Cuando la IA escribe, ¿quién aprende?

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Opinión
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La IA será parte de la vida académica y profesional. Precisamente por eso, nuestros hijos e hijas necesitan algo que ninguna herramienta puede entregarles ya hecho: criterio propio

Un estudiante se encuentra frente a una hoja en blanco: tiene ideas sueltas, no logra encontrar la primera frase y se frustra. Unos segundos después, la inteligencia artificial podría proporcionarle una introducción perfecta. No parece demasiado; incluso podría interpretarse como una ayuda inocente. De todos modos, si la máquina estructura, redacta y corrige antes de que el alumno intente avanzar, no sólo le ahorra tiempo, sino que también –muy posiblemente– pensar.

La cuestión fue reflejada por la periodista Dana Goldstein en su reportaje “What Do Students Lose When They Stop Writing?” (¿Qué pierden los estudiantes cuando dejan de escribir?), publicado en The New York Times el 17 de agosto de 2026. La pregunta importante es la siguiente: cuando la IA escribe, ¿qué deja de practicar el estudiante?

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Escribir nunca ha sido un mero ejercicio mecánico. El psicólogo cognitivo Ronald T. Kellogg lo describió como un ejercicio que exige intensas demandas mentales. Con el fin de escribir y redactar el texto adecuado, el cerebro debe recuperar información, mantener en la memoria de trabajo distintas ideas, seleccionar palabras, relacionar ideas, planear la secuencia de ideas, anticipar posibles objeciones y revisar lo que se ha producido. Precisamente porque demanda esfuerzo, refuerza funciones ejecutivas muy importantes.

Por esta razón, la pregunta educativa no debe centrarse en si permitimos o prohibimos el uso de la IA en los procesos de enseñanza-aprendizaje. La interrogante más significativa es: ¿qué parte del esfuerzo intelectual ha de seguir formando parte del estudiante?

En una investigación preliminar del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) se observó que aquellos participantes que escribieron con ayuda de un chatbot mostraron menor activación cerebral durante la tarea. Además, recordaron menos de lo redactado y experimentaron un menor sentido de autoría en comparación con quienes trabajaron sin asistencia. No deja de ser un estudio pequeño, en el que no puede afirmarse que la persona haya sufrido un daño permanente, pero sí parece alertar sobre algo razonable: producir un texto adecuado no significa haber comprendido, aprendido ni pensado.

Y el riesgo aumenta aún más cuando la IA entra en un ecosistema hiperresolutivo; este concepto lo profundizo en mi nuevo libro “Padres Hiperresolutivos”. El adulto en casa dicta la respuesta o la justifica para modificar cada proposición. El docente de la escuela proporciona la estructura completa para no perder tiempo ni realizar una mala actividad. Y, por último, cuando se da la vuelta, la tecnología transforma un par de instrucciones en un ensayo ya terminado. La aportación de cada uno de estos bloques parece práctica, pero sumados pueden borrar la experiencia de la prueba, el error, la retroalimentación, la modificación y la búsqueda de una voz propia.

¿Qué pierde un alumno al dejar de escribir? Pierde la práctica de organizar su pensamiento, de mantener la atención, de tolerar la frustración, de defender una idea con evidencia y de reconocer las debilidades de su propio razonamiento. Pierde criterio para evaluar lo que la IA le genera. Quien no ha aprendido previamente a construir un argumento no podrá distinguir entre un texto profundo y uno que simplemente resulta convincente.

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La respuesta inmediata no es expulsar la tecnología de las aulas, sino establecer límites formativos. Familias y profesores pueden articularse en un modelo de doble vía. En la primera, el alumno escribe sin IA: toma notas, formula su propia tesis, redacta párrafos breves y expone oralmente sus decisiones; en este sentido, hay que realizar ciertas tareas en el aula, a mano o con supervisión en clase, para saber en qué punto se encuentra su capacidad real. En la segunda vía, únicamente después de haber elaborado un primer borrador propio, puede usar inteligencia artificial para que le presente preguntas sobre su propio texto, detecte partes confusas, genere contraargumentos o revise la gramática; nunca para suplantar su propio pensamiento.

En casa hay que evitar respuestas como “yo te lo arreglo”. Más útiles son preguntas como: “¿qué quieres decir?”, “¿qué justificación tienes?” o “¿cómo lo explicarías tú en tus propias palabras?”.

La IA será parte de la vida académica y profesional. Precisamente por eso, nuestros hijos e hijas necesitan algo que ninguna herramienta puede entregarles ya hecho: criterio propio. Escribir no sólo produce textos; también pensamiento. Y si queremos que nuestros jóvenes sean capaces de usar la inteligencia artificial de manera autónoma, debemos permitir que vuelvan a enfrentarse a la página en blanco.

Es licenciado en Educación con Maestría en Desarrollo Organizacional por la UdeM. Maestría en Psicopedagogía Clínica en España. Cuenta con doctorado en Currículum e Instrucción por la Universidad del Norte de Texas y estudios de Postrgrado en Educación, género, aprendizaje y cerebro en el programa de Velma Smichdt por la Universidad del Norte de Texas.

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