Donald Trump historiador

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Opinión
/ 7 febrero 2026

No hubo una guerra entre Estados Unidos y México; se trató de una invasión

De manera imprudente, innecesaria, provocadora, perversa y siniestra, el presidente Donald Trump dictó un discurso sobre la guerra de Estados Unidos contra México. Lo leyó, lo que indica que no pudo haberlo escrito él mismo. Inició diciendo que los mexicanos sólo habían matado a 11 americanos y que éstos destrozaron a un enorme ejército; que Estados Unidos arrebató a México un gran territorio en venganza por sus muertos. Dijo demasiadas estupideces que no es necesario repetir.

En primer lugar, no hubo una guerra entre ambas naciones; se trató de una invasión y, según una de las mejores historiadoras mexicanas, la doctora Josefina Z. Vázquez, fue un acto de piratería. Esto lo declaró en Texas, y el cónsul texano le dijo que por esa frase la podría expulsar; ella le respondió: “Hágalo”.

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Tan claro es que nos invadieron, sin otra razón que robarnos el territorio, que allá mismo hubo rechazos. Abraham Lincoln declaró ante un periódico que “la sangre de esta guerra, como la de Abel, clama al Cielo”. Y en otro manifestó que “cuando empezó la guerra, fue mi opinión que todos los que conocían poco o quizás mucho, aprobaron conscientemente la conducta del presidente (...) nunca, como buenos ciudadanos y patriotas, deberían guardar silencio, al menos mientras llegue a su término”.

El expresidente Ulysses Grant, que participó en la guerra, años más tarde expresó que era “una de las más injustas, librada por una nación fuerte contra una débil”. Y en una carta a su novia escribió: “siento pena por el pobre México”.

El gran escritor y filósofo Ralph Waldo Emerson fue a la cárcel porque se negó a pagar impuestos, ya que éstos servirían para matar mexicanos. Y nunca pagó. ¿Se parecerá a Ricardo Salinas Pliego? En nada...

Termino con la posición de un presidente que estuvo al frente del ejército de los Aliados en Francia, Bélgica y Alemania. Dwight Eisenhower expresó que “fue una guerra agresiva, impía e injusta”.

En Saltillo, el doctor Carlos Recio Dávila publicó un espléndido libro sobre esa “guerra” y la Batalla de la Angostura. Es un libro valioso, tanto por el texto (una investigación seria) como por las imágenes que ahí aparecen. Pues sucedió que de los soldados americanos no murieron 11, sino 267; 456 resultaron heridos y 23 huyeron.

El historiador David Weber explica ese hurto por el abandono de las misiones en el territorio norte debido a la poca población y por los ataques de apaches y comanches. Sabemos que, en algunos casos, generales americanos hacían tratados con los indios que ellos estaban persiguiendo, para que asaltaran poblados cercanos a la frontera y les llevaran caballos y vacas, y a cambio les entregaban armas. El ministro de guerra no hizo caso de las quejas de los vecinos de la región norte, lo que obligó a que éstos crearan una especie de guerrilla contra esos indígenas y, en no pocos casos, los derrotaron, tanto que debieron ingresar a sus robos por Nuevo León o Chihuahua (me refiero a gente de los Cinco Manantiales: Allende, Morelos, Nava, Villa Unión y Zaragoza).

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Debo añadir que los mexicanos no habían sentido ni creado una mínima idea de nación. Una cosa que debe avergonzarnos es que las élites saltillenses prestaron a los militares de alto rango –los invasores, evidentemente– sus casas, les organizaron bailes y peleas de gallos. Como siempre, los ricos oportunistas (sus apellidos todavía suenan en Saltillo; los callo por vergüenza). ¿Ve usted alguna diferencia con lo que está pasando en nuestra patria hoy mismo? Panistas, priistas y el burro de Salinas todavía desean que Trump se empodere de México.

Pero también reivindico al obispo de Linares, quien lanzó una bula de excomunión hacia quienes apoyasen de cualquier manera a los invasores. Dicha declaración impresa la encontré en el Archivo Histórico Parroquial de Santiago, en Monclova.

Termino este artículo pensando que la historia se repite, como escribió Karl Marx en “El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte”, pero una vez como tragedia y otra como comedia. La de Trump es comedia, pero muy peligrosa; en manos de un loco.

Columna: De habla y tiempo

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