‘Argentina, 1985’
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Pese al boicot que declaré en contra de la AMPAS (Academy of Motion Pictures Arts and Sciences) luego de aquel infame cachetadón que hundió a la entrega del Oscar a la misma categoría que los Premios Furia Musical, la condenada Academia tuvo el descaro de anunciar ayer a los nominados para su próxima noche de premiación. Yo creo que no se enteraron de mi indignación.
Y aunque sigo renuente respecto a todo lo que esta tradicional gala representa, especial gusto me dio ver entre las nominadas a Mejor Película en Lengua Extranjera a la obra del director Santiago Mitre, “Argentina, 1985” (Argentina, 2022).
Vi la película hace apenas unos días y enseguida supe que sería indiscutible y necesariamente candidata al Oscar. La Academia me dio ayer la razón (aunque tiene un duro competidor en el remake alemán del clásico “Sin Novedad en el Frente”).
“Argentina, 1985” está en Amazon Prime, que también coproduce y, como mera anécdota, sepa que en Argentina también hubo disputa entre los cines y la plataforma por el corto tiempo de exhibición en salas antes de su estreno en streaming, tal como ha sucedido en México con sus directores emblemáticos, Del Toro e Iñárritu, y sus recientes entregas, “Pinocho” y “Bardo”.
Pasa que “Argentina, 1985” es una cinta relevante para su país de origen, pues aborda un pasaje crucial para su restauración como república democrática y como sociedad libre, luego del brutal y sanguinario periodo de dictadura militar conocido como el Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983).
Vamos al grano: La dictadura militar fue un régimen de terror que cobró alrededor de 30 mil vidas, entre muertos y desaparecidos. Costó un gran esfuerzo y la unidad de todos los sectores que el pueblo recuperase la Presidencia en la persona de Raúl Alfonsín quien, una vez en el poder, se propuso llevar a juicio a los mandos militares conforme se iban revelando las atrocidades cometidas durante el periodo marcial.
Pese al reclamo social, pese a las toneladas de evidencia y las miles de personas dispuestas a declarar; pese a la buena voluntad del nuevo gobierno, lo cierto es que el ejército aún conservaba un gran poder fáctico y era capaz de cualquier acción violenta.
Hacía falta un verdadero fiscal suicida para llevar a los generales ante la corte y el designado para esta tarea de mártir fue Julio César Strassera (interpretado en la película por el siempre soberbio Ricardo Darín).
Una vez que le comunicaron el haberse ganado “la rifa del tigre”, Strassera armó un joven equipo para recabar evidencias y testimonios por todo el país, mientras que él se encargaba de formular los cargos y de estructurar, en nombre del pueblo argentino, una denuncia que resultase impecable (usted sabe que el menor error en el proceso puede dejar en libertad al peor criminal por meros tecnicismos).
Por si fuera poco, Strassera y sus aliados estaban a contra reloj y eran intimidados en todo momento por llamadas amenazantes, presencias siniestras vigilándolos y todo tipo de amenazas provenientes de los aliados del viejo y sangriento régimen.
¡SPOILER ALERT! (Aunque es un hecho histórico): Strassera y su equipo judicial consiguieron que un tribunal civil enjuiciase a comandantes militares por primera vez en la Historia y fue el primer proceso por genocidio desde los Juicios de Nüremberg.
Si todo lo anterior le parece denso, pesado o poco apetecible para su gusto cinematográfico, le invito a que la vea como un simple “thriller”, una peli con muy buen manejo del suspense, una trama muy clara hasta para el menos versado en dictaduras latinoamericanas, una ambientación impecable del Buenos Aires de los años 80 (no conozco la capital argentina, pero sí viví la década de los 80), unas actuaciones de cátedra y, por si fuera poco, la nominación al Oscar.
¡Qué más quiere! ¡Ah, sí!: Darín. ¡Por Dios, Darín!
Usted no tiene otra cosa que ver en cines ni plataformas hasta que haya cumplido con esta cinta imprescindible.
Eso es como cinéfilo. Como mexicano, sin embargo, usted necesita conocer, recordar si es el caso, o tener siempre presente este capítulo de la historia argentina, pues ninguna nación está exenta de las abominaciones que caracterizaron a dicho periodo.
Desde sexenios pasados (esto no comenzó ahora), en México se volvió cómodo para los presidentes en turno apagar fuegos de toda índole con la acción de las Fuerzas Armadas: Desastres naturales, sublevaciones civiles, manejo y control del flujo migratorio, combate al narcotráfico... La milicia comenzó a ser el comodín, el factótum, para levantar el tiradero del Poder Ejecutivo.
Más adelante se le fueron delegando a los soldados más tareas de seguridad civil, primero apoyando y luego desplazando a las policías federales y durante la presente administración se convirtieron en constructores, desarrolladores y administradores de aduanas y aeropuertos, hoteles, ¡aerolíneas!... Y cuanto entuerto se le presente a la 4T, ha de ser solventado por el aparato militar que, en teoría, sólo debería existir para repeler una amenaza foránea.
Pero no sólo los gobernantes, también un considerable segmento de la opinión pública aprueba alegremente la participación militar en la vida civil, sin advertir todo lo nociva que llega a ser su mera presencia, tanto que es desaconsejada por todos los organismo internacionales en derechos humanos.
Tras el fracaso de Claudia Sheinbaum como Gobernadora de la CDMX, pero sobre todo en lo concerniente a su gestión del sistema Metro, se decidió hace unos días desplegar seis mil uniformados para “prevenir” incidentes fatales, como los que durante este sexenio han ocurrido por lo que no es sino una evidente falta de mantenimiento y orden.
¿Qué sucedió? Que los abusos militares no se hicieron esperar: Detenciones arbitrarias, malos tratos, intimidación a usuarios por parte de los milicos.
Viviana Salgado, una ama de casa de 41 años, fue detenida porque se le cayó a las vías una refacción para su lavadora de ropa. Fue investigada como presunta terrorista y según su declaración, tratada como criminal.
Pero no es el único caso, son numerosos reportes de tratos abusivos de los sorchos para con los pasajeros de este sistema de transporte que, en poco tiempo, se ha convertido en un laboratorio de lo que le espera a nuestra sociedad si seguimos consintiendo que la fuerza militar interactúe directamente con la población civil.
El peor escenario imaginable (los militares interviniendo en el desarrollo político del país) no se vislumbra lejano desde que Luis Cresencio Sandoval, titular de la SEDENA, olvidando la lealtad que le debe a la Patria, instó a los mexicanos a sumarse a la 4T, el movimiento de López Obrador, no al Mandatario en turno como el código lo ordena, sino a AMLO y su movimiento. El que lo entiende, sabe que este tipo de declaraciones son escalofriantes.
Y el problema no es sacar a los militares de sus cuarteles, sino hacerlos regresar, ya que, engolosinados con prerrogativas y facultades prácticamente irrestrictas, en poco tiempo no habrá presidente capaz de afrontarlos.
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Y después... Después cuesta demasiadas vidas y muchísimos años recuperar la paz, la libertad y la democracia. Así nos lo ha enseñado la Historia.
Vea por favor “Argentina, 1985”. No es un retrato brutal de la dictadura (sobre eso hay muchas otras cintas excelentes). Es la crónica de un país recogiendo sus pedazos para tratar de recomponerse luego de ser brutalmente aplastado por la bota del “Proceso de Reorganización Nacional”, una denominación tan inocente como la “Transformación” y tan “civil” como dice ser la Guardia Nacional.