Carta de Petite Araignée
Esta es la carta número uno de la serie
Distinguida Madame,
Le escribo estas líneas durante mi desayuno.
Soy una pequeña araña. Creo que, para distinguir la poética y la significación oculta en las cosas del mundo, requerimos asumir esa pequeñez e insignificancia. Los artistas necesitamos atestiguar los misterios mediante un oculus cordis, un ojo interior capaz de mirar aquello que resulta invisible a la luz cegadora de las redes mediáticas.
¿Y no es la araña el verdadero ejemplo de esta resistencia? Percibir el mundo en la penumbra, en las sutiles sombras. Nuestro entender es háptico: no necesitamos devorar el mundo con la vista. Nos basta aguardar con atención y silencio para conocerlo.
La idea de ser una pequeña araña me viene de la abadesa del siglo XII, Herrada de Landsberg. Su obra, el Hortus Deliciarum, un manuscrito enciclopédico completamente iluminado, abarcaba en maravillosas imágenes todo el conocimiento teológico, filosófico y científico de su época.
El manuscrito, destruido durante la guerra franco-prusiana de 1870, ha llegado hasta nosotros mediante copias que, aun así, muestran un maravilloso eco de la hermosura que fue. Allí, en su introducción, Herrada escribió:
«Herrada, por la gracia de Dios abadesa de la iglesia de Hohenbourg... he compuesto, con la ayuda de Dios, este libro que se titula El Jardín de las Delicias... Lo he reunido, como una pequeña abeja inspirada por Dios, en un solo panal de miel...»
Al leerlo quedé asombrado ante la posibilidad de crear por amor, la caritas como estructura ontológica de toda creación. Me conmovió que ella se mirara como una humilde y laboriosa abeja, una metáfora común en la scriptoria.
También deseé ser pequeño. ¿Sería una abeja? No lo creí. ¿Sería una hormiga? ¿Una bacteria?
Un día vi una araña en la pared de mi cuarto, una viuda negra. Tomé un zapato para matarla y, justo cuando iba a dar el golpe, me detuve. Pensé: esa pequeña araña soy yo. El insecto que crea estructuras geométricas en el espacio.