencia.

—¿Quién desea probar el primer grito?

Un hombre con máscara de conejo se adelantó y lo comió de un bocado.

Los restos de las piezas eran sagrados. Así encontraron el tejido que esperaban que sanara sus vidas, pero siempre tras esa humillante flagelación sólo había un pedazo frío de porcelana.

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