Café Montaigne 378: Voyerismo
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Ingrata güera Jazmín, me está inspirando lo mejor de mis letras y, caramba, con sus ocurrencias, aventuras y cosas no me inspira un texto como éste, ni un poema; inspira mi vida misma
-Vamos por partes, ingrata flaca. ¿Qué rejodidos hiciste y en qué te has portado mal? De qué te voy a pegar y madrear, pero con mil diablos. ¿Qué hiciste, pinche Jazmín?
-Mmm, nada malo, Jesusito. Nada malo. Bueno sí, pero un poco. Mira, para empezar, tú tienes la culpa, eh, estás dándome libros que me desatan pasiones que ni conocía. No te hagas el occiso. Usted y nadie más tiene la culpa. Tus amigos, el francesito, los europeos y esas viejas locas me traen de la chingada, muy alterada...
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-Oye Jazmín, bueno, es el Marqués de Sade, Pierre Louÿs, Mario Vargas Llosa, Almudena Grandes, Gabriel García Márquez... no son mis amigos, es decir, sí lo son, pero ellos son eternos y han vivido en la historia y...
-Cállate, estúpido, bueno perdón. Ay, Jesusito, ya ves lo que me provocas con tus tonteras. Oye, ¿qué tiene de malo que usted coma en mis pechos su pasta esa que tanto le gusta? Y tu vino tinto bajando desde mi ombligo hasta mi pubis depilado y así lo paladeas. ¿No te gusta? Y ya cállate, pinche Jesús...
-Oye, güera, no he dicho nada...
-Y ni tienes oportunidad de decir nada. Ese pinche general que se cogía a las estudiantes me tiene muy perturbada, y tú y nadie más tienes la maldita culpa, eh. Si serás estúpido. Hay me tienes como tu pendeja leyendo la historia hasta altas horas de la noche. Por cierto, ese amigo tuyo, el colombiano, escribe muy bien, eh...
Naturalmente, usted lo sabe, ¿de quién está hablando la ingrata güera Jazmín? Claro, del Premio Nobel don Gabriel García Márquez y su historia portentosa llamada “El Otoño del Patriarca”. Y sí, tengo un libro firmado por el Nobel colombiano/mexicano: una estampita milagrosa.
Repito, usted lo sabe: el matusalénico y vetusto dictador de un país cálido e insular, de las ficciones/realidad de Gabriel García Márquez, es el dictador que en “El Otoño del Patriarca” solía acercar a las lolitas tropicales de un colegio vecino a su palacio florido mediante estratagemas culinarias, hoy impensables para los puritanos de imaginación.
Lea, eran ninfetas de “uniforme azul de cuello marinero y una sola trenza en la espalda... nos llamaba, veíamos sus ojos trémulos, la mano con el guante de dedos rotos que trataba de cautivarnos con el cascabel de caramelo... me esperaba sentado en el heno con una bolsa de cosas de comer, enjugaba con pan mis primeras salsas de adolescente, me metía las cosas por allá antes de comérselas, me las daba de comer, me metía los cabos de espárragos marinados con la salmuera de mis humores íntimos, sabrosa, me decía, sabes a puerto, soñaba con comerse mis riñones en sus propios caldos amoniacales...”.
Aquí termina la cita. Caray. ¡Esto es la vida y en voz de un Nobel! Hoy este tipo de letras dan miedo, pero no los muertos y carnicerías en este país entregado a Morena y su sopa demoniaca de indolencia.
“Oye, güerita, mira, ya estoy más tranquilón, pero dime de una vez, ¿qué rejodido hiciste? ¿En qué te portaste mal? Anda, dilo ya”. Ella, dueña de la situación y de mi vida, se arrellanó en la cama, se acicaló por décima vez su cabellera, como buena y guapa señorita, se acomodó su negligé de infarto, el cual se puso esa tarde: estaba infinitamente sexy y tapada. Bueno, medio tapada. Su sexo depilado se adivinaba, sus pechos puntiagudos como torres de catedral gótica apenas se moldeaban en su brassier negro, resaltaba su piel blanca y lechosa, y me lo dijo...
ESQUINA-BAJAN
-Mira, Jesusito, no te he faltado al respeto... bueno, un poquito. Es un decir, sucedió lo siguiente en el restaurante: mira, llegó un cliente muy guapo, muy joven. Bueno, no tan guapo y seguro como tú, pero sí muy guapo y joven. La ofrecida de la Julieta ahí andaba atrás de él. Ya ves cómo es de maldita. A ella le tocó atenderlo y pensé, “le voy a echar a perder la tarde a la muy perra”. ¿Sabes qué hice, Jesusito? Me puedes pegar, no tan fuerte, pero pégame en mis nalgas que tanto te gustan. Me porté mal: me senté enfrente del chavo y le enseñé mis calzones, como lo hice contigo por primera vez... oye, pero sólo fue un momento. Fue rápido. ¿Me vas a pegar?”.
¿Azotarla? Imposible. Bueno, sí, bajo mis cualidades físicas que son casi nulas. ¿De qué libro estoy hablando? ¿De qué película estoy hablando y glosando? Ingrata güera Jazmín, me está inspirando lo mejor de mis letras y, caramba, con sus ocurrencias, aventuras y cosas no me inspira un texto como éste, ni un poema; inspira mi vida misma. Sí, en el invierno de mi vida, la cual va ya a un sólo lugar: el ocaso. Sin problema.
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-¡Dios mío, pinche güera, si serás un animal! ¿Y qué pasó con el muchacho jovenazo y todo guapo y musculoso? ¿Te faltó al respeto, dime qué pasó, caramba?
-Ay, Jesús, pues nada, sólo se quedó viendo un rato y luego se puso todo rojo y desvió la mirada, ja, ja. Mira, la verdad los jóvenes no me interesan. Me interesas tú, por eso estoy aquí. ¿Te cuento algo? Disfruté hacerlo, ¿cómo se llama esa pendejada qué dices: ver, ser mirón, voyerista...?
-Sí, güera, es “voyeur” en francés, ser un voyerista, un fisgón, alguien quien contempla la belleza como yo con usted, señorita, cuando en días como hoy...
LETRAS MINÚSCULAS
-Ya cállate, pinche Jesusito. Anda, cómeme, dime esas cosas al oído, sé bueno. Quítame las bragas porque ya estoy húmeda para ti... Esta patética historia continuará el próximo jueves.