El índice no paga la quincena

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Opinión
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Hay una pregunta que ningún informe económico responde y que, sin embargo, decide elecciones: ¿cuánto le queda a una familia después de pagar lo que debe? Brasil nos lo acaba de recordar, y la lección vale para todo el continente, incluido México.

Vale la pena detenerse en la paradoja. Lula llegó a la campaña con indicadores que cualquier secretario de Hacienda presumiría. La inflación ronda el 4.5 por ciento, cerca del rango que tolera su banco central, y el desempleo está en mínimos históricos. Sobre el papel, a Brasil le va bien. Y sin embargo, en la primera vuelta el hijo del expresidente lo superó por casi dos puntos, y la segunda llegó prácticamente empatada.

Llegando tarde

¿Qué pasó? Que el índice no paga la quincena.

La inflación mide qué tan rápido suben los precios; no mide si alcanza para pagarlos. En Brasil, más de tres de cada cuatro hogares están endeudados. Las familias que se endeudaron cuando todo era más caro siguen pagando esas deudas a tasas altísimas. El precio de la leche puede haberse estabilizado, pero la tarjeta de crédito sigue cobrando intereses que se comen el salario antes de que llegue al supermercado. El ciudadano no vive en el promedio nacional: vive en su estado de cuenta.

No hace falta ser economista para entenderlo. Cuando la inflación baja, los precios no regresan a donde estaban; simplemente dejan de subir tan rápido. Lo que se encareció hace dos años sigue caro. Y si para sostener el gasto de esos años hubo que pedir prestado, la cuenta llega hoy, con intereses. El gobierno anuncia que ganó la batalla contra los precios justo cuando la gente siente que la está perdiendo.

Esa es, me parece, la clave para entender lo que pasa en toda América Latina. Entre 2023 y 2026, la derecha ganó una docena de elecciones presidenciales en la región: Argentina, Ecuador, Bolivia, Chile, Costa Rica, Perú, Colombia. Muchos lo leen como un giro ideológico, como si millones de latinoamericanos hubieran despertado convencidos de las virtudes del mercado. Yo no lo creo. Lo que veo es un voto contra quien esté en el poder cuando el dinero no alcanza.

Los números lo confirman, porque no siguen ninguna regla ideológica. México, gobernado por la izquierda, tiene una de las inflaciones más bajas de la región. Argentina, con el gobierno más a la derecha que ha tenido en décadas, sigue con precios que suben más de 30 por ciento al año. Perú tiene la deuda pública más baja entre las grandes economías del continente y, aun así, ha tenido ocho presidentes en diez años. Bolivia debe más que el tamaño de toda su economía. Si la ideología determinara los resultados, veríamos un patrón. No lo hay.

Lo que sí hay es un patrón en el voto: el electorado castiga a quien gobierna cuando siente que su vida no mejora, sin importar el color del partido. Colombia castigó a la izquierda con una inflación arriba del 6 por ciento. Argentina castigó al peronismo después de años de inflación desbordada. Chile castigó al gobierno progresista. Es el mismo enojo, aunque cambie de destinatario.

Y aquí es donde México debería prestar atención.

Nuestros indicadores son razonables. La inflación está dentro del rango que se fija el Banco de México, el peso se ha mantenido relativamente estable y los programas sociales llegan a millones de hogares. Desde el gobierno, el diagnóstico suele ser que las cosas van bien, y en el promedio quizá así sea. Pero el promedio no hace el súper.

La familia que en Saltillo, Monterrey o Piedras Negras paga a meses el refrigerador, que usa la tarjeta para llegar al fin de quincena, que pidió prestado para cubrir la colegiatura o una emergencia médica, no se siente representada por una inflación de tres por ciento. Se siente representada por lo que le queda después de pagar. Y eso, en buena parte del país, sigue siendo muy poco.

En México esa realidad tiene nombres conocidos: los meses sin intereses que se convierten en años de pagos, el préstamo descontado vía nómina, la casa de empeño a la vuelta de la esquina y, cada vez más, las aplicaciones que prestan en minutos y cobran como si fueran usureros. Nada de eso aparece en el índice nacional de precios. Todo eso decide cómo vota una familia.

Nadie los estaba viendo

El riesgo para cualquier gobierno, este o el que venga, es confundir el tablero con la realidad. Brasil demuestra que se puede hacer bien la tarea macroeconómica y aun así perder, porque la gente no califica con el índice sino con su cartera. En 2027 México tendrá elecciones intermedias. Quien crea que basta con presumir la inflación controlada debería mirar a Brasil: un presidente con buenos números tuvo que pelear voto por voto para conservar el cargo.

Pero la lección no es solo para los gobiernos. También es para nosotros. Durante años hemos discutido la política latinoamericana como un partido de futbol entre izquierda y derecha, y ese marco ya no sirve para entender casi nada. La pregunta que deberíamos hacerle a cualquier candidato no es de qué lado está, sino qué va a hacer con el costo del crédito, con los salarios que no alcanzan y con el endeudamiento de las familias. Esas son las preguntas que están definiendo elecciones en todo el continente, y son las que casi nadie está haciendo en México.

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