Casarse, ¿está pasando de moda en nuestro país?
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La idea tradicional de la familia se ha modificado de forma importante en el último cuarto de siglo en México y las estadísticas al respecto no dejan lugar a dudas
Los integrantes de la sociedad mexicana fuimos largamente educados en torno a la idea de que uno de nuestros “destinos obligados” era la integración de una familia. Pero la noción de tal integración era la relativa a la denominada “familia tradicional”, es decir, la compuesta por un hombre y una mujer que contraen matrimonio y engendran hijos.
Durante el primer cuarto del presente siglo, sin embargo, el concepto de familia se ha modificado de forma importante para admitir una diversidad de configuraciones más allá de la “tradicional”. Y esto implica no solamente la configuración, sino también las figuras jurídicas que se emplean para ello.
No debe sorprendernos entonces que la figura histórica del matrimonio venga perdiendo terreno ante otras formas de configurar una familia, y que esto sea cierto incluso después de que la legislación mexicana se reformó para incorporar a la figura del matrimonio la posibilidad de que este se contrajera entre personas del mismo sexo.
Los números no dejan lugar a dudas: de acuerdo con la más reciente edición de la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado (ENBIARE), que elabora el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, entre 2005 y 2025, la proporción de personas de 15 años y más que señalaron como estado civil el de “casadas” pasó de 47.6 a 36.3 por ciento de la población, es decir, registró una disminución de 11.3 puntos porcentuales en dos décadas.
Y aunque el matrimonio sigue siendo el estado civil más frecuente entre las personas adultas, la situación de soltería, unión libre, separación o divorcio está registrando incrementos importantes a nivel nacional. Coahuila, como no podía ser de otra forma, no escapa a esta tendencia.
Así, como se consigna en el reporte que publicamos en esta edición, apenas el 40 por ciento de las personas que habitan nuestra entidad afirmaron estar unidas en matrimonio, mientras que casi el 25 por ciento –una de cada cuatro– se reconoció soltera y poco más del 17 por ciento dijo vivir en unión libre.
Más allá de la opinión que cada quien tenga respecto de cuál es el estatus jurídico “ideal” para una relación, lo que estas cifras indican es que las decisiones de las personas en torno a la forma como desean recrear sus relaciones sentimentales pasan cada vez menos por el prejuicio o el miedo al “qué dirán”, lo cual bien puede considerarse un avance.
Lo relevante, sin embargo, sigue siendo lo mismo: las relaciones sentimentales entre personas, sea cual sea la configuración de una pareja y al margen del estatus jurídico que sus integrantes decidan adoptar, deben estar basadas en el respeto mutuo, así como en la solidaridad.
Porque integrar una familia no tiene que ver –al menos no esencialmente– con la suscripción a una idea dictada por una divinidad o definida por un poder público dotado de legitimidad para emitir normas, sino con la intención de unir esfuerzos en torno a proyectos comunes que permitan, a los integrantes de la misma, lograr en conjunto más de lo que podrían hacer de forma individual.
Y si este ingrediente falta, entonces no hay familia.