Ennoblecer la existencia
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Hay oficios que no caben en una nómina ni pueden medirse en la contabilidad del mercado. Existen trabajos que, aunque se realicen con las manos, pertenecen en realidad al territorio del espíritu.
El artesano lo sabe bien: toma un trozo de materia —barro, madera, metal o hilo— y, con paciencia y disciplina, lo convierte en algo que antes no existía. En ese gesto humilde se esconde una verdad profunda: trabajar no es solamente producir; es dar forma a la vida.
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Por eso, cada 19 de marzo, México celebra el Día del Artesano, una fecha que no solo honra la habilidad manual de miles de hombres y mujeres que transforman la materia con sus manos, sino que también reconoce una tradición cultural profundamente ligada a la familia, al aprendizaje paciente y a la transmisión de saberes de generación en generación.
TALLER
En cierto modo, toda familia es también un pequeño taller artesanal. Allí se aprenden los primeros gestos de la vida: el respeto, la disciplina, la paciencia y el servicio. Allí se descubre que el trabajo no consiste únicamente en ganar el sustento, sino en construir sentido.
Los padres enseñan con el ejemplo que el oficio —cualquiera que sea— puede convertirse en una forma de dignidad y en una manera concreta de amar.
Quizá por eso resulta inevitable recordar, en esta reflexión sobre el trabajo y la familia, a una mujer que, aunque no fue artesana en el sentido tradicional de la palabra, modeló la esperanza con sus propias manos: Teresa de Calcuta.
PAZ Y GUERRA
Teresa solía recordar una verdad sencilla y, al mismo tiempo, profundamente reveladora: “La paz y la guerra empiezan en el hogar. Si de verdad queremos que haya paz en el mundo, empecemos por amarnos unos a otros en el seno de nuestras propias familias. Si queremos sembrar alegría alrededor nuestro, precisamos que toda familia viva feliz”.
En esas palabras se encuentra una intuición esencial: la familia es el primer lugar donde se aprende a amar, a servir y a reconocer la dignidad del otro.
Fiel a esa convicción, Teresa defendía la vida humana en todas sus formas: la vida no nacida, la abandonada y la descartada. Proclamaba incansablemente que el no nacido es “el más débil, el más pequeño, el más pobre”. Pero su defensa de la vida no se limitaba a las palabras.
Ella se inclinó sobre las personas desfallecidas que morían abandonadas al borde de las calles de Calcuta, reconociendo en cada uno de ellos la dignidad que Dios les había dado. Y no dudó en levantar su voz ante los poderosos del mundo para recordarles sus culpas frente a los crímenes de la pobreza que tantas veces ellos mismos habían contribuido a crear.
Teresa fue una de las mujeres más valientes y dedicadas del siglo pasado. Su figura fue reconocida por personas de todas las religiones y culturas al dejar una huella profunda en la conciencia moral de la humanidad.
SED
Teresa murió el 10 de septiembre de 1997. Ese día se cumplían exactamente 51 años de un viaje que cambiaría su destino. En 1946, mientras viajaba de Calcuta a Darjeeling para realizar su retiro anual, experimentó lo que ella misma llamó una “llamada dentro de la llamada”.
En aquel trayecto sintió con intensidad el sufrimiento de los más pobres de la India y escuchó en su interior una frase que marcaría su vida: “Tengo sed”.
A partir de ese momento, esta mujer de pequeña estatura decidió entregarse por completo a los más pobres entre los pobres, a los “intocables”, a esa multitud hambrienta y enferma que el mundo prefería no mirar.
Pocas personas saben que, junto con aquella inspiración, comenzó también lo que ella llamaría la “dolorosa noche de su alma”, una profunda experiencia interior de oscuridad espiritual que la acompañó hasta el final de su vida.
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Su vida estuvo marcada por un doloroso sentimiento de separación de Dios, unido a un deseo cada vez mayor de su amor. Tal vez fue precisamente esa oscuridad la que le permitió comprender la desolación interior de los pobres y participar de la sed de Jesús desde lo más profundo de su humanidad.
DISCÚLPEME...
Teresa atendía a los más indigentes, ofreciéndoles medicina, alimento y techo, pero también algo que ningún hospital puede recetar: cercanía y amor humano
A su encuentro acudían personas de todas las condiciones sociales: desde los más pobres hasta reyes, empresarios y presidentes.
