‘La IA me escucha mejor que ustedes’

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Opinión
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Los estudiantes deben saber que, como cualquier máquina, ningún chatbot puede sustituir a un padre, un profesor, un psicólogo o un médico, especialmente en casos de peligro, abuso, depresión o intentos de autolesión

Un adolescente tiene un problema con sus amigos: se siente triste o piensa que nadie lo entiende. En vez de hablar con sus papás, con un profesor o con un compañero, abre una aplicación y empieza a escribir. La inteligencia artificial le contesta de manera instantánea, no lo interrumpe ni lo recrimina; parece conocer exactamente cómo se siente. Tras varias conversaciones, podría llegar a una conclusión inquietante: “La IA me entiende mejor que ustedes”.

Esto ya no es ciencia ficción. Una reciente investigación publicada en JAMA Pediatrics, en la cual participaron 39 mil 761 estudiantes de 4.º a 12.º grado de Canadá, reveló que el 21.1 por ciento de ellos había utilizado la IA generativa para recibir apoyo emocional o pedir consejos. Es decir, aproximadamente uno de cada cinco niños y adolescentes encuestados había convertido a la inteligencia artificial en una especie de confidente digital.

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El descubrimiento más inquietante fue que quienes solicitaban apoyo emocional a la IA presentaban más problemas afectivos. El 57.7 por ciento alcanzó niveles clínicamente significativos, frente al 29.2 por ciento de quienes no hacían uso de ella con tal fin. Esto no demuestra que la IA haya originado tales problemas. El trabajo es transversal y, por tanto, no permitiría determinar qué fue primero. Podría ser que, precisamente, los más jóvenes con malestar emocional sean quienes tengan una mayor tendencia a usarla. De todos modos, los resultados indican que este uso podría constituir una señal de alerta importante.

Debemos distinguir entre dos formas muy diferentes de emplear la inteligencia artificial. Puedes pedir que te explique una operación matemática, que te ayude a organizar unas ideas o a practicar otro idioma. Pero muy diferente es transformarla en un refugio emocional: solicitarle consejos sobre la vida personal o consultarla cuando estamos afectados por la ansiedad, la tristeza, la falta de atención, el maltrato, la autolesión o el suicidio.

¿Por qué parece tan seductor? Porque siempre está al servicio, puede responder en segundos y posee un lenguaje que, a primera vista, resulta empático. No nos abandona ni muestra desdén. Pero esa rapidez también entra en el terreno del riesgo. La IA puede decir “te entiendo” sin entender nada de nada. No aprende a preocuparse; ignora la historia de quien está empezando a convertirse en joven y no puede responsabilizarse de lo que nos dice. Elabora respuestas verosímiles a partir de patrones, pero también puede errar, dar por cierta una interpretación equivocada y normalizar decisiones riesgosas.

Además, la relación humana cumple una función formativa. Los adolescentes necesitan aprender a expresar sus emociones, escuchar diferentes puntos de vista, desarrollar tolerancia ante las diferencias, aceptar un “no”, resolver conflictos y pedir ayuda. Una interacción artificial, programada para ser atenta, comprensiva y responder, puede privarlos de esas experiencias. La IA permite conversar sin reciprocidad, acompañar sin compromiso y parecer comprensible sin responsabilidad.

Esto no quiere decir que haya que revisar clandestinamente cada mensaje ni prohibir toda inteligencia artificial. Una reacción punitiva puede llevar a que los hijos oculten aún más su uso. La primera reacción debe ser recuperar la conversación: “¿Te has atrevido a contarle a la IA algo que no nos has contado?”, “¿Qué consejo te ofreció?” o “¿De qué modo podemos escucharte mejor?”.

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Los profesores también necesitan capacitarse en alfabetización emocional digital. No basta con enseñar cuándo se puede utilizar la IA como apoyo en una tarea. Los alumnos deben saber que, como cualquier máquina, ningún chatbot puede sustituir a un padre, un profesor, un psicólogo o un médico, especialmente en casos de peligro, abuso, depresión o intentos de autolesión.

Existen algunas señales que requieren atención: mayor aislamiento, abandono de la amistad, pérdida del sueño, dependencia de una aplicación, angustia cuando no puede utilizarla o formulaciones como “sólo la IA parece comprenderme”. El debate no es si la máquina es buena o mala, sino preguntarnos qué necesidad emocional está desatendida.

La IA puede ofrecer a un adolescente las palabras que le ayuden a describir lo que siente; pero jamás debe convertirse en el único espacio en el que sienta que se le escucha. Si nuestros hijos piensan que una máquina los entiende mejor que nosotros, no debemos intentar competir con el chatbot, sino detenernos, escuchar y reconstruir el puente humano que todavía necesitan.

Es licenciado en Educación con Maestría en Desarrollo Organizacional por la UdeM. Maestría en Psicopedagogía Clínica en España. Cuenta con doctorado en Currículum e Instrucción por la Universidad del Norte de Texas y estudios de Postrgrado en Educación, género, aprendizaje y cerebro en el programa de Velma Smichdt por la Universidad del Norte de Texas.

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