Cómo pueden las empresas mitigar el apocalipsis laboral generado por la IA
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Las perspectivas laborales no son del todo pesimistas. Si las empresas siguen produciendo los bienes y servicios que producen actualmente, la adopción de la IA tendrá el mismo efecto que tiene cualquier tecnología nueva
Por Raghuram G. Rajan, Project Syndicate.
CHICAGO- La pérdida de puestos de trabajo relacionada con la IA se acerca, aunque nadie sabe a qué ritmo se producirá, hasta dónde llegará ni a qué sectores afectará más. Mucho depende de la velocidad con la que cada empresa implemente la tecnología en sus operaciones. Una encuesta reciente de la Oficina del Censo de Estados Unidos sobre tendencias y perspectivas empresariales indica que solo el 20% de las empresas con menos de 20 empleados actualmente utilizan IA, frente al 37% de las empresas con al menos 250 empleados. Si bien las empresas más grandes están sacándole mayor partido a la tecnología, ese 37% sigue siendo una cifra bastante baja, teniendo en cuenta el umbral bajo de la encuesta para responder afirmativamente (si se utiliza la IA “en cualquier función empresarial”).
Por el momento, la adopción se ve obstaculizada por la dificultad de integrar las ya asombrosas capacidades de la IA en los flujos de trabajo existentes de una manera que les permita a las empresas aprovechar plenamente sus ventajas. Para ello se requieren modelos que no solo se entrenen con datos existentes, sino que también se adapten a los nuevos datos generados por el uso diario. Otro factor que frena la adopción es la incertidumbre sobre los costos. Muchas empresas grandes siguen llevando a cabo proyectos piloto y posponiendo las decisiones de contratación o despido a la espera de mayor claridad. Sin embargo, con el tiempo, las presiones competitivas las obligarán a adoptar la tecnología de forma más completa.
Las perspectivas laborales no son del todo pesimistas. Si las empresas siguen produciendo los bienes y servicios que producen actualmente, la adopción de la IA tendrá el mismo efecto que tiene cualquier tecnología nueva. Es cierto que algunos empleos se volverán redundantes (lo que implica un desplazamiento laboral), pero otros se volverán más productivos y estimulantes, ya que la IA elimina las tareas tediosas y facilita aquellas que los humanos realizan con menos destreza. Asimismo, se crearán nuevos puestos de trabajo (como los de ingenieros de IA que supervisan la implementación de la tecnología).
Por otra parte, si la adopción de la IA se produce como resultado del aumento de la productividad que conlleva (y no porque suponga un menor costo fiscal que el esfuerzo humano), la capacidad de las empresas para producir más por menos les permitirá reducir los precios y aumentar las ventas. Se trata del famoso efecto Jevons, que también debería generar más empleo.
Otro motivo de optimismo es que la IA puede ayudar a crear nuevos negocios. Jill podría dudar a la hora de emprender vendiendo muebles de madera flotante porque, para poner en marcha el negocio, también necesitaría un programador web y un contador. Si la IA desempeñara ambas funciones, tal vez ella podría constituir una empresa unipersonal con un costo significativamente menor. El número de startups ya aumentó considerablemente durante la pandemia y ha seguido creciendo en los últimos trimestres.
Como señala el economista David Autor, la IA también puede dotar a los trabajadores con una calificación moderada de competencias de nivel superior, como en el caso de una enfermera especializada que puede diagnosticar y tratar muchas más enfermedades con la ayuda de la IA médica. Dada la enorme demanda de servicios médicos en todo el mundo, y también de servicios en general, hay un amplio margen para seguir creando empleo.
Ahora bien, incluso si el apocalipsis laboral resulta menos grave de lo que muchos temían, sigue siendo necesario minimizar sus efectos para mantener la solidaridad social, y habrá que contar con la participación de las empresas en este esfuerzo. Después de todo, son ellas las que mejor pueden valorar las nuevas oportunidades para las que sus empleados pueden capacitarse. Por lo tanto, la primera tarea de cualquier gobierno es identificar y abordar todas las formas en que el sistema fiscal favorece a las empresas en detrimento del trabajo humano. Por ejemplo, una empresa estadounidense aporta a la Seguridad Social por cada trabajador, pero no por la IA.
En un mundo en el que los gobiernos ya se encuentran con problemas de liquidez, una forma de igualar las condiciones es gravar con un impuesto los tokens de IA que utiliza una empresa. La tasa impositiva exacta deberá calcularse con cuidado para no obstaculizar la implementación de la IA, pero puede fijarse en un nivel bajo inicialmente y luego aumentarse de modo gradual a medida que se adquiera experiencia. Si bien los pagos a los proveedores nacionales de IA pueden rastrearse fácilmente, también habría que incluir en la red a los proveedores extranjeros; pero esto no es un problema insoluble.
Teniendo en cuenta que la primera oleada de despidos provocados por la IA no será la última, resultará aún más valioso conseguir que las empresas reciclen a sus trabajadores periódicamente y que los mantengan en plantilla siempre que sea posible. Quizá los gobiernos podrían considerar una deducción fiscal por la formación adicional impartida a los trabajadores, de modo que un tercio del valor pudiera utilizarse cada año que un trabajador mantuviera su empleo (y no necesariamente en la empresa que le hubiera impartido la última formación). Si el gobierno quisiera aplicar dicha política a quienes adopten la IA, podría incluso exigir que la desgravación se utilizara únicamente para compensar el impuesto simbólico.
Sin embargo, más importante que los incentivos fiscales será que las empresas reconozcan que están plenamente comprometidas a ayudar a sus empleados a afrontar un futuro incierto. A medida que crece la incertidumbre laboral, incluso los mejores y los más brillantes pueden mostrarse reticentes a aceptar ofertas de un empleador que podría despedirlos en cuanto considere que la IA puede hacer el trabajo igual de bien o mejor. Los empleadores que se comprometan a apoyar a sus empleados podrían, en última instancia, disfrutar de una ventaja adicional: a medida que su reputación crezca, dispondrán de una reserva más amplia de candidatos de alta calidad entre los que elegir.
La tendencia en este sentido es alentadora. En un estudio en curso, junto con Luigi Zingales y Pietro Ramella hemos constatado que el porcentaje de CEO de las empresas estadounidenses de la lista Fortune 150 que dicen en sus cartas a los accionistas estar preocupados por el desarrollo de los empleados ha aumentado de forma constante, pasando de alrededor del 20% en 2008 al 44% en 2023. No podemos descartar la posibilidad de que todo esto sea pura palabrería. Esperemos que no sea así. Cuanto más se comprometan las empresas en lo que podría ser el principal desafío empresarial de nuestro época -proporcionar buenos puestos de trabajo a las personas-, más podremos todos ilusionarnos con un futuro de abundancia. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Raghuram G. Rajan, exgobernador del Banco de la Reserva de la India y economista jefe del Fondo Monetario Internacional, es profesor de Finanzas en la Escuela de Negocios Booth de la Universidad de Chicago, presidente del Grupo de los Treinta, presidente de la Fundación Per Jacobsson y coautor (junto con Rohit Lamba) de Breaking the Mold: India’s Untraveled Path to Prosperity (Princeton University Press, mayo de 2024).