Ángeles de la barranca

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Opinión
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Estos ángeles de la barranca patrullan incansables, cazando placas vecinas entre el flujo vehicular

El asfalto de la autopista al aeropuerto internacional presume un maquillaje de primer mundo. Bienvenidos a la urbe industrial, vanguardia del progreso regio. El visitante extranjero desembarca, aborda un taxi ejecutivo, contempla una pulcritud sospechosa. Una muralla interminable de lámina, vallas monumentales pintadas con logotipos gubernamentales, tapan la realidad incómoda. Detrás de esos muros de contención visual yace el verdadero Monterrey, esa inmensa mayoría atrapada en la barriada eterna.

Apodaca desfila con su estampa de maquiladora global, ocultando bajo espectaculares luminosos el polvo de sus colonias populares. El viajero sonríe, ajeno al hacinamiento disimulado a escasos metros de su ventanilla blindada. Es una escenografía perfecta, un set cinematográfico digno de Hollywood diseñado para inversionistas incautos. Guadalupe continúa la farsa arquitectónica. Sus avenidas principales lucen mamparas gigantescas, escudos oficiales, camellones repletos de palmeras artificiales. Los gringos aplauden el orden aparente, ignorando las techumbres de lámina, los baches históricos, el agua racionada justo al otro lado del muro gubernamental. El contraste social estorba, afea la foto del “nearshoring”. San Nicolás afina la estrategia de ocultamiento: bloques de concreto estéticos aíslan el Monterrey olvidado de las miradas quisquillosas. Finalmente, la capital de Nuevo León corona el engaño, blindando sus avenidas céntricas con vallas altísimas, mamparas publicitarias disfrazadas de urbanismo moderno. Nadie debe notar la miseria circundante. La pobreza regiomontana estorba el idilio empresarial, resulta mejor sepultarla detrás del metal pintoresco.

A la par de este blindaje estético, la tesorería estatal descubrió una mina de oro disfrazada de ecología: el polémico pase turístico. Esta genialidad administrativa exige un permiso temporal para vehículos con placas foráneas. Treinta días de gracia divina, un mes de respiración artificial. Supuestamente busca regular emisiones contaminantes; realmente persigue exprimir carteras ajenas. Una oficina recaudadora voraz diseñó el mecanismo perfecto para rellenar arcas públicas.

”El pase turístico: sublime instrumento de recaudación disfrazado de amor por el medio ambiente.”

Dicha norma otorgó colmillos afilados, garras implacables, a cuanta corporación vigila las calles. Agentes de movilidad, oficiales de tránsito, inspectores municipales, incluso barrenderos gubernamentales mutaron en depredadores viales. Cualquier portador de uniforme oficial asume funciones de extorsionador profesional. Los automovilistas foráneos representan el botín perfecto, presas indefensas en esta jungla de asfalto burocrática.

La paradoja resulta dolorosa, profundamente irónica. Miles de trabajadores habitan aquí, pagan impuestos aquí, construyen la riqueza local día con día. Sin embargo, mantienen lazos profundos, vehículos registrados, familias enteras en Tamaulipas o Coahuila. El fin de semana viajan, cruzan fronteras estatales para abrazar a sus seres queridos. Al regresar al territorio neoleonés, topan con el retén hambriento.

—Buenas tardes, ciudadano. Sus placas delatan su condición de intruso —susurra el oficial con sonrisa cínica, acariciando la libreta de infracciones.

El conductor exhibe documentos, argumenta residencia, invoca derechos elementales. Nada funciona. El colmillo del burócrata brilla bajo el sol abrasador. El pase venció ayer, la firma carece de un sello invisible, el código digital muestra fallas del sistema. Las excusas sobran cuando la cuota diaria apremia. La extorsión ocurre a plena luz del día, sobre avenidas relucientes, junto a las vallas que ocultan la miseria. Los billetes cambian de manos con rapidez asombrosa, aceitando la maquinaria municipal, llenando bolsillos particulares.

Estos ángeles de la barranca patrullan incansables, cazando placas vecinas entre el flujo vehicular. Protegen el espejismo de prosperidad absoluta, limpian la vista de los inversionistas extranjeros mientras esquilman al trabajador humilde. Monterrey presume rascacielos imponentes, centros comerciales lujosos, zonas residenciales exclusivas dignas de Beverly Hills. Detrás del muro metálico, la realidad muerde: transporte colapsado, servicios públicos deficientes, salarios devorados por la inflación galopante. El visitante internacional regresa a su país convencido de haber visitado el oasis mexicano. Jamás vio la barranca, nunca olió el polvo del suburbio marginado. Los muros cumplieron su cometido estético; los agentes recaudadores, su sagrada misión financiera. El teatro regio sigue en escena, cobrando cara la entrada, ocultando la verdad tras mamparas oficiales de colores alegres.

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Morelense de cepa Regiomontana. LCC con especialidad periodismo (UANL). Doctor en Artes y Humanidades (I.C.A.H.M.). Tránsfuga de la mesa de redacción en diferentes periódicos como El Diario de Monterrey, Tribuna de Monterrey, y del grupo Reforma en el matutino Metro y vespertino El Sol. Escort de rockeros, cumbiamberos, vallenatos y aprendices al mundo de la farándula. Asiste o asistía regularmente a conciertos, salas de baile, lupanares, premieres, partidos de fútbol y hasta al culto dominical. Le teme al cosmos, al SAT, a la vejez y a la escasez de bebidas etílicas. Practica con regularidad el ghosting. Autor de varios libros de crónica como Hemisferio de las Estaciones, Crónicas Perdidas, Montehell, Turista del Apocalipsis, Monterrey Pop, Prêt-à-porter: crónicas a la medida y Perros ladrando a la luna en Monterrey

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