El desierto: versiones negativas contra artistas de sus bellezas

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Opinión
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El tema de este artículo brotó de las exposiciones que cuatro artistas locales dedicaron a fotografiar y describir al desierto

Es asombroso el concepto que se tiene acerca del desierto como lugar de la nada, de la arena y de la carencia de vida. Recibimos una herencia milenaria que influye en nuestra opinión. Nada más abriendo la Biblia nos encontramos con el mundo acuático: Yahvé separando las aguas, castigando los pecados de los hombres ahogándolos, con excepción de Noé. Luego viene el cambio ecológico: cuando los hebreos apenas se liberan de la esclavitud, se entregan al Becerro de Oro. Como castigo, Dios los pone a recorrer el desierto, donde vagan cuarenta años. Ni siquiera Moisés verá la Tierra Prometida.

Sí, el desierto es lugar de castigo, de abandono. Leyendo al profeta Oseas (bello y breve texto), nos enteramos de que el pueblo elegido le pone los cuernos a Jehová con otros dioses y éste, enojado, los amenaza: los voy a desnudar, los llevaré al desierto y (¡lea esto!) les haré el amor; luego los perdonaré: el desierto como ámbito del acto sexual mítico entre el ser supremo y la fragilidad del ser. Un episodio distinto se da cuando Abraham, a petición de su esposa Sara, abandona en pleno desierto a su esclava Agar y a su pequeño hijo Ismael: ambos están al borde de la inanición y Yahvé los salva. Nuestro padre Abraham era, por decir lo menos, un mandilón, fuera de que aceptó asesinar a su otro hijo, Isaac.

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Siglos más tarde, el desierto se convirtió en el lugar donde reina Satanás, quien conduce a Jesús hacia allá. También Jesús dura cuarenta días (número mágico). No obstante, Jesús es más pescador que camellero. En la barca dormía tranquilo mientras san Pedro bramaba de miedo ante la tormenta. Pero quien bautizó a Jesús, Juan el Bautista, vivía en el desierto comiendo langostas y dátiles.

Cuando el cristianismo se consolida y se hace católico (término que quiere decir universal), entonces a muchos nuevos adeptos se les ocurre que han pecado y que sólo la vida en lugar deshabitado podrá concederles el perdón y el cielo. Varios centenares de varones y mujeres viven en soledad en el desierto sinaítico y egipcio, rezando, cantando y comiendo lo poco que el medio ofrece. En el siglo 4, Pacomio, soldado romano converso, considera que esos eremitas están perdiendo el tiempo en vez de servir a los demás. Y en nuestra región, un jesuita que camina desde Parras hacia el norte escribe que Coahuila es un lugar seco, de sabandijas, animales venenosos y espinas.

El tema de este artículo brotó de las exposiciones que cuatro artistas locales dedicaron a fotografiar y describir al desierto. Dos de ellas pueden ser apreciadas ahora mismo: Criss Poulain y Daniel Bates exhiben sus imágenes en recintos culturales. Sus visiones difieren y es un buen dato. Entre la emoción de Poulain ante el hombre eremita del ejido Jalpa y su entorno, y Bates enseñando las rugosidades que los milenios han elaborado en nuestro desierto: montículos enormes de tierra con pequeños, pequeñísimos especímenes de la casi ausente flora, es imposible no asombrarse ante el fenómeno natural. Quienes se interesen en vibrar ante las imágenes de ambos artistas, disfruten su maestría.

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Anteriormente, nos asombraron dos personajes más, mujer y varón, con sus respectivas miradas sobre el desierto: Karla Rangel y Federico Jordán. Otro cambio de enfoque sobre lo que para algunos tontos hubiera sido lo mismo de lo mismo: la nada de la naturaleza. Ni siquiera es necesario precisar que estas personas virtuosas tienen una versión distinta entre sí, como de los dos fotógrafos antes mencionados. Es un desierto visto desde el amor y el símbolo, desde el asombro y la intervención en su seno. Significa que la interpretación es natural, es personal, pero no distante.

No me explico por qué se instala a Saltillo en un “semidesierto”, o sea, casi desierto, pero no totalmente. Es erróneo: Saltillo es una ciudad muy arbolada. Al viajar hacia Torreón es cuando uno descubre lo que es desértico (mas no desertado), porque a los 80 kilómetros se ingresa a los arenales, que son, también, muy bellos. Entre General Cepeda y Parras, ese es el paisaje. Debo aclarar que en tal medio hay miles de petrograbados y pinturas rupestres, lo que demuestra que no fue desertado durante milenios: por ahí transitaron los nómadas.

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