AMLO no tiene el sueño tranquilo por culpa de Trump
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A horas de la madrugada un grupo de cinco o seis borrachos tambaleantes llegaron a la puerta de una casa. En medio de la oscuridad uno de los azumbrados hizo sonar el timbre. Por la ventana del segundo piso asomó una mujer adormilada y con cara de pocos amigos. “Perdone usted, señora –le dijo el temulento–. ¿Aquí vive Empédocles Etílez?”. Respondió la mujer, hosca: “Sí, aquí vive”. Le pidió el beodo: “Con todo respeto, señora: ¿podría hacernos el favor de venir a decirnos cuál de nosotros es Empédocles Etílez?”... Injusta es la mala fama que acompaña a las suegras. La mía fue una segunda madre para mí. Oigo pedir a veces en el restorán o bar: “Tráeme una cerveza, helada como mirada de suegra”. Aconteció que una mujer se estaba ahogando en el mar. Clamó con desesperación un hombre: “¡Es mi esposa! ¡100 mil pesos de recompensa al que la salve!”. Un individuo se arrojó a las olas y la trajo a la orilla sana y salva. El otro se sorprendió: “No es mi esposa. Es mi suegra”. “Ah, caramba, señor –se acongojó el que la había salvado–. ¿Cuánto le debo?”... “Yo que tanto me afano y me desvelo / por parecer que tengo de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo...”. Ese desolado terceto lo escribió Cervantes. Magnífico prosista, inigualable narrador, el autor del Quijote era, en efecto, poeta medianejo, al menos si se le compara con cumbres de su tiempo como Góngora, Quevedo, fray Luis de León o San Juan de la Cruz. Algo parecido le sucedió en nuestra época al gran Alfonso Reyes. Ensayista supereminente, en el campo de la poesía no brillaba con la misma luz. Y es que ser poeta está cabrón, si me es permitido el súbito uso de ese vocablo poco lírico. El buen Dios, en su infinita misericordia, hace que sólo uno de cada 10 millones de sus hijos e hijas tenga la bella fortuna y sufra la inmensa desgracia de nacer poeta. Todos los demás vemos las cosas como son. Vienen ahora a mi memoria otros dos versos de Cervantes: “En el silencio de la noche, cuando / arrulla el dulce sueño a los mortales...”. Dulce es el sueño, es cierto, que si no tiene sueños es breve semejanza de la muerte, ese descanso en el cual no hay presencia de demonios ni ángeles, sino eterno reposo, eterna paz. Pero advierto que ando por los cerros de Úbeda, paraje que visito con frecuencia. A lo que voy es a decir que López Obrador no ha de tener sueño tranquilo, y menos ahora que a uno de sus vástagos le fue retirada la visa norteamericana. ¿Qué fue de su estrecha amistad –por no decir sumiso vasallaje– con el amarillo Trump? Día tras día el ocupante de la Casa Blanca, que con él se ha vuelto negra –perdón por esa deplorable frase–, hace o dice algo en relación con nuestro país, ya sea como presión o a modo de advertencia. Mala cosa es dormir junto a un elefante. O junto a un mulo, que para el caso es lo mismo. Mientras tanto, a partir de ahora el tal Andy, que no quiere que le digan Andy, deberá abstenerse por su lado de ir al otro lado... Jactancio Eláteez, individuo altanero, narcisista y vanidoso, le dijo con arrogante acento a su esposa: “Si todos los hombres desapareciéramos ¿qué harían ustedes las mujeres?”. De inmediato respondió ella: “No tardaríamos en amaestrar algún otro animalito”. (La desdicha de la mujer consiste en que sólo necesita una pequeña parte del hombre, y tiene que cargar con todo él)... Doña Taisia visitó la central de bomberos en compañía de las damas del Club Silvestre. Le preguntó al jefe: “¿Para qué es ese tubo?”. Le explicó el apagafuegos: “Es para deslizarnos por él y así salir rápidamente en caso de alarma”. “¡Qué buena idea! –exclamó doña Taisia–. ¡Voy a mandar poner uno en mi clóset!”... FIN.