Del auge de la IA al colapso económico

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Opinión
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La IA agravará los costes políticos del crecimiento lento y los gobiernos serán cada vez más incapaces de compensar a quienes pierdan sus puestos de trabajo a causa de la inteligencia artificial

Por Ian Goldin, Project Syndicate.

OXFORD- La brecha entre los entusiastas de la IA y los pesimistas es cada vez mayor. Los entusiastas creen que la IA impulsará el crecimiento y creará un mundo utópico de abundancia. Los pesimistas creen que supone una amenaza existencial para la humanidad y que, antes de acabar con nosotros, provocará desempleo masivo y un mundo de vigilancia generalizada y realidades alternativas. ¿Quién tiene razón? ¿Y pueden los gobiernos hacer algo para mitigar el riesgo de catástrofe?

Los entusiastas de la IA se deshacen en elogios sobre las implicaciones de esta tecnología para la productividad. El director ejecutivo de Anthropic, Dario Amodei, ha pronosticado que el crecimiento del PIB de EE. UU. pasará del mísero 2 % actual a un 10-15 %. Elon Musk espera que duplique el crecimiento de EE. UU. hasta situarlo por encima del 4 % el año que viene y cree que las máquinas pronto sustituirán a los humanos en casi todas las profesiones.

Esto es una ilusión, por no decir un engaño. El auge de los centros de datos y el alza vertiginosa de las valoraciones bursátiles pueden impulsar el crecimiento a corto plazo, pero su contribución será efímera. Al fin y al cabo, gran parte de la actividad económica en los países desarrollados tiene lugar en sectores en los que la IA tendrá un efecto mínimo sobre la productividad, como el cuidado de niños y personas mayores, la construcción, la hostelería y los servicios personalizados.

Es cierto que la IA podría impulsar la producción en la industria manufacturera y en profesiones como el derecho y la banca, que en conjunto representan aproximadamente el 20 % de la economía tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido. Pero incluso si la IA duplicara la productividad en estos sectores, la producción económica total solo aumentaría un 20 %.

CÓMO PRORÍA AFECTAR LA IA AL CRECIMIENTO

La propia IA podría frenar el crecimiento económico de varias maneras. Para empezar, la creciente demanda de electricidad de los centros de datos podría hacer subir los costes energéticos, lo que mantendría la inflación, y, por tanto, los tipos de interés, más altos de lo que estarían de otro modo.

En segundo lugar, es probable que algunos de los primeros beneficios de la IA provengan de una mayor esperanza de vida, gracias a una mejor gestión de enfermedades crónicas como la diabetes y a un descubrimiento más rápido de fármacos. Se trata de una buena noticia, pero también podría acelerar el envejecimiento de la población y suponer una carga para los sistemas de pensiones y de asistencia, ya que los avances en el tratamiento de la demencia y las enfermedades neurodegenerativas van muy por detrás de los progresos en otras áreas de la medicina. Una parte cada vez mayor de la población activa y del gasto público se dedicará al cuidado de las personas mayores, en detrimento de sectores más productivos.

Y luego están los colosales 2.4 billones de dólares que se están gastando (y más por venir) en la expansión de la IA, impulsados por una deuda galopante y unas valoraciones infladas del capital riesgo y del mercado bursátil. Solo en el estado de Ohio, Nvidia ha destinado 105 mil millones de dólares a la expansión de la infraestructura de IA. Cuando, no “si”, estalle la burbuja, la caída del mercado resultante afectará inevitablemente a los ahorros para la jubilación y a la confianza de los consumidores, lo que ralentizará el crecimiento y podría desencadenar una recesión.

Además, cuanto más rápido avance la IA, más rápido tendremos que modernizar nuestras redes eléctricas, prácticas empresariales, sistemas educativos y muchas otras cosas. Sin embargo, las tasas de inversión en el Reino Unido y Estados Unidos se encuentran estancadas o en descenso. A medida que más empresas y trabajadores luchen por mantenerse al día, el crecimiento de la productividad seguirá ralentizándose. En muchos mercados emergentes, las tasas de inversión son casi el doble que las del Reino Unido y Estados Unidos. Estas economías también están menos lastradas por infraestructuras obsoletas y por los costes del cuidado de las poblaciones que envejecen, lo que les confiere una ventaja competitiva.

