¿Basta con hablar de las emociones con los adolescentes?

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Opinión
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La emoción da cuenta, pero no tiene por qué decidir. Esta es la diferencia entre la inteligencia emocional y la ejecutiva. La primera permite entender lo que se siente; la segunda, elegir qué hacer con ello

La semana pasada se anunció oficialmente el programa titulado “Actividades Colectivas del ABC de las Emociones”, dirigido al alumnado de secundaria y bachillerato en nuestro país. Este proyecto tiene un propósito muy noble: ayudar a los alumnos a comprender y a gestionar problemas como la tristeza, la soledad, el estrés, la baja autoestima, la presión de grupo o el uso problemático de la tecnología.

Por sí solo, un programa escolar no sustituye la atención profesional ante un trastorno o una situación de riesgo. Sin embargo, desempeña una valiosa función preventiva y complementa aprendizajes que no siempre se practican lo suficiente en casa, como reconocer las emociones, pedir ayuda, fortalecer vínculos y aplicar estrategias básicas de autorregulación.

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A través de 20 actividades claras, accesibles y prácticas, se abordan temas como la imagen corporal, la empatía, la escucha, la convivencia digital, la actividad física, el trabajo en equipo y la frustración. Los alumnos no sólo escuchan discursos elaboradísimos, sino que también se mueven, conversan, representan situaciones y resuelven retos.

Esto es importante porque una capacidad no se desarrolla hablando de ella: no basta con explicar qué es la empatía, hay que escuchar; no basta con definir la frustración, hay que experimentarla en un entorno seguro y aprender a tolerarla, regularla y superarla. No obstante, noto cierto desequilibrio en el programa: mientras enseña mucho a identificar, expresar y compartir emociones, orienta menos hacia la gestión de la conducta que de ellas deriva.

Un adolescente puede ser capaz de identificar su frustración y abandonar la tarea; de reconocer su ansiedad y protegerse inmediatamente en el teléfono; de hablar de empatía y, acto seguido, excluir a un compañero. La emoción da cuenta, pero no tiene por qué decidir. Esta es la diferencia entre la inteligencia emocional y la ejecutiva. La primera permite entender lo que se siente; la segunda, elegir qué hacer con ello. La secuencia total debe ser la siguiente: reconocer → interpretar → tolerar → regular → decidir → actuar → evaluar.

La neurociencia del desarrollo indica que, entre la infancia y la adolescencia, aumenta la sensibilidad a la recompensa y a la aceptación por parte de los compañeros, mientras que los sistemas relacionados con la planificación, la inhibición y la valoración de las consecuencias continúan madurando. Esto no significa que el joven sea incapaz de controlarse, sino que necesita una amplia oferta de oportunidades para practicar el autocontrol en situaciones emocionalmente significativas.

Las actividades de “Desatando nudos”, “Cruzar el río” o, sobre todo, “La torre adaptable” son las que más se asemejan a un verdadero entrenamiento ejecutivo: presentan obstáculos, errores y cambios inesperados. Los alumnos tienen que mantener la meta, controlar los impulsos, reestructurarse y cambiar de estrategia. En este punto practican la memoria de trabajo, el control inhibitorio y la flexibilidad cognitiva.

Adele Diamond y Kathleen Lee encontraron que las intervenciones favorables a las funciones ejecutivas exigen práctica repetida y creciente dificultad. Una dinámica aislada puede resultar atractiva, pero no basta para forjar una capacidad que, para consolidarse, debe ejercitarse de forma regular y ponerse a prueba en diversos escenarios.

La propuesta “El efecto dominó” es más cuestionable: propone hacer frente al desánimo mediante pequeñas acciones, como escuchar una canción o ver un meme de gatos. Las pausas pueden ayudar, pero también corren el riesgo de reforzar el hábito de buscar un escape inmediato que permita evitar o posponer cada una de las incomodidades. Aquí se debe distinguir entre una microacción de regulación (respirar, tomar una pausa) y una de progreso: abrir el libro, iniciar el primer ejercicio... o incluso seguir un minuto más ante la dificultad.

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Asimismo, el eje digital requiere más trabajo. Una sola actividad de mímica y unos acuerdos generales no son suficientes para abordar la pérdida del control del tiempo, las comparaciones corporales, el ciberacoso, el uso de la tecnología por la noche, los algoritmos, el sexting, la desinformación y la inteligencia artificial. En una palabra, no prohibimos la tecnología; impartimos una secuencia: pensar → intentar → consultar → comparar → volver a pensar.

En mi nuevo libro “Lo que yo Hacía y Tenía... y mis Hijos no”, presento siete capacidades: focalizar, tolerar, autorregularse, enfrentarse, resolver, pensar y elegir. Hay menos experiencias habituales que exigen, entre otras cosas, esperar, perderse, aburrirse, resolver y asumir consecuencias. No se trata de volver al autoritarismo ni a las carencias del pasado, sino de crear algún equivalente actual de esa fricción formativa: dificultades seguras, proporcionales y con posibilidades de salir adelante gracias al esfuerzo con un sentido de vida significativo.

No suprimiría el “ABC de las emociones”, sino que lo complementaría. La actividad debería terminar buscando una conducta que se practique fuera del aula, en función de qué incomodidad toleré, qué impulso detuve, qué problema intenté resolver y qué aprendí de mi decisión. El adolescente no debe decir solo: “Esto es lo que siento”, sino también aprender a decir: “Esto es lo que siento, estas son las opciones que tengo, esto es lo que debo hacer en función de mi responsabilidad y esto es lo que haré”.

Es licenciado en Educación con Maestría en Desarrollo Organizacional por la UdeM. Maestría en Psicopedagogía Clínica en España. Cuenta con doctorado en Currículum e Instrucción por la Universidad del Norte de Texas y estudios de Postrgrado en Educación, género, aprendizaje y cerebro en el programa de Velma Smichdt por la Universidad del Norte de Texas.

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