Teresa no tenía oficina; su lugar de trabajo era allí donde se encontraba el sufrimiento humano. Existe una anécdota que así lo demuestra: un día, mientras atendía a un leproso, llegó a visitarla un acaudalado inglés.
La lepra es una enfermedad antigua que todavía hace estragos en las regiones más miserables del planeta. Provoca que la piel se cubra de llagas y escamas, deteriora el sistema nervioso y termina deformando el cuerpo de quien la padece.
Al ver al enfermo, el visitante sintió un profundo asco. Apenas conteniendo las náuseas, dijo a Teresa: “Madre, yo ni por dos millones de dólares haría lo que usted está haciendo”. Teresa lo miró con serenidad. Luego se inclinó, besó la frente del enfermo y respondió con firmeza: “Señor, discúlpeme... pero yo tampoco lo haría por todo el dinero del mundo”.
SERVIR
En esa respuesta se encuentra una de las claves más profundas del trabajo humano. Teresa no estaba trabajando por dinero ni por reconocimiento. Lo hacía porque había descubierto algo esencial: quien no vive para servir, no sirve para vivir.
El artesano comprende bien esa lógica. Cuando talla la madera o modela el barro, no sólo está fabricando un objeto; está imprimiendo en él una parte de su alma. El verdadero artesano sabe que cada obra es también una extensión de su propia historia.
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Algo semejante ocurre en la familia. Allí se transmiten los oficios, pero también los valores que los sostienen. Los hijos aprenden que trabajar con dignidad significa hacerlo con responsabilidad, honestidad y respeto por los demás.
Descubren que el trabajo no es una maldición ni una simple obligación económica, sino la oportunidad de ser útiles.
El trabajo contiene leyes sagradas que, cuando se respetan, conducen al desarrollo pleno de la persona permitiendo que encuentre sentido, propósito y dignidad a través de la creación y la responsabilidad, y de esta manera labre su propia trascendencia.
Sin embargo, los tiempos actuales suelen medir el valor del trabajo únicamente por el ingreso que genera. Hemos aprendido a calcular el precio de casi todo, pero con frecuencia olvidamos el valor de aquello que no se puede comprar.
Existen satisfacciones que ningún dinero puede adquirir. Una de ellas es poder decir, al final de una jornada: “He trabajado con sentido”. Otra es descubrir que nuestro esfuerzo ha servido para aliviar el sufrimiento de alguien, para construir algo útil o para embellecer un poco el mundo.
Gibran lo expresó con palabras que atraviesan el tiempo: “El trabajo es el amor hecho visible. Y si no podéis trabajar con amor, sino solamente con disgusto, es mejor que dejéis vuestra tarea y os sentéis a la puerta del templo y recibáis limosna de los que trabajan gozosamente”.
ENCUENTROS
En México, a pesar de los pesares, todavía existen personas que encarnan esta filosofía sin pronunciar discursos. Médicos que atienden por vocación, maestros que educan con paciencia, comerciantes que trabajan con honestidad, artesanos que ponen en cada pieza una parte de su identidad.
Son personas que cada mañana desafían al pesimismo y continúan trabajando con esperanza. Personas que entienden que el verdadero éxito no consiste en acumular dinero, sino en encontrar sentido en lo que se hace.
Quizá por eso el Día del Artesano, la familia y la vida de Teresa se encuentran, en el fondo, en el mismo punto: todos nos recuerdan que el trabajo puede convertirse en un acto de amor.
ARTE
El artesano labra la materia. La familia labra el carácter. Y algunos seres extraordinarios —como Santa Teresa— labran la eternidad.
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Al final, el verdadero triunfo no pertenece necesariamente a quien posee más riqueza o más poder. Pertenece a quien ha descubierto que trabajar con amor es una forma de trascender.
Porque cuando el trabajo se ejerce con sentido y dignidad, cuando se pone al servicio de los demás, cuando se realiza con alegría y conciencia, entonces deja de ser solamente “un” trabajo para transformarse en algo sublime: el arte de saber vivir, potenciar y ennoblecer la existencia.
cgutierrez_a@outlook.com