MÁS PERDEDORES QUE GANADORES

La IA agravará los costes políticos del crecimiento lento. Cuando las economías se estancan, los gobiernos solo pueden satisfacer demandas urgentes, como un mayor gasto en defensa o la adaptación al cambio climático, recortando la seguridad social u otros servicios públicos. Dado que el aumento de la deuda deja poco margen para la redistribución y que las subidas de impuestos son profundamente impopulares, los gobiernos serán cada vez más incapaces de compensar a quienes pierdan sus puestos de trabajo a causa de la IA.

Lejos de crear unas condiciones más equitativas, la IA está concentrando los ingresos y la actividad económica. En una economía del conocimiento impulsada por la IA, solo un número limitado de lugares puede convertirse en centros de innovación. Las empresas dinámicas se benefician de la proximidad entre sí y de los servicios culturales dirigidos a trabajadores altamente cualificados, lo que concentra los beneficios de la IA en un número reducido de lugares y acentúa las disparidades geográficas. Dado que el teletrabajo socava la creatividad espontánea y limita el aprendizaje informal y el desarrollo de redes profesionales, es poco probable que distribuya los puestos de trabajo y las oportunidades con la amplitud suficiente como para revertir el declive de las comunidades que se quedan atrás.

Los gobiernos deberían garantizar las condiciones para una vida digna en todas partes, pero ninguna política industrial puede crear empleo en todas partes. Intentar «nivelar al alza» las regiones en dificultades quitándoles recursos a las dinámicas conlleva el riesgo de nivelar a la baja toda la economía. Un enfoque mucho mejor consiste en facilitar que las personas se trasladen a donde hay empleo mediante viviendas y transporte más asequibles. Hoy en día, la movilidad de la población en EE. UU., el Reino Unido y el norte de Europa es la mitad de lo que era hace 50 años, en gran parte debido a los elevados costes del cuidado infantil y la vivienda, así como a un transporte público poco fiable.

La perspectiva de un«apocalipsis laboral»provocado por la IA está dando a la gente motivos de sobra para estar preocupada. Mi propio grupo de investigación en Oxford estima que hasta el 50 % de todos los puestos de trabajo en el Reino Unido y EE. UU. son vulnerables a la automatización. Dado que los nuevos puestos de trabajo requieren competencias diferentes y, en su mayoría, se encuentran lejos de aquellos que están desapareciendo, no es de extrañar que la mayoría de los trabajadores vean la IA como una amenaza para su modo de vida.

La prisa por construir centros de datos también está alimentando una revuelta populista que crece como la espuma contra la IA. Además de ser culpados del aumento de los precios de la energía, son ruidosos, consumen enormes cantidades de agua y ofrecen pocos puestos de trabajo a largo plazo a los residentes locales. A medida que más comunidades se enfrenten al declive económico, más cargos electos tendrán que hacer frente a unos electores furiosos que exigirán que se haga algo al respecto.

Además de agravar la desigualdad y alimentar la política extremista, la IA está avivando las tensiones geopolíticas. La creencia de que el desarrollo de la IA es una carrera en la que “el ganador se lo lleva todo” es, muy posiblemente, la única idea que cuenta con apoyo bipartidista en Washington, donde los temores a la supremacía china en materia de IA se utilizan para justificar la desregulación y dar rienda suelta a Silicon Valley para que “actúe con rapidez y rompa moldes”.

AGENTES DE DESTRUCCIÓN

La idea de que un solo país pueda ganar esta carrera es errónea. Por mucho que invierta un país o por muy amplia que sea su reserva de trabajadores cualificados, los avances se copiarán y mejorarán rápidamente en otros lugares, y ningún gobierno puede gestionar por sí solo los riesgos que plantea la IA.

Una pandemia provocada por la IA, por ejemplo, no respetaría las fronteras nacionales. Tampoco sería menos peligroso un agente de IA que se escapara del control humano si procediera de EE. UU. en lugar de China. La única forma de contener estas amenazas es mediante la cooperación internacional. Sin embargo, las restricciones de EE. UU. a la exportación de chips a China y a la colaboración científica están haciendo que la cooperación entre las dos superpotencias sea prácticamente imposible.

Mientras tanto, el énfasis en los riesgos para la seguridad nacional desvía la atención de las amenazas más inmediatas, como el desempleo masivo y los ciberataques desenfrenados. La búsqueda de la supremacía en IA también socava la confianza necesaria para que los países trabajen juntos a fin de hacer frente al cambio climático, las pandemias, los conflictos y otros retos comunes y apremiantes.

