El llavero

Opinión
/ 3 enero 2026

Por: Javier Rodríguez

Esa noche, Horacio no entendió por qué su madre cambió tanto. De ser la mujer alegre y festiva, pasó a ser dura, fría y seca, como si algo dentro de ella se hubiese apagado para siempre.

Aunque en aquel entonces apenas alcanzaba los cinco años, algo quiso comprender con aquello de que el abuelo Román se había ido al cielo. Las palabras eran suaves, pero su efecto era desconcertante.

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Olga, su mamá, lloró como nunca antes. El pequeño la veía inconsolable, perdida en un dolor que no sabía cómo acercarse a consolar. Él no alcanzaba a dimensionar el significado de la pérdida, ni mucho menos la profundidad del vínculo que unía a su madre con su padre.

En sus adentros, Horacio reflexionaba como podía: “¿por qué lloramos si el abuelo se fue al cielo, que es un lugar bonito?”. Para él, todo lo celestial era bueno, luminoso y feliz.

El niño quería entender la lógica de los adultos, pero esa lógica parecía ser la mayor sinrazón cuando la muerte entraba en juego. Y nadie se molestaba en explicarla.

Esa misma noche, Olga recibió una cajita. Su padre se la había dejado con antelación, como si supiera con precisión cuándo debía ser entregada. Ella la sostuvo con manos temblorosas y la miró como quien observa un pedazo de su alma.

En algún momento de la vida, don Román le contó que esa cajita contenía uno de los objetos más valiosos de su herencia. Algo más profundo que una casa, un terreno o una suma de dinero. Ella no lo creyó del todo, pero no lo olvidó.

Durante años, Olga había luchado contra la idea de ya no tener a su padre a su lado. Creía, ingenuamente, que el amor era suficiente para aplazar la muerte. Pero la muerte, cuando llega, arrasa con todo y no pide permiso.

Pasaron los años. Horacio fue creciendo. La niñez se le escapó entre preguntas sin responder y tardes de juegos en silencio. La adolescencia llegó con todo su vértigo, y la juventud con sus ansias de independencia.

Ya no era aquel pequeño que quería entender la lógica adulta. Ahora era uno más atrapado en ella. Lleno de responsabilidades, cuentas por pagar y decisiones difíciles.

Aun así, a veces se sorprendía pensando en el cambio radical de su madre. ¿Qué había pasado realmente aquella noche? ¿Por qué nunca volvió a ser la misma?

Poco apeló por la duda, pero esa cajita que su madre guardaba como un tesoro —en el armario superior del cuarto, bien escondida— lo seguía intrigando. ¿Qué podía ser tan importante?

Con los años, Olga fue envejeciendo. Los inviernos se le fueron marcando en la piel, y las palabras le salían cada vez con más lentitud. Horacio notaba cómo su cuerpo se apagaba poco a poco, como una vela que conoce su final.

En aquellas tardes frías, llenas de luz tenue y olor a café, Olga le comentaba a su hijo que le gustaría que su Dios la recogiera a la misma edad que a su padre. Lo decía con una convicción casi mística.

A Horacio le parecía que su madre estaba demasiado influenciada por esas novelas nostálgicas que leía todas las noches. Pensaba que el destino no funcionaba así. Que no había lógica ni cronograma en la muerte.

En una de esas conversaciones, quizás la más serena de todas, Olga le reveló el secreto: la famosa cajita contenía un llavero. Horacio sintió una ligera decepción. ¿Todo ese misterio por un llavero?

No quiso decir nada para no herirla. Pero la duda creció. ¿Por qué un objeto tan común podía representar algo tan valioso?

Empezó a buscar referencias. En internet encontró desde artículos de diseño hasta historias de candados en puentes románticos. Nada le parecía tener sentido en el contexto de su madre.

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Una noche encontró una entrevista en YouTube con aquel cantautor andaluz que hablaba del llavero como un objeto profundamente simbólico. Decía que no era simplemente para abrir puertas, sino que representaba libertad, independencia y responsabilidad.

Aquel discurso le interesó. El llavero, según ese viejo sabio, el del increíble poder musical, representaba el derecho de hacer lo que se desee, de tener acceso a la propia vida. Pero también la carga de cerrar puertas, de hacerse cargo de lo que se elige.

La idea le pareció profunda, pero no del todo satisfactoria. Había algo más, algo que se le escapaba. Pero con el ritmo cotidiano de su trabajo, sus pendientes y la rutina, dejó el asunto en pausa.

Hasta que una mañana, con las prisas del día a día, Horacio se despertó, se alistó y, como siempre, le gritó a su madre que ya se iba. No obtuvo respuesta. Supuso que dormía.

Se acercó al cuarto. Ella yacía en la cama, inmóvil, con una expresión de paz que lo inquietó. La llamó. Varias veces. Nada. Sintió un nudo en el pecho. La movió. Olga no reaccionaba.

Nunca antes había marcado el celular tan rápido. Llamó a emergencias mientras intentaba mantener la calma. Quería gritar, pero no podía.

Por suerte, fue una falsa alarma. Olga sobrevivió, aunque quedó más frágil que antes. Al regresar a casa, volvió con su frase habitual, la que Horacio odiaba escuchar: “ya estoy por cumplir la edad de tu abuelo”.

Entonces, él se animó a preguntarle con más claridad. ¿Qué tenía ese llavero? ¿Por qué era tan importante?

Olga sonrió como si esperara esa pregunta desde hacía tiempo. Le dijo que ese llavero lo había usado Román toda su vida. Que uno igual le regaló a su esposa, la abuela de Horacio. Y que a ella la enterraron con él.

Desde ese momento, Román dejó de usar su llavero. Lo guardó en una cajita, como símbolo de un vínculo.

Horacio se quedó pensando. Aquel objeto, tan simple, tan cotidiano, se había convertido en un puente.

Pensó en la frase del cantautor. Libertad. Responsabilidad. Y ahora, vínculo. Le parecía casi cursi. Pero algo dentro de él no pudo evitar conmoverse.

Los días pasaron. Y lo inevitable, como siempre, llegó. Olga alcanzó a don Román en el tiempo que ambos habían pactado con Dios, o con el destino, o con el azar.

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Horacio, entre las cosas de su madre, encontró la cajita. Dudó unos minutos antes de abrirla. Sabía que ese gesto cambiaría algo en él.

La abrió. Allí estaba. El llavero. Pequeño, metálico, sin adornos. Pero con un peso que no era físico, sino simbólico. Un objeto que ahora lo unía a él también a esa cadena invisible de afectos.

Lo sostuvo en las manos con reverencia. Entonces comprendió, sin más palabras, sin más explicaciones.

Entre los vivos y los muertos no hay tanta distancia. Sólo la que uno decida poner. Como un llavero: puede abrir o cerrar. Puede ser olvido, o memoria.

Y ese, pensó Horacio, era el verdadero valor de aquello.

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