Cultivar la vida

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Opinión
/ 15 marzo 2026

Albert Camus, al reflexionar sobre el mito de Sísifo, aquel personaje condenado por los dioses a empujar eternamente una piedra cuesta arriba, escribió una frase que ilumina con sorprendente claridad la condición humana: “La lucha hacia la cima basta para llenar el corazón de un hombre”.

En esa imagen se esconde una verdad profunda. La vida no siempre se nos presenta como un camino claro, cómodo y predecible; con frecuencia se asemeja más a una montaña pedregosa que exige avanzar paso a paso, entre cansancio y dudas, entre intentos y tropiezos.

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Sin embargo, es precisamente en ese esfuerzo donde se revela algo esencial: la dignidad del ser humano no reside en la facilidad del camino, sino en el sentido que es capaz de otorgar a su lucha.

BREVEDAD

La existencia es brevísima, a veces dolorosa y cuesta arriba, pero profundamente satisfactoria cuando existe el afán sincero de emprender aquello para lo que estamos llamados.

Puede ser alegre cuando comprendemos que estamos aquí para dar fruto con los dones que gratuitamente hemos recibido. Eso es, quizá, lo único que verdaderamente nos pertenece: aquello que podemos labrar con nuestras manos y compartir con los demás.

Sin embargo, ocurre con frecuencia que ni siquiera conocemos el sentido del camino, y mucho menos el trabajo que estamos llamados a promover en la vida.

Tal vez exista cierto gusto por permanecer cabeceando, para no enfrentar de lleno uno de los mayores temores existenciales: el miedo a vivir plenamente. O quizá dormimos porque preferimos no habitar el aquí y el ahora. A veces nos narcotizamos para no descubrir nuestra propia imperfección, para no mirar de frente aquello que somos y aquello que todavía podríamos llegar a ser.

DORMIR

También sucede que preferimos cerrar los ojos y abandonarnos al espejismo que dejan las decepciones pasadas o las metas malogradas. O intentamos refugiarnos en el futuro, esa dimensión en la que todavía nada puede hacerse.

Dormitamos porque el vértigo nos invade; porque preferimos recibir frutos antes que aceptar semillas; porque anhelamos la cosecha sin asumir el riesgo de la siembra. Y así permanecemos medio dormidos, incapaces de crear, de construir, de convivir, de emprender... de amar.

Gran tragedia es permanecer dormidos. Persistir soñando sin poner el alma en el ruedo de la vida. Porque entonces se termina confundiendo el desencanto con la verdad. Y cuando eso ocurre, sencillamente dejamos de existir.

GRIETA

El amor, la pasión por el trabajo, la integridad, la congruencia, la responsabilidad hacia la familia y la fidelidad a la palabra empeñada son siempre labores cuesta arriba. Se parecen mucho a las empresas del alpinista que, decidido a conquistar la cima, debe dejar su piel en las rocas, el aliento en las grietas y su corazón en cada intento.

El alpinista sabe que lo esencial no consiste en un último gesto heroico, sino en mantener el ritmo durante la parte final del ascenso. Por eso no exige ver claramente la cima; le basta con confiar en su fuerza interior para colocar la mano en la grieta siguiente. Respira, se sostiene y extiende el brazo hacia el siguiente punto de apoyo, porque sabe que de grieta en grieta es como se conquistan las montañas.

También comprende algo fundamental: la meta —llegar— muchas veces escapa de su responsabilidad; pero no así el esfuerzo —subir— que ha decidido poner para alcanzarla. En ese gesto reside su dignidad. El escalador entiende bien aquello que escribió Camus al afirmar que el éxito es fácil de obtener, pero lo difícil es merecerlo.

Quienes se afanan hacia las alturas con el sudor de su frente saben que caer no consiste en descender físicamente, ni en padecer hambre o sed. Caer es penetrar en la órbita de lo inútil.

FELICIDAD

“El hombre creador —escribió Ayn Rand— está motivado por el deseo de realización, no por el deseo de vencer a los demás”. Así describe al sembrador, al entusiasta que, como el escalador, utiliza las semillas de su talento para transformar el mundo que habita, su tierra inmediata, mediante sus creaciones y sus resultados.

