Comer carne asada no es un lujo, sino saqueo

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Opinión
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En México, la Junta de Conciliación funciona como confesionario católico

Olor a grasa requemada en el aire. No proviene de la parrilla donde chisporrotea el corte de exportación. Proviene del bolsillo del mesero, del sudor de su frente, de la dignidad convertida en ceniza cada mañana cuando cruza la puerta de servicio. Bienvenidos a El Gaucho, la cadena de alta gama donde la carne se sirve en punto medio y la explotación laboral, bien cocida.

La cuota de entrada. Doscientos pesos por el privilegio de ser explotado

Imaginen esto. El hombre se levanta a las seis de la mañana. Se pone camisa negra, pantalón de vestir, zapatos boleados. Toma el transporte público durante una hora. Llega al restaurante. Antes de atender la primera mesa, de cargar la primera charola, sonreírle al primer comensal con aliento a whisky barato disfrazado de caro, debe pagar. Doscientos pesos. Así, sin anestesia. Doscientos pesos por el derecho sagrado, inalienable y absolutamente ilegal de trabajar.

Multipliquen. Seis meseros por turno. Mil doscientos pesos diarios directo al bolsillo del patrón. Sin factura. Sin recibo. Sin rastro contable. Mil doscientos pesos limpios, libres de polvo y paja, como decían las abuelas. Solo por abrir la puerta y permitir el ingreso de mano de obra. Peaje laboral. Caseta de cobro en la autopista del servilismo.

¿Y si no traes los doscientos? Sencillo. No trabajas. Regrésate por donde viniste. La puerta está ancha. Afuera hay veinte más esperando con el billete en la mano.

El ocho por ciento. La mordida disfrazada de solidaridad.

La extorsión no termina en la entrada. Las propinas, ese dinero sagrado entre el comensal y quien le sirvió con esmero, sufren un recorte quirúrgico. Ocho por ciento. Para repartirse entre todos, dicen. ¿Entre todos quiénes? ¿El garrotero? ¿El hostess? ¿El dueño en su camioneta blindada? La opacidad es total. El dinero entra al pozo negro del cual nadie rinde cuentas.

El mesero trabaja turno completo. Ocho, diez, doce horas de pie. Cargando platos hirvientes. Soportando al borracho grosero, al político prepotente, al empresario con complejo de rey. Al final del día, después de la cuota de entrada y el recorte de propinas, se va a casa con menos de lo mínimo. Sin seguro social. Sin Afore. Sin liquidación posible. Sin contrato. Invisible ante el IMSS. Fantasma ante el SAT. Inexistente para el sistema de pensiones.

Turno completo, derechos cero.

La Junta de Conciliación. Buzón de quejas cósmico.

El dueño de la cadena, cuyo nombre resuena en los pasillos de la Junta de Conciliación y Arbitraje con la frecuencia de un disco rayado, conoce bien el camino. Ha sido citado, requerido, señalado. Sigue operando. Impune. Sonriente. Con la tranquilidad del intocable. En toda la cadena de restaurantes de su propiedad.

En México, la Junta de Conciliación funciona como confesionario católico. Llegas, declaras tus pecados, te dan tres avemarías y sales a pecar de nuevo. El patrón firma, promete, se compromete. Al día siguiente, la cuota sigue siendo de doscientos pesos y el recorte sigue siendo del ocho por ciento.

Los meseros inconformes simplemente desaparecen. No los despiden, eso implicaría liquidación. Simplemente dejan de ser programados. Luego te llamamos. Se les niega turno. Se les congela. Hasta morir de inanición laboral. Darwinismo patronal en su máxima expresión.

La doble contabilidad. El arte de la invisibilidad fiscal. Lo verdaderamente obsceno. Si cada local cobra mil doscientos pesos diarios solo en cuotas de entrada, multipliquen por treinta días. Treinta y seis mil pesos mensuales. Por local. ¿Cuántos locales tiene la cadena? Hagan la aritmética. Ese dinero no existe en ningún libro contable. No aparece en ninguna declaración fiscal. Es dinero fantasma. Ingreso invisible. Riqueza construida sobre la nada documental.

