Dmitri Shostakóvich o cómo burlarse del poder

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Opinión
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Por más fuerza bruta y control político que un dictador o un gobierno tenga, por más que intenten amordazar la sátira y limitar la difusión informativa, las atrocidades quedan inscritas en la historia

“Sufro por todos los que son triturados, tiroteados o que mueren de hambre, independientemente si murieron por culpa de Hitler o Stalin. Siento un dolor eterno por cada una de las víctimas. Mis sinfonías son lápidas”.

Dmitri Shostakóvich (“Testimonio: Las Memorias de Dmitri Shostakóvich”)

El 25 de septiembre se conmemoró el 120 aniversario de Dmitri Shostakóvich (1906-1975), compositor ruso que se enfrentó con su música a los excesos del poder, tanto del fascismo como del régimen soviético. Su vida y obra estuvieron en constante tensión con el oficialismo estalinista.

El conflicto entre Shostakóvich y Stalin inició con la ópera Lady Macbeth de Mtsensk —basada en la novela de Nikolái Leskov—, que narra los crímenes que comete una mujer para liberarse del yugo opresor de su esposo y su suegro. A través de la figura trágica de una mujer prisionera en un matrimonio sin amor y víctima del abuso físico y psicológico, el drama invita al público a preguntarse si es justificable la muerte de un tirano para liberarse.

El 26 de enero de 1936, Stalin acudió como espectador a la ópera del Teatro Bolshói de Moscú; salió antes de que terminase el tercer acto. Shostakóvich quedó petrificado ante la reacción del jefe de Estado soviético; incluso temía por su libertad y su vida. El 28 de enero, el periódico oficial Pravda (“La Verdad”) publicó un artículo anónimo titulado “Caos en vez de música: en la ópera Lady Macbeth de Mtsensk”, a la cual calificaba de formalista, burguesa y vulgar: los tres pecados capitales para el realismo socialista, la doctrina estética de la URSS.

Preocupado por su integridad, Shostakóvich canceló en diciembre de 1936 el estreno de su Cuarta sinfonía, compuesta en do menor y que evoca la turbulencia psicológica que vivía, su angustia y temores. El tono sombrío y el desasosiego de esta obra también reflejan la desesperación colectiva que el compositor percibía en el pueblo ruso, contrastante con el optimismo del realismo socialista. También se ha interpretado como una premonición de los horrores del siglo 20. La Cuarta no se estrenó hasta 1961, ocho años después de la muerte del dictador y 25 años después de componerla.

A modo de tregua con la nomenklatura, Shostakóvich estrenó su Quinta sinfonía en re menor —descrita por la prensa como “la respuesta creativa de un artista soviético a una crítica justa”—, la cual evocaba magnificencia, solemnidad y dramatismo heroico. Esta sinfonía aparentemente se alineaba con la heroicidad que el realismo socialista quería promover; sin embargo, críticos musicales la han interpretado como una sarcástica fanfarria de un triunfalismo forzado.

La Séptima sinfonía, dedicada a Leningrado y a su gente, es un símbolo de la resistencia. Fue compuesta durante el sitio de Leningrado, durante el cual murieron más de un millón de civiles soviéticos, y se estrenó en marzo de 1942. Los músicos ensayaron en condiciones paupérrimas provocadas por el sitio, se desmayaban constantemente y tres murieron por inanición. Las tarolas que resuenan ininterrumpidamente durante el primer movimiento de la Sinfonía representan la incesante marcha del ejército nazi, que avanzaba mientras los músicos de la orquesta del Teatro Bolshói interpretaban famélicos, pero vigorosos, esta obra maestra. El espíritu vence sobre la materia.

Shostakóvich estrenó la Novena sinfonía en mi bemol el 3 de noviembre de 1945, después del triunfo de la URSS y sus aliados sobre Alemania y las potencias del Eje. En esta obra, el compositor ruso domina con maestría la ironía. Mientras que Stalin y el régimen esperaban un homenaje monumental para celebrar la victoria, Shostakóvich presentó la más corta de sus sinfonías —menos de 30 minutos—, que con agudeza y prodigio musical logra un sonido alegre y juguetón. Considero que se trata del modo en que el compositor ridiculiza a un régimen que se tomó demasiado en serio a sí mismo, que cometió crímenes contra la humanidad y cuya decadencia ya estaba próxima.

Dmitri Shostakóvich burló la censura y se mofó del poder.

Por más fuerza bruta y control político que un dictador o un gobierno tenga, por más que intenten amordazar la sátira y limitar la difusión informativa, las atrocidades quedan inscritas en la historia. El espíritu humano —y el arte, con sus sutilezas— siempre encuentra la manera de escapar a la vigilancia estatal, de denunciar lo inhumano, visibilizar lo indignante y de trascender las fronteras espacio temporales. Esta es la lección de Shostakóvich.

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