Estos pensamientos acuden a mi mente cuando recuerdo una fábula relatada por José Luis Martín Descalzo. Cuenta que un joven caminaba por una calle desconocida cuando, de pronto, encontró un comercio sobre cuya marquesina se leía un extraño rótulo: “La Felicidad”. Intrigado, decidió entrar. Para su sorpresa descubrió que, detrás de los mostradores, quienes atendían eran ángeles.

Algo confundido, se acercó a uno de ellos y le preguntó qué vendían en aquel lugar. El ángel respondió con serenidad que allí vendían absolutamente de todo. El joven, entusiasmado, comenzó entonces a pedir: el fin de las guerras del mundo, un gran bidón de compasión entre las familias, más tiempo de los padres para jugar con sus hijos.

Siguió enumerando deseos hasta que el ángel, con infinita paciencia, lo interrumpió para aclararle que había un malentendido. Allí no vendían frutos. Allí vendían semillas.

PUEDEN...

Este pasaje me parece profundamente certero. Jamás podremos comprar aquello que el espíritu humano debe forjar por sí mismo. Hay quienes tienen dinero para comprar una cama, pero no el sueño reparador; pueden pagar compañía, pero no adquirir una amistad auténtica.

Pueden obtener un título universitario, pero no necesariamente el conocimiento, y mucho menos la sabiduría que exige poner lo aprendido frente a la abrupta realidad de la vida. Se puede alcanzar poder, pero no respeto.

Porque hay cosas que simplemente no se compran: se construyen, se cultivan, se merecen.

ERROR

Nos equivocamos cuando a los niños les damos todo hecho, todo digerido; cuando a los jóvenes les impedimos pensar por sí mismos al ofrecerles recetas rápidas para el éxito. Nos equivocamos cuando resolvemos sus responsabilidades y premiamos aquello que deberían hacer por convicción, por gusto o por simple deber.

Este fenómeno se ha vuelto cada vez más común. Preferimos los frutos, pero no siempre estamos dispuestos a sembrar las semillas que permitirían cultivar con nuestras propias manos aquello que verdaderamente vale la pena. Queremos la recompensa sin el esfuerzo, el resultado sin el proceso, la llegada sin el camino.

Y, sin embargo, la vida sólo responde a quienes aceptan el misterio de la siembra, la paciencia del cultivo y la incertidumbre de la espera.

MIOPÍA

Vivimos como si la existencia fuera un mercado de compra y venta, fe sin oración, justicia sin solidaridad, bienestar sin sacrificio, derechos sin deberes, placer sin ética, libertad sin responsabilidad.

Al preferir los frutos sobre las semillas caemos en una miopía moral que termina produciendo actitudes profundamente destructivas.

En el fondo, todas esas actitudes nacen de la misma confusión: buscamos lo digerible, lo inmediato, lo ya terminado. Buscamos frutos. Y los seres humanos que se acostumbran a ello terminan padeciendo una tragedia silenciosa: tener siempre las manos vacías y el alma endurecida.

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La vida plena no funciona de ese modo. Gozar de los frutos sin el coraje necesario para ganarlos empobrece al ser humano, porque le arrebata el misterio que la existencia reserva para quienes viven sembrando semillas, para quienes cultivan, riegan y esperan.

Tal vez por eso sería prudente recomenzar una nueva forma de vivir. Una vida en la que comprendamos que lo verdaderamente importante no es contemplar desde lejos la montaña conquistada, sino haber tenido el valor de escalarla. Porque las cimas pueden ser apenas un instante, mientras que el ascenso —con su esfuerzo, su incertidumbre y su esperanza— constituye toda una existencia.

Conviene recordarlo: la plenitud no pertenece a quienes esperan la cosecha sentados a la sombra, sino a quienes aceptan la incertidumbre de la siembra, a quienes se inclinan sobre la tierra y depositan en ella las semillas de su talento, confiando en que el tiempo, la paciencia y el trabajo silencioso harán brotar aquello que todavía no se ve.

La vida, como la montaña, no se conquista de un salto. Se conquista de grieta en grieta, de intento en intento, de esfuerzo en esfuerzo. Y quizá el verdadero fracaso no consista en no alcanzar la cima, sino en renunciar a la ascensión.

Porque quien siembra, trabaja y persevera puede llegar cansado al final de la jornada, pero nunca con el alma vacía. En cambio, quien busca únicamente frutos, termina descubriendo —demasiado tarde— que la existencia no se compra ni se hereda, se cultiva.

cgutierrez_a@outlook.com

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