La Secretaría del Trabajo y Previsión Social debe, en un arranque inédito de eficiencia burocrática, realizar auditoría. Examinar nóminas. Contrastar empleados reales contra empleados registrados. Buscar la doble contabilidad con la misma pasión con la cual buscan justificaciones para no actuar. Eso implicaría voluntad política, en este país, cotiza más cara incluso la carne wagyu.

Los comensales ilustres. La corte del rey parrillero.

El dueño se jacta, con la elegancia de un narco en bautizo, de su clientela. Políticos municipales. Diputados locales. Funcionarios estatales. Uno o dos federales de medio pelo y alguno de alto copete. Todos ahí, cortando su rib eye, bebiendo su Malbec importado, dejando propinas generosas sin saber o sin importarles hacia dónde fluye realmente ese dinero.

La ironía es deliciosa, casi tanto como el bife de chorizo: los mismos funcionarios encargados de vigilar el cumplimiento laboral, de proteger los derechos de los trabajadores, garantizar condiciones dignas de empleo, cenan plácidamente en establecimiento construido sobre la explotación sistemática de su personal. Comen ahí. Brindan ahí. Celebran cumpleaños, cierres de campaña, acuerdos turbios. El mesero les sirve con sonrisa obligada, sabiendo perfectamente la paradoja sangrienta de la situación.

Mientras tanto, en el norte, las propinas libres de impuesto. Crucen la frontera. Apenas unos kilómetros al norte, en Estados Unidos, los tips no causan impuestos. El mesero recibe su dinero íntegro. Limpio. Suyo. Sin cuotas de entrada. Sin recortes patronales disfrazados de solidaridad gremial. Sin extorsión matutina.

Sorprendente, ¿verdad? El país al cual señalamos por imperialista, por explotador, por capitalismo salvaje, protege mejor a sus meseros. Les permite conservar lo ganado con su esfuerzo. Mientras acá, en la tierra del primero los pobres, el pobre paga doscientos pesos diarios por el honor de seguir siendo pobre.

El silencio cómplice. La omertà del mandil. Nadie habla. Los meseros callan por miedo. Los clientes por ignorancia o indiferencia. Las autoridades por conveniencia. El dueño, desde su oficina con vista al salón principal, cuenta billetes con la serenidad del cirujano. Sabe perfectamente su posición. Conoce sus contactos. Tiene los teléfonos correctos en la agenda.

El sistema funciona porque todos participan. El comensal con su silencio. El político con presencia. El burócrata con inacción. El mesero, atrapado en el centro de la telaraña, sonriendo mientras le arrancan las alas. La cuenta, por favor

México necesita una auditoría laboral profunda en el sector restaurantero de alta gama. No mañana. Hoy. La STPS tiene la obligación constitucional de intervenir. De revisar registros. De cruzar datos. De encontrar a esos trabajadores invisibles, sin seguridad social, sin futuro pensionario, sin red alguna bajo sus pies.

Cuando el último comensal se limpia la boca con la servilleta de tela, cuando el sommelier guarda la última botella, las luces se apagan y el salón queda en penumbras, alguien se queda limpiando. Alguien recoge los platos. Alguien trapea el piso. Ese alguien pagó doscientos pesos esa mañana por el privilegio de estar ahí, arrodillado, recogiendo las migajas de un banquete al cual jamás fue invitado. Comer carne asada en este país no es un lujo. Es participar, consciente o inconscientemente, en un saqueo. La cuenta, tarde o temprano, la pagamos todos.

Morelense de cepa Regiomontana. LCC con especialidad periodismo (UANL). Doctor en Artes y Humanidades (I.C.A.H.M.). Tránsfuga de la mesa de redacción en diferentes periódicos como El Diario de Monterrey, Tribuna de Monterrey, y del grupo Reforma en el matutino Metro y vespertino El Sol. Escort de rockeros, cumbiamberos, vallenatos y aprendices al mundo de la farándula. Asiste o asistía regularmente a conciertos, salas de baile, lupanares, premieres, partidos de fútbol y hasta al culto dominical. Le teme al cosmos, al SAT, a la vejez y a la escasez de bebidas etílicas. Practica con regularidad el ghosting. Autor de varios libros de crónica como Hemisferio de las Estaciones, Crónicas Perdidas, Montehell, Turista del Apocalipsis, Monterrey Pop, Prêt-à-porter: crónicas a la medida y Perros ladrando a la luna en Monterrey

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