Divorciarse del teatro para seguir haciendo teatro (III): hacer una pausa
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En algún momento dentro de la milenaria historia del teatro a alguien se le ocurrió que pausar era mala idea. Más allá de la pausa dramática, tan útil dentro del acto de representación, no existe el mismo aprecio por los periodos sin trabajo. Muy al contrario, existe un miedo muy real a perder relevancia si no se salta de un proyecto a otro hasta el infinito.
¿Los periodos de inactividad nos hacen dejar de ser artistas? ¿Existe un límite de tiempo antes de caducar como creador? Una talentosa creadora – que no soy yo – se toma un tiempo para cumplir con su rol de madre, ese tiempo se convierte en años y de pronto un día decide regresar. En uno de los peores casos de sororidad y empatía que he escuchado en los últimos años, otra actriz recalca que esa creadora ya no tiene derecho a llamarse a sí misma actriz, ni directora, ni productora, ni nada. A la basura años de estudio, títulos profesionales y diplomas, aparentemente si dejas de hacer teatro no tienes derecho a volver nunca.
Ese tipo de actitudes son las que desatan el pánico. Los más jóvenes tienen miedo a que nadie los vuelva a invitar a trabajar, los más viejos tienen miedo a ser vistos como cosa de tiempos pasados, los que estamos a mitad del camino, bueno, nosotros tenemos ansiedad siempre porque es muy fácil contagiarse. Y se nos olvida la cosa más importante: la parte del arte que de verdad trasciende no respeta tiempos. Cuando algo funciona, cuando toca, comunica y conecta, no importa si lo hizo alguien con cinco o con un proyecto al año, importa el trabajo dedicado, el enfoque, la empatía y el corazón que se le da al trabajo.
Algunos de los proyectos más icónicos de las compañías más respetadas mundialmente son producto de meses o años, y no siempre de trabajo ininterrumpido, porque los problemas de presupuesto, las negociaciones con espacios, participantes y un largo etcétera son algo real. Durante este tiempo no necesariamente existen productos comercializables en medio del proceso; los proyectos igualmente han salido a flote y aclamados por el público.
¿Por qué en México le tenemos tanto miedo a demorar?, ya no se diga a pausar por completo por un tiempo. ¿Por qué tiene que existir siempre algo que mostrar para demostrar que estamos trabajando? ¿Y por qué tendríamos que estar siempre trabajando?
Aquí seguramente entramos en una respuesta compleja que lo mismo tiene que ver con las ideologías del gremio sobre el artista dedicado en cuerpo y en alma a la vocación, como con la precariedad que se vive en lo económico y que no permiten parar por motivos meramente de supervivencia, el famoso “perseguir la chuleta”. Sé que se dice muy fácil, hacer una pausa, pero aún así la mayoría no paramos hasta que algo mas fuerte o importante nos obliga, sea una lesión, una enfermedad, un embarazo, etc. Incluso llegamos a glorificar al que a pesar de alguna de esas limitantes sigue adelante, lo cual acaba con frecuencia en más complicaciones, personales y profesionales.
Descansar, y sobretodo, darse permiso de experimentar la vida en otros ámbitos también es trabajar para el arte, siempre y cuando eventualmente regreses. De hecho, me parece que como en cualquier relación, cuando alguien se va y regresa, es porque realmente existe ahí un vínculo valioso (o uno increíblemente tóxico pero de eso no estamos hablando). Parar un poco no debería ser entendido como debilidad o falta de fidelidad en ningún contexto, mucho menos en el arte, dónde – se supone – trabajamos desde la emotividad y todo aquello que nos hace profundamente humanos. Somos artistas , no máquinas de producción.