América Latina debe seguir siendo una Zona de Paz
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Los sucesos de este 3 de enero de 2026 marcan un antes y un después en la historia de nuestro continente. La intervención militar directa de los Estados Unidos en territorio venezolano y la “extracción” de Nicolás Maduro representan un escalamiento sin precedentes en el desmantelamiento de la legalidad internacional. Es verdad que el orden global siempre ha sido imperfecto, pero hoy enfrentamos algo mucho más grave: los Estados Unidos ya no solo se saltan las reglas, sino que han dejado de lado cualquier intento por disimularlo. Ya ni siquiera buscan una excusa legal para sus actos; lo que vemos es el uso y celebración de la fuerza bruta por encima del derecho, enviando el mensaje de impunidad e indefensión a todos los pueblos del mundo.
Como legislador federal y como ciudadano de Saltillo, me veo obligado a fijar una postura firme. Hay que decirlo: la acción del gobierno estadounidense nos coloca de lleno en la “ley de la selva”, donde el más fuerte impone su voluntad sin límites. Independientemente de la valoración que se tenga del modelo político de Venezuela, la intervención de la administración de Donald Trump es repudiable e inaceptable.
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Las declaraciones del presidente Trump son de una claridad alarmante. Al afirmar que Estados Unidos “gobernarán” Venezuela con el objetivo de controlar sus recursos naturales, especialmente el petróleo, se han quitado todas las máscaras. Estamos presenciando el regreso de un imperialismo directo que ya ni siquiera utiliza el pretexto de “promover la democracia” o “contener amenazas”, sino que reivindica el uso de la fuerza para poseer la riqueza de otras naciones. Si permitimos que la soberanía sea pisoteada por el interés de apropiarse de recursos ajenos, aceptamos que cualquier nación, incluida la nuestra, sea vulnerable.
América Latina ha luchado décadas por ser reconocida como una Zona de Paz. Lo que hoy ocurre en Caracas recuerda preocupantemente a las dinámicas que han devastado al Oriente Medio: intervenciones que prometen libertad pero entregan caos, guerra civil y desestabilización. Además, en la era de las armas de destrucción masiva, jugar al “rey de la selva” es un riesgo para la supervivencia de la humanidad entera.
En este asunto, el interés nacional de México es directo. La desestabilización de Sudamérica genera flujos migratorios sin precedentes, altera los mercados energéticos y pone en vilo la seguridad del hemisferio. Para nuestra ciudad, Saltillo, cuya economía depende de la estabilidad de las cadenas de suministro y del comercio internacional, el caos regional es un riesgo económico real. Rechazar la violencia en Latinoamérica es un imperativo ético y también un obvio acto de sentido común y defensa de nuestra propia seguridad.
México siempre ha levantado la bandera de la Doctrina Estrada: la no intervención y la autodeterminación de los pueblos. Hoy, más que nunca, en un momento triste y preocupante de la historia mundial, afortunadamente nuestra nación es conducida por la Presidenta Claudia Sheinbaum, quien con firmeza y visión humanista mantiene a México como un pilar de estabilidad. Bajo su guía, seguiremos exigiendo que el mundo del siglo XXI sea regido por la razón y no por la impunidad del más fuerte, avanzando con la máxima de Benito Juárez: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.