Los países que más tienen que perder en la carrera por la IA pueden ser precisamente aquellos que ni siquiera participan en ella. En su Informe sobre el Desarrollo Mundial 2026, el Banco Mundial sostiene que la IA ofrece a los países en desarrollo “una vía excepcional hacia una mayor prosperidad”, señalando su capacidad para saltarse tecnologías más antiguas, tal y como hicieron con los teléfonos móviles y la energía renovable distribuida. La conectividad digital ha dejado obsoletos los teléfonos fijos, mientras que las soluciones de tecnología financiera y de salud digital han proporcionado a millones de personas pobres acceso a servicios a una fracción del coste de los proveedores tradicionales.

Pero esa misma lógica no se aplica a la IA, que está eliminando los empleos repetitivos y de bajo coste que históricamente han constituido los peldaños más bajos de la escalera del desarrollo en Europa, América y Asia. Los robots están sustituyendo a las personas en las cadenas de producción, mientras que los chatbots basados en la nube amenazan a los centros de atención telefónica que dan empleo a más de 17 millones de personas en todo el mundo.

Esto ya es suficientemente preocupante para las economías avanzadas y para China, donde la población activa se está reduciendo debido a la baja natalidad. Pero África necesita crear 21 millones de nuevos puestos de trabajo cada año solo para seguir el ritmo del crecimiento demográfico del continente. Con los presupuestos de ayuda agotándose y el cambio climático causando estragos, el África subsahariana ya es un 34 % más pobre de lo que era hace una década. En lugar de una “vía excepcional” para el crecimiento y el desarrollo, la IA hará que a los países más pobres del mundo les resulte aún más difícil ponerse al día.

EL FUTURO NO ESPERARÁ

Aunque la IA pueda agravar las divisiones dentro de los países y entre ellos, eso no es motivo para abandonarla. Al contrario, ya está permitiendo avances extraordinarios en la investigación médica. Por ejemplo, está reduciendo los plazos para el desarrollo de nuevos medicamentos, incluidos tratamientos para el párkinson y muchas enfermedades raras que la propia IA ha ayudado a descubrir.

Pero debemos asegurarnos de que la IA sirva a toda la humanidad, no solo a una pequeña minoría. Las revoluciones tecnológicas del pasado nos ofrecen algunas lecciones al respecto. La Revolución Industrial acabó por aumentar los ingresos de los trabajadores británicos, pero la mayoría de la población tardó un siglo en ver mejoras en su nivel de vida. Mientras tanto, la esperanza de vida se redujo debido a la contaminación y a las peligrosas condiciones laborales en las “oscuras fábricas satánicas“, y el ejército británico se movilizó una y otra vez para sofocar las protestas laborales. Esos mismos avances tecnológicos también facilitaron la industrialización de la esclavitud e impulsaron la conquista imperial.

Cuatro siglos antes, la invención de la imprenta marcó el inicio del Renacimiento, trayendo consigo extraordinarios avances tecnológicos y artísticos. Pero la tecnología que difundió las ideas científicas y el humanismo también permitió al fraile italiano Girolamo Savonarola, inventor del panfleto político, atacar la libertad intelectual y recabar apoyos para su «hoguera de las vanidades». Martín Lutero utilizó la imprenta para desafiar la hegemonía de la Iglesia católica, desencadenando sin quererlo siglos de conflictos religiosos que reprimieron la diversidad de ideas y el debate abierto que habían constituido el núcleo del Renacimiento. Tuvieron que pasar otros 160 años para que la Ilustración se afianzara.

La IA es igual de transformadora, pero avanza mucho más rápido. La Revolución Industrial dio a los gobiernos un siglo para mejorar las condiciones laborales y garantizar que la prosperidad llegara a la mayoría de la población. Esta vez, no dispondremos ni de lejos de tanto tiempo para enderezar el rumbo. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Ian Goldin, catedrático de Globalización y Desarrollo en la Universidad de Oxford, es autor de “The Shortest History of Migration” (Old Street Publishing, 2024; The Experiment, 2025) y coautor (junto con Tom Lee-Devlin) de *Age of the City: Why Our Future will be Won or Lost Together (Bloomsbury Continuum, 2023).

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