¿Cuántos pollos te puedes comer?

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Opinión
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¿Cuántos pollos se pueden comer Amílcar, Andy y compañía?

Esta historia verídica me la contó un amigo, quien fuera protagonista de la misma y cuyo nombre omito por respeto a su privacidad. Él trabajaba en una oficina de gobierno, con la encomienda de revisar y dar trámite a las solicitudes de las inversiones que estaban por instalarse en la región; se trataba de cifras de millones de dólares. Esos números pasaban ante sus ojos todos los días.

En una ocasión, mi amigo fue a visitar a su padre, quien, al ver el semblante de su hijo, notó que algo no andaba bien. Su progenitor le preguntó si le ocurría algo: ¿había problemas familiares? ¿Acaso tenía dificultades en su trabajo? ¿Debía dinero? Su respuesta fue negativa a las tres interrogantes.

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Entonces, ¿cuál es el problema?, inquirió su padre. Se produce un breve silencio, tras el cual, el hijo responde que el asunto es que, si bien le gusta su trabajo y tiene un buen sueldo, lo que gana es nada comparado con las cantidades millonarias de esas inversiones que debía analizar.

El papá, sin inmutarse, se acomoda en el sillón y le pregunta: ¿Cuántos pollos te puedes comer tú y cuántos cualquiera de esos empresarios millonarios? Su respuesta es: no creo que más de uno en los dos casos. Entonces, dice el padre, ¿cuál es la diferencia entre tú y ellos? El mensaje fue claro y conciso; mi amigo lo captó y dejó atrás sus tribulaciones.

Hay otra historia: cursaba la secundaria cuando un hermano lasallista nos contó que uno de los Rockefeller, con todo su dinero, no era feliz, ya que, a causa de una grave enfermedad estomacal, no podía disfrutar de un jugoso steak con papas; su enorme riqueza no podía darle esa satisfacción.

Todo esto viene a cuento después de haber visto las imágenes de Jorge Amílcar Olán en Suiza, rodeado de lujos, pero viviendo como un prisionero y a salto de mata. ¿De qué le sirve tener cuentas millonarias si no es libre para disfrutar lo que tiene? Y aunque tenga acceso a los más finos manjares y a los vinos más caros, de nada le sirve. La localización del amigo, socio y prestanombres de Andy fue un éxito periodístico del reportero Irving Pineda y de TV Azteca.

Al respecto, han surgido especulaciones en el sentido de que desde el gobierno se alertó a la empresa de Salinas Pliego sobre el paradero de Amílcar. De confirmarse esta especie, uno recuerda que en el Banco Azteca se cobran las pensiones del Bienestar de los adultos mayores y tal vez otras más. En este punto acude a mi memoria el dicho aquel que dice que lo único serio que hay en México es la lucha libre.

Moraleja: con la conciencia tranquila, el hambre es la mejor salsa, y no importa si son frijoles, migas con huevo o lo que sea, esa comida sencilla nos reporta un placer genuino. Por el contrario, cuando se tiene una mala conciencia, ni el caviar, ni la más fina langosta ni la mejor champaña se pueden saborear.

Escribió Carlos Loret que la Unidad de Inteligencia Financiera, la UIF, detectó una cuenta de Amílcar Olán en Suiza por mil 433 millones de pesos —podría haber más—, cantidad suficiente para cubrir con holgura la renta del departamento en que vivía con su familia, que ascendía al equivalente a 200 mil pesos mensuales, y la colegiatura de sus hijos en el Colegio Americano de Suiza, cuyo monto es de un millón y medio de pesos al año. Dicen que las comparaciones son odiosas, pero el dinero que desvió Javier Villarreal de Coahuila, y que se estima en 4 mil 800 millones de pesos, rebasa en más de tres veces la cuenta de Amílcar Olán. Salió filoso Javiercito con sus travesuras.

Volvemos al principio: ¿cuántos pollos se pueden comer Amílcar, Andy y compañía? La ambición desmedida de los juniors del bienestar rompió el saco; se fueron como perros al bofe y ahora andan a salto de mata.

Redondeo. Llegó el otoño, mi estación predilecta, y nos entrega, como el más suculento manjar, la Serie Mundial del deporte supremo.

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