Artemis II. Golpe de realidad
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Una nueva carrera espacial que no va hacia ningún lado (y que muy probablemente gane China de cualquier manera)
Seguí en vivo la cuenta regresiva y el lanzamiento de la misión Artemis II porque, en efecto, tiene un peso histórico... hasta cierto punto.
La verdad es que me emocionó muchísimo más la conmemoración, en 2019, del quincuagenario de la misión Apolo 11, días durante los cuales se transmitió –íntegro, en “tiempo real” y sin cortes– el audio de la comunicación entre la expedición y el Centro de Comando en Houston.
Pero la Artemis II ya logró un par de objetivos muy concretos: que todo el mundo esté (estemos) hablando de ella y de la exploración espacial en general; que se reavive el interés por los temas científicos y que volvamos a poner en perspectiva nuestra minúscula existencia frente a la infinitud del cosmos.
Será, incluso, la inspiración para toda una venidera generación de cosmonautas, ingenieros aeronáuticos, astrofísicos, científicos y divulgadores, lo cual está muy bien... ¡mejor que bien!
Mi falta de entusiasmo, sin embargo, se debe a que la presente misión no parece obedecer a un plan general a largo plazo o a una visión concreta de lo que pretendemos como especie.
Si usted piensa que retornar a nuestro satélite, luego de medio siglo, bajo los actuales estándares tecnológicos y los modernos parámetros de eficiencia, era el siguiente paso lógico en el establecimiento de una base lunar permanente antes de la conquista de nuestro vecino inmediato, el árido y hostil planeta hermano, Marte... Sí, yo también solía creerlo.
Pero lo que muchos medios y divulgadores no mencionan es que, contrario a lo que podríamos suponer, dado el desarrollo tecnológico de las últimas cinco décadas, el sueño de posar un pie sobre la superficie de cualquier otro planeta se aleja cada vez más de nosotros... O mejor dicho, somos cada vez más conscientes de que nunca hemos estado cerca ni siquiera de dicha hazaña y que es probable que jamás lo estemos.
Pasa que, tras las misiones Apolo y gracias a toda la ciencia ficción derivada, se generalizó la idea de que alcanzar metas más ambiciosas era sólo una cuestión de tiempo, en tanto el desarrollo tecnológico sostuviera una línea ascendente, por modesta que esta fuera.
Pero resulta que no, como aprendimos recién: ir a Marte en relación con ir a la Luna no es el mismo reto a mayor escala, no. Es OTRO problema completamente distinto, para el cual sencillamente no existe solución práctica, ni parece ser que la vaya a haber dentro de un plazo que pudiéramos considerar realista.
Créame (y yo solía ser uno de los más optimistas al respecto), parece que estamos atrapados, confinados a flotar anónimamente en nuestro pequeño mundo rocoso por el resto del tiempo que logremos subsistir como especie.
Podemos mandar nuestros cachivaches a los planetas vecinos y más allá de los confines de nuestro sistema solar, así como pudimos pisar la Luna que, a fin de cuentas, no es sino el pórtico de nuestra propia casa. Pero no podemos aventurarnos más allá porque (por si no lo sabía) al Universo le caemos gordos y nos quiere matar, así que requerimos soportes vitales inimaginables, incosteables y físicamente imposibles de llevar al espacio.
Sí, lo sé, yo soy uno de los más decepcionados con este golpe de realidad y cuesta aceptar que lo que creíamos era nuestra siguiente etapa en la Historia no va a ocurrir por un montón de razones que su divulgador de confianza le podrá explicar mejor que yo.
¿La terraformación de Marte, dice? ¡Ja! Si estuviésemos en posición de soñar siquiera con terraformar otro planeta, quizás deberíamos comenzar terraformando antes la Tierra misma. Quiero decir, dominar los climas, ecosistemas y ciclos geológicos de nuestro propio mundo, cosa que, de lograrse, eliminaría la necesidad de ir a otro planeta a hacerlo.
Pero es imposible llevar a un ser humano a Marte. Mejor dicho, sería imposible recuperar a un ser humano si hipotéticamente pudiera ser llevado al planeta rojo.
Cuando se habla de la posibilidad de una misión tripulada a Marte, es sólo para cautivar al público y a posibles inversionistas.
Por iguales razones se habla de la posibilidad de explotar los recursos minerales de la Luna. Pero es ridículo. Llevar un sólo kilo de cualquier material entre la Tierra y la Luna es tan costoso y complicado que resultaría financieramente inviable. Tampoco va a ocurrir, lo mismo que el turismo espacial, que no llegará más allá de los vuelos orbitales que se puedan pagar algunos putrimillonarios como Jeff Bezos.
Pasa que presentar todos estos sueños y empresas como posibles, apenas alcanzables, mantiene vivo el espíritu y el interés de las masas y del dinero, amén de que sostiene a una industria aeroespacial que no ha estado exenta de corrupción y de la que dependen contratos por miles de millones de dólares con empresas proveedoras, mismas que ya le agarraron el gusto (y el modito) a estarnos dorando la píldora con la conquista del espacio, alargándonos el cuento infinitamente.
La exploración espacial de nuestra especie será al parecer muy limitada y con fines estrictamente científicos. Nada de conquistar el viaje interestelar ni de colonizar otros mundos y mucho menos explotarlos en nuestro beneficio o para habitar, para tristeza de los “trekies”.
No es pesimismo, es realismo. Lo más seguro es que estemos para siempre condenados a nuestro pequeño mundo azul, lo cual no sería necesariamente malo si comenzáramos a apreciarlo un poco más, lo que significa cuidarlo mejor.
Artemis II es parte de una nueva carrera espacial que no va hacia ningún lado (y que muy probablemente gane China de cualquier manera). Queda en todo esto un poco (muy poquito ya) de orgullo nacionalista de parte de EU por refrendar su liderazgo histórico, pero pesa más que cualquier otra cosa el interés empresarial por conservar los contratos de los proveedores, y para ello no es necesario tener éxito ni objetivos claros, apenas una meta difusa que siempre esté por delante de nosotros.
Se pone más truculento el asunto, pero por hoy quedémonos sólo con dos ideas principales: 1) Parece ser que el destino del hombre no está en las estrellas, ni siquiera en la propia exploración de nuestro vecindario estelar inmediato. Necesitamos preocuparnos mucho más por el planeta que habitamos y continuar explorando el espacio, sí, pero como meros observadores, desde nuestros observatorios, estaciones en órbita y con sondas robóticas.
2) La quimera espacial se sigue alimentando como muchas otras narrativas para justificar gastos, hacer política y, desde luego, negocios con incontables empresas deseosas de participar de proyectos que no tienen fin (como la guerra o el combate a las drogas); proyectos de los que salen ganando de hecho cada vez que se sufre un revés o un retraso importante.
Valdrá la pena ampliar estos dos puntos en la siguiente entrega y ver cómo conectan con nuestra más doméstica y pedestre realidad.
Mientras tanto, mire a las estrellas, y si gusta conmoverse con nuestros endebles, pero heroicos esfuerzos tecnológicos, hágalo, pero recuerde que no parecemos destinados a ser conquistadores, sino apenas diminutos inquilinos, espectadores de un universo infinito.