Democracia pendular

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Opinión
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Todos los esfuerzos del gobierno están orientados a evitar que el péndulo complete otro de sus ciclos oscilatorios naturales, mandando a la masa al otro extremo de la curva

Otro de los innumerables defectos de la democracia es la inercia pendular que experimentan los cambios de régimen que emanan de una elección.

La gente se harta del pinto y vota entonces al colorado. Le colma el plato el conservador y hace traer al progresista. Que ya estuvo suave de los de dulce, ¡traigan los de chile!

https://vanguardia.com.mx/opinion/grafomania-fabrica-de-churros-NL23939040

Y esto es normal por varias razones emparentadas entre sí: el ejercicio del poder conlleva un desgaste ineludible; por buena que sea una administración, por bien que se sorteen las crisis, siempre quedará un insatisfecho, un resentido o alguien que quizás se vio genuinamente afectado con las políticas de una gestión.

Ese descontento (justificado o no) se irá acumulando hasta la siguiente elección, cuando ya la ciudadanía busque pegar un bandazo que la mande del otro lado del espectro político. Y para castigar al gobierno en turno y retirarse tanto como sea posible de su forma de hacer las cosas, habrá que votar a su adversario más antagónico.

Y vamos, no importa ya de fondo la orientación política de un gobierno y los candidatos. Hoy por hoy, los conceptos de derecha e izquierda están tan desvirtuados que conocemos a muy poca gente (analistas incluidos) que los maneje con claridad.

Pero, para efectos de una elección, basta con que el ciudadano perciba que está votando a un antagonista del gobierno al que pretende castigar, que puede ser o no de la corriente opuesta, o sólo asumirse como tal. El chiste es que se presente como adversario, como alternancia y como un correctivo que va a restaurar la administración y la vida pública.

Eso mismo está pasando hoy en dos lugares casi al mismo tiempo, en direcciones opuestas: mientras que las fallidas medidas económicas y la aberrante política exterior de Trump están por pasarle factura en las elecciones intermedias, amenazando con recuperar para los demócratas el control del Congreso; en Brasil, el presidente Lula da Silva está a nada de perder frente al hijo de la peor pesadilla de la demagogia derechista de América del Sur: los Bolsonaro, esta vez en la personificación del retoño del expresidente Jair Messias Bolsonaro, Flávio Bolsonaro.

¿Cómo puede un país del tamaño de Brasil abrirle nuevamente la puerta a un proyecto tan falto de tacto político como de escrúpulos; tan visceral, probadamente fallido e intolerante?

Pues por lo mismo que el gringo promedio votó en primer lugar por Donald J. Trump: por el hartazgo que genera cualquier gobierno, y los del Partido Demócrata no iban a ser la excepción, tanto así que llegó un momento en el que un delincuente confeso y depredador sexual, un mitómano abiertamente racista, ignorante y bravucón les pareció una buena opción para la Casa Blanca.

¿Son idiotas nuestros vecinos del norte?

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Sí, pero no más que los brasileños, no más que nosotros los mexicanos; y me refiero, desde luego, al comportamiento masivo expresado en las urnas (en lo individual, que cada uno se defienda con sus propias uñas).

Pero sucede que no es un asunto de inteligencia. Pasa que en una democracia electoral difícilmente se les da a los electores la oportunidad de expresarse con matices: “Pues fíjate que me gustó mucho la manera en que manejó el presidente la recaudación fiscal y la política exterior, pero desapruebo totalmente sus estrategias de seguridad y el actual modelo educativo... Creo que votaré por este candidato de discurso moderado que quizás (con algo de suerte) combine lo favorable del presente régimen y lo mejorcito de la fuerza opositora...”.

No existe tal cosa. Básicamente, una elección arroja el resultado de una misma pregunta dicotómica multiplicado por los millones de votantes que acuden a las urnas: ¿Quieres que el régimen repita? Contesta: sí/no. Y de ser el segundo caso: ¿Cuál de los candidatos aquí enlistados quieres que te vuelva a decepcionar?

No hay forma de que en masa expresemos un análisis crítico y de allí que apenas podamos reaccionar tratando de tomar toda la distancia posible de la opción que consideramos más nociva; y esto, hablando de una democracia sana, en la que el voto se emite de manera libre e informada y se respeta la voluntad popular, cosa de la que hoy podemos presumir tanto como se podía hace 40 años.

¿Significa que, por puro efecto de la inercia, México podría pendular de la izquierda a la derecha en la siguiente elección presidencial?

Tanto así no dijimos. Además, para pendular hacia la derecha tendríamos que estar primero dentro de los márgenes de la izquierda, y eso es muy discutible y de momento innecesario aclarar también.

Vamos a preguntarnos mejor si acaso, por pura alternancia pendular, México podría pasar de un régimen morenista a uno de las fuerzas opositoras.

Eso ya es otra cosa y sí, es posible. Es posible que un opositor con un discurso radical, capaz de responder con suficiente estridencia y amplitud al apabullante discurso oficialista, concentre toda la animadversión necesaria como para despachar a la 4T allá, al rancho de Chiapas con su blanquicéfalo progenitor.

Pero es que ni eso es garantía de que dicha candidatura hipotética sea una mejor opción: que el presente régimen apeste no significa, de ninguna manera, que no exista margen para empeorar. Siempre se puede.

Además, el hartazgo se ralentiza con las políticas y discursos populistas. Llenar el bolsillo e hinchar el pecho de la gente le compra tiempo al gobierno, aunque no es barato ni es eterno.

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Ello explicaría algunas encuestas aparentemente contradictorias en las que los gobiernos de la 4T (federal, estatales y municipales) están pésimamente calificados en confianza y percepción de honestidad, aunque la intención de voto en favor de Morena se mantiene arriba.

Eso y que la oposición realmente está moral y políticamente derrotada.

El dinero se agota, la percepción al interior se cae a pedazos y la presión de EU no deja de incrementarse.

Todos los esfuerzos del gobierno están orientados a evitar que el péndulo complete otro de sus ciclos oscilatorios naturales, mandando a la masa al otro extremo de la curva.

Pero a la gravedad nadie le ha ganado jamás, ni en la física ni en la política.

Columna: Nación Petatiux

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