De mesas y meseros

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Opinión
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El primer gran mesero que conocí y traté fue Pepe Carrizales... Alto, delgado, con el negro cabello brillando en vaselina y peinado hacia lo alto, Pepe era modelo de elegancia y fino trato

Soy hombre agradecido, y buena parte de mi agradecimiento es para los meseros. Acerca de ellos se cuentan muchos chistes (“¡Mesero! ¿Voy a tener que esperar aquí toda la noche?”. “No, señor. Cerramos a las 11”), pero esos cuentos, como los que se hacen a costa de las suegras y los curas, carecen de verdad. Bueno, casi siempre.

El primer gran mesero que conocí y traté fue Pepe Carrizales, en el inolvidable “Élite” de Chuy Martínez. Alto, delgado, con el negro cabello brillando en vaselina y peinado hacia lo alto, Pepe era modelo de elegancia y fino trato. A mí me quería bien. En cierta ocasión estaba yo con una chica, y llegó al café otra con la que antes tuve devaneos. Taconeando sonoramente para ser notada se dirigió la recién llegada a la radiola y puso la tremebunda canción intitulada “Hipócrita”. Luego, ya en su mesa, clavó en mí y en mi amiga una insistente mirada de rencor fuliginoso. De inmediato acudió Pepe y apagó el aparato.

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–Se descompuso –le explicó lacónicamente a la enemiga al tiempo que le entregaba una moneda como la que ella había depositado en la radiola.

¿Se puede pagar, acaso, una amistad así?

Pepe Carrizales nos seguía el humor a los asiduos parroquianos del café. Un día, dos amigos y yo nos conjuramos para sacar de onda, como hoy se dice, a un compañero que teníamos, muy atildado él, lucidor de buenas galas, que usaba traje, corbata y mancuernillas mientras nosotros vestíamos al desgaire, según correspondía a nuestra edad. Llegamos al Élite los cuatro –el joven elegante por primera vez– y nos sentamos a la mesa. Acudió solícito Pepe Carrizales.

–¡Señor licenciado! –me saludó grandilocuente, haciéndome una profunda reverencia–. ¡Cuán alto honor tenerlo entre nosotros! ¿Qué va usted a tomar?

Yo, el señor licenciado que cursaba el bachillerato de Leyes en el Ateneo, pedí un café.

–Y usted, queridísimo maestro –le preguntó al segundo, estudiante de primer año en la Normal–, ¿qué desea?

–Café, también.

–¿Y usted, señor contador? –le preguntó al tercero, alumno de primer año en “la Victoriano”.

–Una Coca –solicitó el futuro tenedor de libros.

Pepe Carrizales apuntó ceremoniosamente los pedidos. Luego, desdeñoso, se dirigió con marcada displicencia a nuestro elegante amigo.

–¿Y tú qué quieres?

Desconcertado, el peripuesto joven apenas acertó a decir que él también quería un café.

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Se alejó Pepe con majestad, en alto la nariz y el paso presto. Nuestro desventurado compañero no salía de su confusión. ¿Por qué, nos preguntó turbado y lleno de mortificación, a nosotros el “camarero” nos había hablado de usted, y a él lo había tuteado? Estiraba las mangas de la camisa para lucir las mancuernillas, prueba evidente de su calidad, y otra vez se interrogaba, y nos interrogaba, sobre la causa del trato despectivo que recibió de “el mozo”. No sabía el lacerado de la conjura tramada por nosotros con aquel Pepe Carrizales que, a más de excelentísimo mesero, era consumado actor.

Meseros de toda laya he conocido en mi existencia. En un pequeño restaurante de Oaxaca, frente a la plaza principal, el señor que iba conmigo le preguntó al mesero:

–¿Qué tienes bueno, bueno?

El muchacho sopesó la pregunta un momentito y luego respondió:

–Bueno bueno, nada.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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